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Clásico de los 70

50 años de ‘El televisor’, la inolvidable ‘historia para no dormir’ de Chicho Ibáñez Serrador

A través del fantástico, la película para televisión de Ibáñez Serrador no ha perdido un ápice de actualidad en una reflexión doblemente inquietante sobre el desarrollismo y la sociedad del espectáculo
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En un texto anterior sobre ¡Vivan los novios! (Luis García Berlanga, 1970), describíamos cómo el sujeto español del tardofranquismo se veía escindido en dos mitades, entre aquella aún minimizada, reprimida sexualmente, y la otra ansiosa por un horizonte que podía vislumbrar pero no catar en su totalidad. ¿Qué puede tener que ver una pieza como El televisor (1974), la película de Narciso ‘Chicho’ Ibáñez Serrador que ahora cumple 50 años, con tal premisa?

A priori, desde un presupuesto adscrito al fantástico, la obra de Chicho no compartiría numerosos aspectos con la película berlanguiana. Sin embargo, esta potentísima entrega de las Historias para no dormir originales (1966-1982), estrenada el 5 de julio de 1974 en TVE, está inscrita en un mismo periodo socioeconómico y dialoga de frente con las ramificaciones individuales del mismo. 

Si, por un lado, Leonardo —la enésima iteración de José Luis López Vázquez del hombre español mediocre y emasculado— se veía atenazado por los cambios culturales traídos por el turismo extranjero en forma de irrefrenables impulsos sexuales, Enrique —interpretado por Narciso Ibáñez Menta— es víctima de la nueva mentalidad desarrollista vehiculada por un ansia de consumo sin fin. 

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María Fernanda D’Ocón y Narciso Ibáñez Menta en ‘El televisor’. ©RTVE

Dos caras de la misma moneda, el protagonista de El televisor encarna al ciudadano medio inmerso en una carrera hacia la comodidad material tan representativa del momento. Tal y como decía Carmen mientras vela a su difunto marido en Cinco horas con Mario (Miguel Delibes, 1966), en aquella época «un Seiscientos lo tiene todo el mundo»: el coche como representante de una incipiente clase media que puede –o debe– alardear de los nuevos aparatos listos para su adquisición.

¿Cómo representa Chicho este clima cultural en El televisor? Y, por supuesto, ¿cómo su giro hacia lo fantástico incorpora una reflexión doblemente inquietante que no ha perdido un ápice de actualidad?

Para indagar en estas preguntas, El televisor nos ofrece en sus primeras imágenes muchas de las claves para la lectura del periodo. Observémoslas con detalle. Su plano inicial, de hecho, está lejos de ser inocente: el cielo azul se ve «cortado» por varias antenas de televisión, obstáculo para la mirada que busca mirar arriba, hacia la luz; como si de un nuevo mito platónico de la caverna se tratase, los nuevos medios de comunicación bloquearían el encuentro con una realidad no intercedida.

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El mar de parabólicas en ‘El televisor’. ©RTVE

Más allá de la anécdota, los siguientes planos refuerzan la idea: las azoteas son un mar de antenas parabólicas en primer término, lo cual, gracias a la profundidad de campo, nos permite observar cómo «cubren» y «engullen» a viviendas enteras en segundo término. A continuación, el sonido diegético simultáneo a las imágenes establece una idea central del capítulo, ya que comenzamos a oír una mezcla heterogénea de «frecuencias», entendemos, captadas por cada una de estas parabólicas.

La potente conjunción entre imagen y sonido subraya el principal rasgo del periodo histórico a escrutinio, el cual, más allá de un desarrollismo consumista –que también, como veremos–, sería la conformación de una sociedad del espectáculo maniatada por un mar de discursos disonantes emanados de sus televisores, donde lo banal se entremezcla con la crónica «seria». No se nos escapa, por tanto, la fecunda conversación que se hilvana entre El televisor y las reflexiones de Guy Debord en su La sociedad del espectáculo (1967).

En palabras del filósofo francés, «toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación». La unión entre el aparato que da nombre al episodio y una sociedad que abraza los atisbos de una incipiente hiperconectividad nos informa de cómo Ibáñez Serrador se acerca al aspecto comunicativo de la época como elemental en la comprensión de esta.

Sin embargo, antes de continuar con los ambiguos efectos de la televisión, Chicho va a presentar al protagonista de la historia, Enrique. Ciudadano medio y mediocre –como señala la cruel voz over del propio Chicho–, Enrique se desloma a trabajar para proveer todo «lo necesario» para su familia. De esta manera, cumple religiosamente con el mantra económico desarrollista/tardofranquista vinculado a una nueva noción de éxito y felicidad atravesada por la compra material, siempre dictada por las modas sociales del momento.

Como dice Susana –la esposa de Enrique–, tras la compra de una nevera, de una lavadora, de muebles diversos, etc., solo falta una pieza más –especialmente deseada por su marido–, el televisor: «Es prácticamente lo que nos falta para que tengamos de todo». Enrique, bombardeado por constantes demandas de consumo, pospone la adquisición de su objeto más preciado, a la espera de la llegada del nuevo modelo en color. 

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Mirada a las parabólicas en ‘El televisor’. ©RTVE

El acoso es, realmente, incesante, enfatizado por numerosos planos de Enrique frente a escaparates, con vallas publicitarias a su espalda; todos ellos demandas de simulacro y consumo que le persiguen incluso cuando vuelve a casa de trabajar, en el autobús: en cruel contrapicado, nuestro anodino protagonista mira los tejados repletos de las ya mencionadas parabólicas, promesas de una vida nueva que aún no es para él. Por supuesto, esto va a cambiar. 

Finalmente listo para la compra del televisor, la existencia de Enrique va a cambiar por completo. Para un ciudadano cuya realidad es un trabajo cíclico y rutinario, el visionado de la distinta programación televisiva abre un enorme abanico de posibilidades difícilmente asimilables. Como dirá un Enrique ya consumido por la paranoia: «Antes sí que no vivía, pero la televisión me ha dado muchas vidas». El televisor, claro está, indaga en la naturaleza de esas «vidas» y sus consecuencias.

En el preciso instante en el que el protagonista enciende la televisión por primera vez, Chicho formaliza cómo este aparato va a desestabilizar la tranquilidad del hogar familiar. El televisor, en primer término, secciona el plano, «cortando» al matrimonio por la mitad, reduciendo su espacio. Es este un aviso de lo que está por venir, ya que Enrique se verá sobrepasado por un medio que no entiende. 

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El televisor’ y el fin de la tranquilidad del hogar. ©RTVE

Es decir, que lo que parecía una prometedora liberación del alienado trabajador se convierte en una nueva subyugación –ahora múltiple y extrañamente compleja– frente a la polifonía televisiva. La incapacidad de Enrique a la hora de distinguir entre la realidad y la ficción parece desquiciarlo, pero, como veremos en nuestro último punto, El televisor no se queda en la explicación clínica de su mal.

Con su puesto de trabajo en peligro y un hogar patas arriba, la desesperada Susana llama a un psiquiatra, el cual ofrece una explicación racional a la confusión de un Enrique que observa crecientes amenazas en el televisor. El profesional razona con el protagonista: «Usted tiene que comprender que la televisión es simplemente un espectáculo del que no se puede abusar». Aconsejándole una programación reducida y ligera, el psiquiatra da por sentada la solución racional al conflicto. 

Animados por el doctor, Susana y sus dos hijos deciden acompañar a un solitario Enrique en su visionado diario, para así calmar su paranoia sobre los peligros del televisor. No obstante, en el final del episodio, una elipsis evidencia el salto hacia el fantástico, con trágicos resultados. Varios policías observan la «escena del crimen», incomprensible: una habitación cerrada, con toda la familia masacrada a tiros, quemada, acuchillada. ¿Tal vez la amenaza era cierta?

Así, El televisor hace suyas las palabras de Debord: «La realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real». El giro fantástico permite a Chicho asumir la condición dual del aparato, al mismo tiempo falso y real, inocuo y dañino. Como – ¿tal vez involuntario? –  inquietante colofón, en el plano final de la familia asesinada se articula una nueva paradoja cuando se superpone el rótulo «una producción de Televisión Española». Es esta una obra de incisiva y desasosegante reflexión que encuentra su lugar en el mismo medio sobre el que reflexiona.

Lúcida y premonitoria, la influencia de El televisor es palpable no solo en tanto en cuanto su discurso sociológico conserva cierta vigencia, sino también en la aplicabilidad de su modelo a las nuevas especificidades del presente. De tal forma, el trabajo de Chicho sería reformulado en la versión moderna de Jaume Balagueró de 2022, ahora reubicado en un contexto paranoico multipantallas y, también paradójicamente, emplazado en un gigante del streaming. Pero esa es otra historia, para no dormir…

El televisor’ se puede ver gratis online en RTVE Play

Fernando Sánchez López

Fernando Sánchez López

Doctorando en el programa de Estudios Ibéricos de The Ohio State University, con especialización en Estudios Fílmicos. Graduado en Estudios Ingleses y Máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Salamanca. Su línea de investigación principal es el cine español y ha publicado artículos académicos en revistas como Secuencias: Revista de historia del cine, Transnational Screens o Filmhistoria online, entre otras.