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Entre perro y lobo: Los hijos imprescindibles de la Revolución

La película de Irene Gutiérrez descubre las huellas psicológicas de Angola y una trayectoria histórica en Cuba

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Tres veteranos de la Guerra de Angola replican sus días de combatientes desde Sierra Maestra. El trío cubano entrena y vive como en zona de guerra, prepárandose para luchar. Pero el efecto físico y psicológico de lo que ocurrió hace más de 30 años en África empieza a pesar en este disciplinado grupo de compañeros. Este es el hilo del que va tirando Entre perro y lobo, selvática película de Irene Gutiérrez que, desde una experiencia concreta, lo clava como acercamiento a la trayectoria histórica y cierto significado generacional de la Revolución cubana.

Del acercamiento a tres quijotes…

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Menos en el último tercio de la película, Entre perro y lobo introduce en el presente sólo los rostros, los cuerpos y las voces de tres personas: los veteranos de guerra Miguel, Estebita y Alberto. Los tres, juntos y por separado, establecen dinámicas de entrenamiento, preparan el terreno y pulen sus movimientos de ataque y defensa en la vegetación y los altos de Sierra Maestra. Mantienen su disciplina hasta en la ropa, de ese color caqui claro, característico del soldado en todo el mundo.

Su actitud decidida y seria crea al inicio un leve efecto cómico: hombres preparándose para una batalla que no existe. Sablazos y mirillas frente a la más absoluta nada; molinos y gigantes. El primer acercamiento hace pensar que se trata de personas que no son capaces de distinguir la realidad, que no son conscientes de dónde están ni por qué, atrapados en un estado mental que es el de la propia selva. Parecen así aislados completamente del mundo exterior, vivendo un pasado en el que sus cuerpos aún podían soportar condiciones y situaciones extremas.

La insistencia en esa condición física, limitada por el paso del tiempo, hace que la ilusión por el combate y ese humor quijotesco se vaya desvaneciendo. Gutiérrez -y la fotografía del siempre brillante José Alayón- va introduciéndonos poco a poco en el estado mental de estos tres hombres, al poso psicológico que les ha provocado la guerra en Angola, que oscila entre el orgullo y el trauma, y los va confrontando también con más gente. Los conflictos internos y las contradicciones aparecen por contraste y nos acercamos realmente a entender por qué hacen lo que hacen.

Gutiérrez y su equipo, en un trabajo enorme, integran las vivencias y actitudes reales de estos veteranos en un relato construido que hace que florezca todo el discurso histórico y social que hay detrás. Viene incorporado en ellos. Estos hombres con dificultades para expresarse son los hijos de la Revolución, aquella primera generación que se crió ya con Fidel Castro en el poder, educados en los valores del nuevo sistema. Esa fe en continuar luchando viene porque realmente tienen ese bagaje de valores que creen colectivos y superiores a ellos mismos.

…al discurso histórico de Entre perro y lobo

Entre perro y lobo: Los hijos imprescindibles de la Revolución 2


Las intenciones de conectar con algo más que estas tres experiencias están ahí, cristalinas desde el principio. La película arranca con imágenes de archivo de Angola, y pronto pasamos -sin decirlo- a la Sierra Maestra, símbolo del hito y mito inicial de la Revolución. Tras una presentación de personajes e identificación de lo que están haciendo en la selva, uno de ellos habla sobre los deberes del revolucionario, su continuidad y valor en el tiempo como «imprescindibles». Gutiérrez lo deja claro rápidamente: quiere hablar a nivel general del país y de sus cicatrices a través de aquellos que aún las encarnan y abrazarán hasta el final.

Gutiérrez, que ya había hecho un acercamiento directo en Hotel Nueva Isla, sabe lo que quiere decir en su película, y es consciente de que lo está diciendo, además. Sabe en qué momentos «construirlo» directamente -a través de sus añadidos del pasado o su montaje- y en qué situaciones captar a sus protagonistas para que encuentren su manera contradictoria, humana y real de reflejarlo. No hay miedo en proponer una dimensión amplia y una interpretación determinada, aunque siempre de una forma sugerida y muy poco invasiva frente a la historia concreta de sus tres veteranos.

Como le pasaba a Laura Herrero Garvín con México en La Mami, Irene Gutiérrez incorpora una mirada desde fuera. Pese a haber vivido y conocido la realidad cubana durante años, no deja de ser una española en Cuba. Pero, como hacía también Herrero Garvín, esta evidencia y condición de partida natural se acaba convirtiendo más bien en una ventaja para Entre perro y lobo: las secuencias no parten desde unos ojos cargados de juicio externo, sino más bien desde una mirada que ha tenido que crearse desde el respeto a lo que no se conoce y una confianza mutua entre observador y observado.

Esa distancia inevitable lleva a una dimensión de conjunto, almenos para nosotros, espectadores desde el otro lado del Atlántico. A una más histórica, buscada y calculada que la de La Mami. De este viaje a tres, de arriba a abajo de Sierra Maestra, aflora la sensación de un país con distintos retos frente a las próximas generaciones de cubanos que vengan ya sin batallas libradas. La película parece decirnos que la sola mística del pasado y el esfuerzo común no compensan del todo a los que, convencidos, se dejaron parte de su vida por la patria ni tampoco está ofreciendo horizontes deseables.

Imágenes de Entre perro y lobo: Begin Again Films

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