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El comensal: Atrapada por su pasado

La película de González-Sinde no convence ni como drama familiar ni como aportación al cine sobre ETA

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Basada en la novela autobiográfica de Gabriela Ybarra, El comensal cuenta la historia -aunque con nombres cambiados- de la relación entre la propia Ybarra y su familia, especialmente centrada en su padre. En distintas épocas y en paralelo, la película cuenta el secuestro y posterior asesinato por parte de ETA de su abuelo, Javier de Ybarra, en 1977, y el fallecimiento de su madre por culpa de un cáncer en la semiactualidad. Gabriela, aquí Icíar (Susana Abaitua), empezará a acercarse de verdad a lo que ocurrió.

Ángeles González-Sinde adapta el libro de Ybarra con la clásica historia en la que presente y pasado se intercalan para conectar el duelo por la muerte a lo largo de más de 30 años. Además de un drama familiar, El comensal es también una nueva película española que se acerca a la memoria del terrorismo de ETA, sumándose a la larga lista del cine alrededor de la banda, que se ha intensificado, como forma de cerrar heridas, a medida que la organización ha ido desapareciendo (ahí están Patria (Aitor Gabilondo, 2020) y Maixabel (Icíar Bollaín, 2021) como principales apuestas de «prestigio» recientes).

La película de González-Sinde falla en esas dos tareas. No es un tradicional drama basado en hechos reales sostenido en lo que debería, ni tampoco es una película que aporte ningún matiz destacable en su acercamiento a lo que conocemos bajo la etiqueta de «cine sobre ETA». El comensal deja una sensación gris y conservadora, de poco aprovechamiento de algunas de sus bases biográficas y de haberse quedado cómodamente en la superficie de todo lo que trata.

El comensal y el cine sobre ETA

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Vayamos primero al marco que menos favorece a la película de González-Sinde: su valor dentro del cine que nos ha explicado nuestra historia vinculada a ETA. El discurso histórico que da es prácticamente una negación del propio discurso. El terrorismo es poco más que una sombra que te persigue y mantiene alerta, un ente externo y desconocido, de «hijos de puta», que aparece con fuerza al inicio y luego desaparece. Una amenaza que solo se nota en detalles, que da lo mismo que aparezca en un cartel de ‘presoak etxera’ que en una mirada de un extraño. Pero es que tampoco hay una reconstrucción de la víctima en su verdadera dimensión. Ni siquiera podemos entender qué peso político o mediático tenía Javier Ybarra entonces en la vida pública vasca.

Ya no estamos en los años de plomo o en los dolorosos 90, décadas en las que el cine español podía justificar un tratamiento más simplón y simplemente «humano» ante la pura barbarie. Eso ya está contado así, y además muchas veces. A las películas de 2022, pese a que relaten lo que sucedió en los 70 y los 10 sin concesiones y desde una perspectiva legítima, les pedimos un poco más de finura contando todo lo que sucedió. Más detalle, más perspectiva histórica. No dulcificación, pero sí un retrato con un mínimo de espesor. Aquí ni siquiera hay una conexión entre épocas, solo una conversación de besugos. En comparación, Patria parece una tesis doctoral sobre el conflicto vasco.

Ese pasado del que usted me habla

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La excusa del discurso histórico de cartón piedra de El comensal podría estar en que, en realidad, la película no va de eso. Que el planteamiento de González-Sinde en realidad es un drama de personajes, una historia personal basado en una autobiografía con un envoltorio que concierne al terrorismo. Pero tampoco aquí el planteamiento encaja. Se supone que el núcleo es Fernando (Ginés García Millán y Fernando Oyagüez), el hijo-padre de la familia que vincula pasado y presente. Es el que vive el trauma del secuestro y asesinato de su padre y el que tiene que llevar la muerte de su mujer en el presente. Pero ahí en realidad la protagonista es la hija de Fernando, que quiere entender la historia de su padre para lidiar con la desaparición de su madre. Qué lío.

Esta doble perspectiva y esa mezcla es la que no resuelve El comensal y la hace naufragar como película, especialmente en los fragmentos de los años 70, que se convierten en la peor decisión creativa -y con los peores actores- posible. La fuerza de la película está en la complejidad emocional y psicológica de una relación padre-hija, basada en la incomunicación y en el duelo por resolver, pero González-Sinde la desactiva monstrándonos un pasado que quiere rimar pero que se vuelve totalmente superfluo a nivel dramático, tanto para acercarnos a la incompresión de Iciar como para entender el dolor de Fernando.

La película, hay que decirlo, no es un completo desastre. Tiene un inicio potente y distintos apuntes de puesta en escena que facilitan la buena labor de los García Millán, Ozores y Abaitua para darle algo de matices al conjunto. Pero la sensación general es que El comensal es una película superada en su discurso histórico y con muy poco de la fuerza dramática contenida que busca.

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