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CRÍTICAS

Dispararon al pianista: El fin de la animación

Trueba y Mariscal se lanzan a contar la historia y el contexto de la desaparición del músico Tenório Júnior, pero se chocan con un muro de documental animado
<strong>Dispararon al pianista</strong>: El fin de la animación 1

Un periodista norteamericano presenta su nuevo libro en Nueva York: Dispararon al pianista. El autor y su editora rememoran junto al público presente cómo llegó a la historia del libro, la de Francisco Tenório Júnior, pianista brasileño y mito de la bossa nova que desapareció misteriosamente en 1976. Lo que iba a ser un libro sobre música brasileña se convierte en una investigación para descubrir quién era Ténorio y, sobre todo, de qué manera y por qué se volatilizó.

Fernando Trueba y Javier Mariscal, dos históricos en lo suyo, vuelven a juntarse para mezclar animación con su amor compartido por la música latinoamericana. Pero, más allá de este fondo compartido, la narración en flashback y los diseños de Mariscal, Dispararon al pianista poco tiene que ver en realidad con su anterior colaboración, Chico y Rita (2010). Si aquella planteaba una trama romántica ficticia que resistía a las décadas, aquí Trueba y Mariscal lidian directamente con la historia real de Tenório Júnior con un relato entre la reconstrucción histórica y la estructura de la investigación periodística.

Y es, paradójicamente, este compromiso con lo real y lo documental lo que termina perjudicando a la película presentada en España en el Festival de San Sebastián. Las posibilidades de la animación no terminan de encontrar su sitio entre entrevistas y la interesante crónica de los avances totalitarios en América Latina durante los años 70. El álter ego de Trueba se obsesiona con una historia que de misteriosa y minuciosa pasa a ser acumulativa, creando una distancia insalvable con el espectador.

El ritmo y las sombras de la historia

<strong>Dispararon al pianista</strong>: El fin de la animación 2

La historia documentada de Dispararon al pianista es potentísima: un músico especial que se evaporó en medio de la vorágine de uno de los estilos musicales que revolucionarían la música no solo latina, sino mundial. Es intrigante la pérdida en Argentina de una figura de la personalidad y el talento particular de Ténorio Junior, un referente del piano como puente clave entre la samba y el jazz. La bossa nova tuvo distintas derivaciones ya en los 70, pero aquella mezcla trajo muchísimas alegrías en forma de buena música, y están plasmadas en esta película.

Y a todo esto se le suma el ingrediente de que la desaparición del pianista se enmarca en una época en la que se intensificaba la deriva autoritaria en distintos gobiernos en Latinoamérica (Paraguay, Bolivia, Brasil, Uruguay, Chile, Argentina), en concreto en los turbulentos días que precedieron al golpe de Estado de Videla en Argentina. Los directores se toman su tiempo en señalar situaciones, elementos y personajes concretos de la historia, apuntando directamente a la Operación Cóndor o la sórdida ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada, el centro de torturas de la dictadura Argentina).

Trueba y Mariscal, llevados en volandas por su entusiasmo por la música, son conscientes de la importancia de difundir esta memoria histórica y se esfuerzan en dar todo un decisivo contexto. Ahí queda el valor del registro de toda una generación de artistas de la bossa. Esta película recoge su testimonio antes de su progresiva desaparición para recordar una época de oro de la que ya han pasado 60 años.

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Toda la historia es tan interesante que la idea de Trueba era inicialmente hacer un documental que reconstruyera lo que pasó con Tenório y que contara los cambios culturales y políticos de la época. Finalmente, Mariscal reapareció en escena y decidieron replantear todas las entrevistas grabadas que había hecho el director de Belle Époque (1992) y definirlas como un proyecto de animación. Y en este viraje de ideas y nuevas formas resolutivas está seguramente lo que no termina de encajar en Dispararon al pianista.

Como operación divulgativa, hacer un documental reconvertido en película de animación de ficción puede tener un sentido. Seguramente vayan a llegar a más personas con el gancho de que es animada que si se hubiera presentado como lo que en realidad es la película en la mayoría de sus minutos: un documental de gente hablando de una persona cercana que no puede hablar. Trueba y los fantásticos diseños y colores de Mariscal traducen muchos de los recuerdos narrados en imágenes, pero no salvan la ausencia de documentación visible y del propio pianista como forma de contar su historia.

Al final, el vacío de Dispararon al pianista es dramático, algo que sí tenía la historia de amor de Chico y Rita. Pese a que su protagonista coja algo de la alocada personalidad de la voz de Jeff Goldblum, es un simple vehículo que está ahí sentado para contar una emoción que no conseguimos más que imaginar en la pérdida de aquellos que conocieron a Tenório Junior y su triste final. Demasiado endeble y socorrido.

El dispositivo elegido (aunque algo tapado en la promoción), el legítimo documental animado, se siente un recurso que a veces crea el efecto contrario del que busca: distrae más que ilustra la historia. Y eso, pese a que lo se ha recogido sea de gran valor, no puede ser bueno en una película tan descriptiva como esta.

Imágenes: Dispararon al pianista

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, en 2018 cofunda y dirige el medio especializado Cine con Ñ.

Twitter: @artena_