Críticas
El cautivo: Amenábar, un preso de Cervantes

Stills de 'El cautivo'. ©Lucía Faraig. Montaje: ©Cine con Ñ
El cautivo no es otro que un joven Miguel de Cervantes (Julio Peña), encarcelado en Argel en 1575. Tras no haber conseguido el dinero para su rescate, Cervantes buscará la forma de aliviar su encarcelamiento a través de las letras. Pronto empezará él mismo a contar historias inventadas en público, estimulando la imaginación de sus compañeros de prisión, pero también la del temido gobernador del lugar (Alessandro Borghi).
Después de la de Miguel de Unamuno (Mientras dure la guerra), Alejandro Amenábar se fija en la vida de otro Miguel de la literatura española, el más ilustre de todos: Cervantes. Como en el caso del pensador salmantino, el director elige un episodio de su biografía, en este caso los cinco años de cautiverio en Argel que marcaron al futuro autor del Quijote. Basado en lo que confirman los documentos históricos y en lo que solo puede fantasearse, Amenábar construye una historia «de orígenes» que contrasta con el crepúsculo de Unamuno durante el arranque de la Guerra Civil.
Como ya pasó con Mientras dure la guerra, es probable que una parte de las críticas (negativas) a El cautivo se centren en la cuestión histórica, en cómo se retrata a Cervantes. Lo que era y lo que no era, lo que hizo o no hizo. Sería un análisis que, en realidad, beneficiaría a lo que ha hecho Amenábar. Primero porque El cautivo no hace ningún terrible desaguisado sobre lo que sí sabemos que hizo Cervantes y, segundo, porque sería fácil contrarrestarlo con la excusa de la ficción, defendida desde un supuesto atrevimiento en la lectura del personaje que podría encontrar apoyos en la trinchera ideológica cultural. Y, en realidad, los problemas de la película son otros.
Los presos del disfrute

Durante la ya mítica —y caducada— animadversión del crítico Jordi Costa por el cine de Amenábar, el entonces autor de El País solía decir que a las películas del director de Tesis les faltaba lo «dionisíaco», es decir, el gusto y la energía por rodar, el disfrute de los géneros cinematográficos que sus películas tocaban. Más de quince años después de esas críticas, viendo El cautivo, una película que supuestamente quiere transmitir el placer de contar historias, uno se acuerda de Jordi Costa. Y piensa que tenía razón.
A diferencia de lo que pasa en otras películas de Amenábar, defendidas desde la sobriedad, la falta de goce de El cautivo se nota más porque sí intenta ser una película transportada por el contagio fantasioso de la aventura narrada y el jugueteo con la tensión escapista, incluso abrazándose al subgénero del cine de evasiones por momentos.
Por eso mismo decepciona que El cautivo acabe siendo tan estática y artificial. Quizá culpa de los responsables de producción, la película tropieza en orquestar una cierta profundidad como producción cinematográfica, que era uno de los puntos fuertes en el cine de Amenábar. Porque por resultado de planos y esfuerzos técnicos (imagen digital, sonido, etc.), parece más una serie funcional de Movistar Plus+ que una película de 15 millones de euros.
Ni la cárcel tiene peso como espacio opresivo (o se repiten sin cesar los espacios del Baño Real o se despiezan los interiores sin que de la sensación de que estamos en un mismo lugar) ni se percibe la ciudad de Argel como una gran urbe (se abusa de los planos más cortos de calles para tapar vergüenzas y se combinan vagamente con unos aéreos digitales). Y así es muy difícil que el contexto al que apunta el guión (una ciudad más permisiva en las costumbres que las españolas, la tensión entre las cosmovisiones cristiana y musulmana…) tenga una identidad real.
Buena parte del interesante grupo de personajes secundarios de El cautivo —que se comunican, socializan y traicionan más como un español del Siglo XXI que como uno del XVI— pertenecen a esa película mucho más sacrílega que latía por debajo. Pero el director acaba dejándolo todo en favor de la justificación histórica y dramática de su protagonista, una losa que aplasta su ambición y tono general. Paradójicamente, todo acaba en algo menos verosímil, más falso y acartonado.
El cautivo y el Cervantes personaje

Si los cuatro documentados intentos de huida de Cervantes de Argel se han convertido en uno y medio en El cautivo es porque a Amenábar en realidad no le interesa tanto su cautiverio en sí mismo, sino más bien usar ese período para darle al personaje unas coartadas concretas que le identifiquen como el futuro autor de la novela española más grande de todos los tiempos.
Por eso se entiende aún menos que El cautivo tampoco termine de construir una subjetividad clara en torno al escritor. De hecho, la película se enreda con el metarelato y ya no sabemos quién es el que nos está contando la historia de verdad (entre el propio Cervantes del futuro —en un prólogo sin sentido— y el de Argel o el del personaje de Miguel Rellán). Es como si Amenábar se hubiese parapetado en el juego entre la ficción y la realidad y lo que nos deje es un personaje filtrado solo desde el mito.
A partir de este protagonista, vaciado para hacerlo contenedor de distintas decisiones, la teoría de si Cervantes tuvo alguna experiencia homosexual, convertido en el centro de todo el planteamiento de la película, resulta irrelevante. Si se intensifica en el último tercio de la película, de largo el más inspirado a nivel de relato, es sobre todo gracias a la interpretación de Alessandro Borghi, que añade los matices contradictorios del deseo y la voluntad de dominación a su personaje.
El cautivo parece venir de otro tiempo en el cine español, tanto por sus hechuras de ficción de estudio como por su enfoque abierto a la hora de darle forma a su historia (drama, acción, aventura, erotismo…). Es una película que, a través de rellenar distintos huecos, busca más conseguir la validación externa que tener una personalidad concreta.
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Arturo Tena