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Fanático: Devora a tu ídolo

Un ‘Eva al desnudo’ para la generación de Tik Tok que no es sutil ni lo necesita en su retrato grotesco del mundo del espectáculo

Fanático: Devora a tu ídolo 1

Fanático es la historia de Lázaro, un joven precario y sin futuro que por pura casualidad es un doble casi perfecto de Quimera, el músico más famoso de España y su ídolo. Cuando este muera en plena actuación ante su público y Lázaro conozca a su representante, acabará envuelto de repente en una trama que no esperaba. Ahora se ha convertido en el nuevo Quimera, un artista que no existe, un reemplazo que todo el mundo sabe que es falso y que vive una vida aparentemente de ensueño pero que exige un alto precio.

PlayZ paralizada porque RTVE tiene que transmitir pruebas deportivas de millonarios en calzoncillos desde dictaduras medievales y el resto de plataformas, mientras, aprendiendo de ella: si Cómo mandarlo todo a la mierda es la forma de HBO Max de asimilar sus propuestas, ahora llega la versión Netflix. En este caso con la bienvenida novedad de que no es la enésima serie «para jóvenes» de la plataforma con drama forzado y morbo barato, sino un estudio de la fama, la precariedad y los precios de ambas acomodado a una nueva (la penúltima, siempre) generación.

Fanático funciona como una miniserie que se puede ver del tirón, apenas cinco episodios que no llegan a la media hora y en los que pasan muchas cosas. Aunque la mayoría son previsibles, la trama lo sabe, y se encarga de que el viaje trate más por ver por cuál de las soluciones más o menos obvias acaba optando Lázaro. Y ahí sí, ahí sorprende un poco, porque elige subrayar todo el comentario social previo.

Eva al desnudo para tiktokers

Fanático: Devora a tu ídolo 2

Roger Gual, que se permite cameos de relumbrón de sus colegas, no ha querido dirigir un producto sutil, ni falta que le hacía, la verdad. Se mimetiza con la estética de videoclip trapero y directo de redes sociales que parecemos entender todos que quieren ver los chavales (inicialmente la serie estaba pensada para episodios de 10 minutos) pero las usa con sentido narrativo y para subrayar las diferentes ambientaciones. De hecho, juega con ellas bastante en los cambios que experimenta Lázaro y le añade una explícita simbología religiosa que empieza por el título y termina en una ambigua moraleja sobre el sacrificio ritual del ídolo de masas.

Lo original en este caso de Fanático es que no plantea un descenso a los infiernos de Lázaro, ni tampoco lo retrata como un trepa sin escrúpulos deseoso de desclasarse. Él sabe desde el minuto uno donde se mete, pero no está seguro de si será capaz de aguantar. Es la principal novedad de esta especie de versión de Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950) para nativos del siglo XXI y con el famosete directamente muerto en la que sabemos desde el principio que Hollywood es una mierda y no hay futuro. Esto sí que es punk. Cómo no va a serlo con el estado en que está el firme de la carretera, como diría Evaristo.

Funciona también porque el guión se molesta en explicar muy bien porque el protagonista tiene razones para no querer vivir su vida precaria tal y cómo es, aunque tenga sus cosas buenas a las que luego, lo sabemos, querrá volver. Lázaro se resiste a la sordidez del mundo en que está entrando, pero sí que abraza lo grotesco de su situación: el falso ídolo, el fake explícito, el fan que se convierte en su objeto de deseo… La dinámica que da vida a la serie, sobre todo en su tramo final, está en el paso que debe dar, de persona normal a muñeco de guiñol, asumiendo que solo ese amor del fanático puede redimir (o no) la obra del creador.

Fanático y el (aparente) nihilismo zeta

Fanático

El componente de burla del mundo del espectáculo en sí lo rematan detalles como el programa de entrevistas con dos cómicos (Venga Monjas) que se ríen cruelmente no ya de la sustitución, sino del hecho en sí de que el Quimera original está muerto, en un momento que es subrayado dentro de la ficción como ofensivo y del mal gusto. Y algún giro menos explícito pero muy significativo es bienvenido, como que el propio Lázaro también sea sustituido dentro de su vida, pero no por un sosías, sino por alguien capaz de asumir las circunstancias y los cuidados mutúos que él se veía incapaz.

Mención especial al joven actor Lorenzo Ferro (El ángel) en su doble papel, que tiene cierto componente de autoparodia y autodeconstrucción, exponiendo las tripas de un entramado del cual él mismo forma parte en la vida real. Lo mismo aplica a gran parte de sus compañeros de elenco, como Carlota Urdiales. Por otro lado, muchos secundarios son un poco con plantilla, pero al menos contratan a actores veteranos muy bregados en aquello que decía Antonio Dechent de llegar, gritarle al protagonista y marcharse, y así se lucen un poco Fernando Valdivieso y David Lorente.

Fanático, en fin, es un experimento interesante por cuanto hace una miniserie «para jóvenes» muy enclavada en el imaginario que se les atribuimos desde fuera pero al mismo tiempo proponiendo una reflexión universal que utiliza los tropos escénicos o narrativos de este tipo de productos al servicio de una simbología propia. Un Eva al desnudo para zetas, sí, que nos gustan mucho los titulares, pero también un análisis del nihilismo juvenil contemporáneo, recordando que en realidad nunca es tal: en todo bala perdida sin esperanza reside el anhelo de valores firmes y certezas. Al menos, en la ficción. Incluso en la que dice que no.

Imágenes: Fanático – Netflix

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