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El vientre del mar: Riesgo con recompensa

Villaronga se la juega con sus referentes literarios y teatrales, y le sale una interesante película desde las profundidades

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Siglo XIX. Dos hombres enfrentan sus versiones de lo que vivieron juntos en un naufragio con más de 100 muertos. Oficial (Roger Casamajor) y marinero (Oscar Kapoya) relatan ante un tribunal sus distintas experiencias del desastre que ocurrió. Agustí Villaronga (Tras el cristal, Pa negre) adapta en El vientre del mar, palabra por palabra, un capítulo de la novela Océano mar, del italiano Alessandro Baricco, basado a su vez en en el famoso cuadro La balsa de la medusa, de Théodore Gericault.

Villaronga usa el blanco y negro en la fotografía y unos pocos escenarios, entre los cuales hay varios que son de una puesta en escena explícitamente teatral. Un ecosistema casi desnudo para una película de performance y poesía en prosa que se va convirtiendo en una tragedia cada vez más retorcida. Entre el relato, la ensoñación y la pura pesadilla, el director balear presenta una contundente denuncia de la situación de los migrantes al cruzar el Mediterráneo, dejados a la deriva por Europa.

Teatro y cine en El vientre del mar

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El vientre del mar es una película radical -de ira la raíz-, por su origen teatral y por cumplir a rajatabla con el texto elevado de Baricco. Pero no es teatro filmado, ni mucho menos. El principal mérito de Villaronga ha sido precisamente cruzar artes y sacar cine del proceso. La imagen en movimiento y el sonido han dado sentido y una dimensión propia al descenso a los infiernos de sus dos protagonistas y a la presencia de un mar terrorífico.

La película de Villaronga ha llegado a unas atmósferas incomodísimas y desesperadas creadas con lo mínimo, con la pensada colocación de los elementos, con los cuerpos en plano y la presencia áspera de la palabra. Es cinematográfica la forma en la que se establece el duelo entre dos hombre enfrentados por su distinta concepción de la vida, el mundo y el mar, que están basadas también en quiénes son, pero también en lo que se dice que son.

Más que abandonarse a sus referentes artísticos (la literatura y el teatro), El vientre del mar se ha impregnado de ellos y les ha dado una forma nueva. Es una apuesta arriesgada pero que, si se le da espacio, te acaba entrando. Lo técnico y lo artístico reman a favor.

La humanidad como maldición y salvación

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Una vez dentro de la arriesgada propuesta de la película, hay un acercamiento al problema de la crisis migratoria que supera el de películas españolas recientes dedicadas al tema como Mediterráneo o incluso Cartas mojadas. Primero porque se atreve a conectar un discurso histórico: la original expedición colonial en Senegal de la fragata Méduse al principios del siglo XIX rima con el de la crisis migratoria del XXI. Dos fenómenos de la relación entre Europa y África que se miran de frente.

Lo segundo es porque El vientre del mar coloca el problema de las muertes en el Mediterráneo no tanto en términos de valores humanitarios casi ontológicos y dados por hecho -o buenistas, dirían algunos-, sino de disputa por la moral primigenia que tiene que regir esos valores. Villaronga aprovecha el texto de Baricco para plantear una reflexión original sobre estas bases desde un punto de visto primario, a partir de la cercanía a la muerte. La película se fija en lo que compartimos como especie a través de ver también lo que nos separa, llegando desde la herida y el dolor compartido.

El vientre del mar funciona mucho mejor entrando en este duelo moral entre los dos protagonistas -que es también económico- que en el de un relato grandilocuente de supervivencia extrema. Su estricta apuesta intelectual está más que interiorizada, por eso exige el esfuerzo de abordarla desde otro lado para participar de ella. La película es una arriesgada tragedia que mira con angustia a ese espejo cruel que es el mar.

Imágenes: El vientre del mar – fotogramas

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