Críticas
El instinto: Soltad a los perros

Stills de 'El instinto'. Montaje: ©Cine con Ñ
El instinto nos presenta a Abel (Javier Pereira), un arquitecto que ve como toda su vida profesional y personal está pendiendo de un hilo por su grave problema de agorafobia, que le mantiene confinado en una casa de campo desde hace años. Ante un gran oportunidad laboral, su novia y socia (Eva Llorach) le anima a aceptar la oferta de un extraño adiestrador de perros (Fernando Cayo), que le promete que puede ayudarle a superar su enfermedad.
El (muy) joven Juan Albarracín se marca su primera película en largo (que ha funcionado muy bien en festivales y circuito indie) con este thriller extremado, que juega con los límites de lo físico y lo psicológico. La casi ancestral oposición y paralelismo entre humanos y animales, en las ambigüedades casi filosóficas de lo que hoy gira alrededor del especismo, se mezcla con el tema de la salud mental, muy de ahora. Y todo a partir, además, del miedo irracional al exterior, que es una sensación que le puede sonar a muchos que hayan vivido el confinamiento pandémico y el temor al contagio del coronavirus.
El instinto aprovecha un punto de partida impactante y se mantiene a piñón fijo en él, sin contemplaciones y a pulmón, a base de puro pulso narrativo. Albarracín demuestra habilidad para mantener la tensión desde unas condiciones de producción limitadas, incorporando la dificultad de salir de la localización única al propio planteamiento (no como otros). Es verdad que a la película le falta un punto de cocción en determinadas acciones, diálogos y en dirección de actores, pero no deja de ser en ningún momento una película estimulante de ver.
Domando al perro

La idea es buscar adentrarse en la fragilidad de su protagonista, un hombre completamente superado por las circunstancias y marcado por un trauma. Para conseguirlo, la película plantea una vía de entrada a la psique desde el desbloqueo de los instintos primarios y las fantasías oscuras de la sumisión total, asimilando el tratamiento psicológico que puede recibir una persona al entrenamiento de un perro de caza.
Es una situación perfecta para exponer la deshumanización, la pertenencia y entrega a la figura de autoridad, que ya hemos visto en películas recientes como la noruega Good boy (2022) que, pese a que se rehiciese aún más que esta en ciertos códigos del terror, explota esa misma idea de la subordinación total y absoluta al «amo». En escala anecdótica y en plan experimentación, pero fascismo del duro igual.
El instinto plantea una lucha entre la vulnerabilidad psicológica de su protagonista, que da una coartada más o menos creíble para que una situación así se pudiera dar e incluso se pudiese pensar en aceptarla, y un sentido común que invita a salir por patas de ese horror de frenopático, impulso natural de cualquier espectador. Aquí está el interés de las acciones del protagonista.
El instinto de dirigir

La película busca sorprender e incomodar desde esos preceptos, poniéndose siempre al filo de la navaja. Pese a que la propuesta roza el mero artefacto cruel, Albarracín es capaz de hacerla interesante, a base de compartimentar la tensión con varias técnicas narrativas (división por episodios, el in crescendo argumental), pero también formales. Ahí destacan el buen uso de los primeros planos, el sonido, la inclusión de imágenes de archivo de estilo televisivo y, sobre todo, las secuencias estiradas con cámara en mano, que van perfectas para el efecto que buscan.
Donde quizá El instinto no termina de volar tan alto es en determinadas construcciones dialogadas y la verosimilitud de ciertas situaciones. Hay ciertas líneas de guión, elementos cosméticos —se entiende que hace calor, no hace falta que todos estén sudando como pollos en cada escena— y acciones —especialmente en su tercio final— que se podrían haber pulido más. De ahí que haya algunos desajustes en las interpretaciones (sorprende sobre todo con Eva Llorach, que está especialmente floja para lo que es ella) que comprometen la credibilidad general.
Casi que con total seguridad por no tener tiempo/dinero, todos estos defectos son los que impiden a la película ser el puñetazo en el estómago que quiere ser, y lo que la separa de ser un agobio similar al de, por ejemplo, La mesita del comedor (2023), con la que comparte el perfil de película llamativa y «bajo el rádar». Con todo, El instinto tiene una idea inicial muy buena que está bien encarrilada, a base de intuición y fuerza canalizada. Juan Albarracín —que, recordemos, le quedan años para llegar a los 30— promete.


Arturo Tena