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Críticas

El cielo de los animales: Los vivos miran de forma distinta a la muerte

Santi Amodeo compone una viñetesca y encantadora película sobre cómo afrontar el final a partir de una serie de sencillos relatos existenciales
Crítica de 'El cielo de los animales', de Santi Amodeo

El cielo de los animales cuenta algunas historias. Una es sobre un hombre (Raúl Arévalo), abandonado por su mujer, que conoce a una chica con el brazo amputado (Paula Díaz) que vive en su urbanización. La segunda es sobre un joven (Claudio Portalo) que vive junto a su madre y su novia (África de la Cruz), alérgico a las abejas y obsesionado con el fin del mundo. Otra es sobre el dueño de un bar (Manolo Solo) que le pide a su camarero (Jesús Carroza) que le acompañe a recoger las cosas de su padre recién fallecido, una persona de la que no sabe nada desde hace muchos años y que vivía en una casa remota.

Es la primera vez que Santi Amodeo (Astronautas, Las gentiles) escribe un guión adaptando un libro. Se ha decidido hacerlo con el primero de David James Poissant, un compendio de relatos con una visión particular sobre la muerte. Amodeo ha seleccionado algunos de ellos para destilar algunas reflexiones, abiertas y desde pocas líneas argumentales, sobre la pérdida. Una vez más, con ese particular toque, humano y un poco marciano que le suele dar el director a sus películas.

Con El cielo de los animales, estrenada en Sección Oficial en el Festival de Málaga, Amodeo compone así su particular trilogía dedicada al tema de la muerte, sumando así esta película episódica al humor negro de Yo, mi mujer y mujer muerta (2019) y el drama juvenil de Las gentiles (2021). A partir de unos cuentos reducidos a lo esencial, el final de la vida aquí es más bien un campo abierto a la reflexión a partir de una serie de pinceladas, ideas casi más vinculadas a una cosmovisión y orden natural que a lanzar mensajes concretos.

El cielo de los animales sí existe

<strong>El cielo de los animales</strong>: Los vivos miran de forma distinta a la muerte 1

Una negación, una profecía autocumplida y una digestión. La muerte en El cielo de los animales es un final inevitable y que mira de frente, pero el mundo de los vivos le devuelve cada vez una mirada distinta. Lo interesante de la película de Amodeo es que se acerca a esa noción difusa y contradictoria de «la pérdida» sin que todo este directamente vinculado al duelo dramático, pero tampoco yéndose al relato filosófico. La película no viene con mensaje bajo el brazo, y eso está muy bien cuando, cada vez más, el cine tiende más hacia la literalidad y alejarse de cualquier poética vital.

Los animales, distinguidos de los humanos en la teoría religiosa, no tendrían que ir al cielo —aunque últimamente hay debate sobre el tema—. Supuestamente, no tienen «alma». Plantear que haya un cielo de los animales sería algo así como la salvación definitiva de una vida después de la muerte, una forma de terminar de reconfortarnos en la idea de que después de que se acabe todo no existe el vacío absoluto para absolutamente ningún ser vivo.

La presencia de distintos animales en la película de Amodeo, comportándose de distintas formas ante la posibilidad de morir, invita a pensar en cómo el pensamiento humano necesita delimitar, ordenar y racionalizar un ciclo que la naturaleza ubica en un planteamiento irracional, arbitrario y de transformación continua. Pero, en realidad, la tendencia natural del ser humano, un animal más, es luchar por sobrevivir, en la película ubicada fácilmente en el agua como clásico elemento vinculado a la vida. La idea del fin del mundo, con la que se coquetea también en determinados momentos, iría también por ahí.

Armonía de la abstracción

<strong>El cielo de los animales</strong>: Los vivos miran de forma distinta a la muerte 2

Rodada una vez más en Super 16mm como Las gentiles, El cielo de los animales tiene unas texturas que invitan también a una sensación atemporal, pero en este caso vinculada a la fábula. Amodeo plantea la historia desde una armonía «desde fuera», atmosférica pero abstraída. Todo va acompañado de una noción fija de irrealidad, construida también a partir de la presencia de pequeñas rarezas, pero también de una cierta calidez y cercanía a los personajes desde el ambiente, especialmente en la historia principal (la que protagonizan Raúl Arévalo y Paula Díaz).

En una economía del lenguaje que parece tirar más hacia lo oriental, El cielo de los animales se la juega a tener los menos planos posibles y pocos movimientos de cámara, tirando más por la descripción general de ambiente y la cadencia de planos cortos que por la continuidad de la acción. Aunque el episodio de Manolo Solo y Jesús Carroza (quizá, el mejor segmento de todos) rompa un poco esa coherencia visual vintage, por el tema del viaje, hay un estilo «de viñeta de cómic» (se ha citado a Daniel Clowes y Kazuchi Hanawa) muy interesante y poco habitual en el cine español.

Como en todas o casi todas las películas hechas por capítulos, El cielo de los animales puede sufrir un poco esa sensación de desigualdad entre relatos, cuando en realidad va toda hacia una misma dirección. Es lo habitual para un director que se encuentra cómodo en la falta de simetría, por encontrar la pieza que no encaja, como Santi Amodeo, que añade una más, pequeña por tiempo y espacio pero muy grande por dentro, a su filmografía.

Disponible en

Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.

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