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Cine clásico

Las películas de ‘El crack’: Los tipos duros piden café solo y dejan propina

FlixOlé recupera los dos títulos de José Luis Garci que cambiaron la manera de rodar el policial en España, junto a otros clásicos de los 50 y los thrillers modernos que influenció
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La primera secuencia de El crack (1981), de José Luis Garci, es historia del cine español. El director madrileño tenía claro que Alfredo Landa era el actor perfecto para encarnar a Germán Areta, pero no estaba seguro de cómo lo recibiría el público, acostumbrado a verlo en papeles cómicos y personajes tiernos y buenazos. Recordaba el caso del estreno de Peppermint frappé (1967), de Carlos Saura, cuando el respetable estalló en carcajadas en la primera secuencia de José Luis López Vázquez a pesar de que interpretaba magistralmente un papel dramático y, de hecho, triste y casi trágico.

Así que diseñó un arranque de película netamente costumbrista. Un bar de carretera cualquiera de la España de los 80, la radio hablando de fútbol de fondo, los parroquianos dándole a la tragaperras, el camarero jugando a los chinos con un habitual y un tipo con cara de vecino del quinto apurando la cena a deshoras. Irrumpen dos quinquis de manual en busca de la caja y las carteras de los pocos clientes y el de la cena la entrega sin decir esta boca es mía. Hasta que le tocan el mechero. Ahí sí que no. Y Landa modula su voz como un maestro, la entonación justa para que se note que no lo dice ni nervioso ni enfadado, como el que recita el número del DNI. Es lo primero que le escuchamos decir: “Bareta, dame el mechero o te quemo los huevos”.

Se trata de una referencia a Harry el Sucio (1971), de Don Siegel, entonces todavía muy presente en el imaginario del espectador, pero Garci la rompe con el retorno a la normalidad. Resuelto el atraco, Areta se niega a que le den las gracias, y en un exceso de costumbrismo extremo, el camarero le recita los postres con eficiencia profesional, aunque le tiemble la voz. Objetivo conseguido. El protagonista no es un personaje cómico, pero el tópico aspecto de Landa de “españolito” medio sirve para encajar a su personaje en un entorno muy concreto sin que deje de transmitir sensación de contenida amenaza. En los créditos, Garci la dedica la película a Dashiell Hammett, y en unos pocos planos demuestra cómo domina tanto el lenguaje de las adaptaciones al cine de su obra como, lo que es menos habitual, el fondo de cotidianidad rota y denuncia social de sus novelas.

En El crack no llevamos ni 10 minutos ante la pantalla y ya hemos recibido una pequeña lección de dominio de la escenografía y el oficio de director. Hay cine negro clásico en esa secuencia, pero también la ambientación naturalista del thriller setentero todavía en boga en ese 1981. Hay cine quinqui, pero tamizado por el punto de épica truncada del noir. Hay costumbrismo 100% ibérico, pero también planos que consiguen remarcar el dominio de la situación de un personaje… colocándolo más bajo que al resto. El Areta que pregunta qué hay de postre para ayudar al camarero a volver a normalidad, ya que en realidad sólo quiere un café solo, y escucha un mensaje en el contestador de su subordinado con una palabrota al aire cuando llega a casa, está mejor dibujado en una docena de palabras que otros personajes en 100 páginas de guion. Que de fondo esté José María García poniendo verde a la Federación Española de Fútbol solo completa el efecto.

El crack y los policiales posibles

El crack y El crack dos (1983), que en unos meses cumplirá 40 años, cambiaron la forma en la que se hacía la ficción policial en España, y también en la que se recibía desde las butacas del cine. Ahora que FlixOlé las recupera en su colección Policíaco, es posible hacer el ejercicio doble: ver cómo la película recoge la tradición del noir español que se había abandonado en beneficio de la comedia popular y el cine social en décadas anteriores, y la une a la herencia del clásico de Hollywood, en la que se habían formado directores como Garci.

Es una reivindicación: un policial pegado a los problemas del momento y a la sociedad española era posible, y con la misma efectividad que el foráneo. Los franceses tendrían el Polar, nosotros podríamos tener “El crack”, un género en sí mismo que recogía lo mejor de El salario del crimen (1964), de Julio Buchs, o Brigada Criminal (1950), de Ignacio F. Iquino, y podía proyectarlo hacia La caja 507 (2002), de Enrique Urbizu, o la serie Brigada Central (1989-1990), de Pedro Masó.

Garci, ya lo hemos comentado por estas páginas, es el poeta de la nostalgia. Como otros directores, se dedica a volver a rodar las películas que lo conquistaron cuando era un niño. No es que el Madrid de las dos entregas de El crack nos parezca anticuado porque tiene ya cuatro décadas encima, es que el director lo rodó para que se lo resultase también a los espectadores del momento. Es un Madrid de los 80 que parece de los 50 en los edificios, las ropas de sus viandantes y las formas en las que se dirigen los unos a los otros. Si no hubiese contestador automático en el teléfono, la casa de Areta podría ser de cualquier otra época. Los combates de boxeo de los que hablan en la barbería tienen 20 años.

El discurso metacinematográfico y social de El crack se agudiza en El crack dos cuando añade la trama homosexual mezclada con política. La España moderna que pedían los guiones del madrileño en Asignatura pendiente (1977) o Solos en la madrugada (1978), pero desde un punto de vista más sórdido y violento, sin la idealización de otro tipo de policiales más centrados en la acción. Un Garci al que se sigue asociando erróneamente a posiciones conservadoras era capaz de ser más progresista que los progresistas oficiales cuando llevar esa etiqueta a gala no era tan fácil.

En esa entrega también amplía el reparto con Arturo Fernández, y no es casualidad. El galán ya fue estrella del thriller español de los 50, además de especialista en personajes turbios. Unos años antes podría haber encarnado al propio Germán Areta, aunque quizás era demasiado guapo. Solamente el rostro experimentado de Landa -con mirada triste de entender las situaciones por tener más mili que el cabo de Finisterre- y su dominio del silencio podían enmarcar a un detective más duro que Humphrey Bogart pero al que le gusta escuchar a José María García tomándose un café solo.

Puedes ver El crack, El crack dos, La caja 507, Brigada criminal y otros clásicos del cine negro español en la colección especial Policíaco en FlixOlé.

Jose A. Cano

Jose A Cano (Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha colaborado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con El Salto, El Español o revista Dolmen. Socio de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE).