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Descarrilados: La corrección política eres tú

Una comedia en tren que quiere ser irreverente pero es más bien inofensiva

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En Descarrilados tres viejos amigos que ya no se soportan están obligados a entenderse (Julián López, Arturo Valls y Ernesto Sevilla) para poder recibir la herencia de un cuarto colega que acaba de morir. Para conseguir el dinero, tienen que acabar una aventura truncada 20 años antes: un viaje en tren por Europa, el famoso interrail. Una comedia de amigotes que quiere ser gamberra, con ese estilo norteamericano que tan bien funcionó en los 2000, pero tampoco se lo cree mucho y no sabe cómo reinventarse.

Cuarentones por Europa

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Lo que propone Descarrilados ya lo hemos visto antes, y eso no tiene por qué ser malo: el disfrute por la pura comedia descerebrada. Un poco de escapismo (culpable o no, ahí ya es cosa del respetable) con el que reirte de lo que hacen y de los líos en los que se meten sus protagonistas, que son, claro, tres tontos muy tontos. Aquí se plantea un clásico del subgénero que es «el adulto que no deja de ser un niño», con un trío de cuarentones que chapotean en el patetismo y la irresponsabilidad más cafre por un puñado de dólares.

Dirigida por el debutante en largo Fernando García-Ruiz y escrita por David Marqués (Campeones), el argumento general de la película puede hacer el apaño de entretener sin aburrir. Pese a algunos cromas a los que se les ve mucho la trampa, la dinámica del viaje es ágil si quieres ver las catastróficas desdichas de su trío protagonista a medida que van saltando de país en país. Pero su punto cómico irreverente, esa gracia un poco loca que tiene que ser todo en esta película, se queda en terreno de nadie.

Y no es culpa de los que tienen la tarea de cumplir con el estúpido y noble menester. Es decir, Julián López, Arturo Valls y Ernesto Sevilla. Aunque hay complicidad contagiosa entre ellos cuando comparten pantalla, la sensación es que no se ha ha terminado de aprovechar su potencial cómico, especialmente en el caso de Sevilla, que hace el papel más plano. El que brilla más es el de Valls, que es el único que transmite algo de evolución durante la película. Pero lo que no les hace carburar está en otro lado.

Descarrilados y la crisis de la comedia juvenil (y masculina)

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Descarrilados juega con todos los códigos (estructura, tono, situaciones, chistes) de la comedia juvenil que tan bien funcionó en Estados Unidos a partir de la fundacional American pie (1999). Con referentes muy directos en la road movie de ese corte como las divertidas Road Trip (2000) o Eurotrip (2004), su principal vacío interior está en que quiere ser ese tipo de película, una particular buddy movie a tres, pero lo es sin decisión, sin saber muy bien cómo actualizarse. Porque ese modelo de comedia para adolescentes está en crisis.

Y no es sólo que ahora los jóvenes prefieran el cine de superhéroes o que las comedias comerciales tiren más hacia lo familiar. El tema es que este tipo de películas no se mueven en los mismos códigos masculinos -y machistas- con la misma comodidad con la que lo hacían hace 15 años. Las tendencias culturales van cambiando lentamente, pero ahora chirría un poco más que ellos sean los únicos protagonistas, que su preocupación principal sea follar mucho o que las mujeres actuen sólo como un reclamo sexual. No es que ya no sea así, que lo es, sino que ahora no es la normalidad absoluta y eso crea fricciones en lo que antes entraba de forma invisible.

Toda esa contradicción interna y ese ecosistema un poco en ruinas acaba afectando a todo en Descarrilados. Quiere no ser demasiado faltona o sexista, sin meterse mucho con nadie (aunque los rumanos igual sí pueden molestarse un poco), pero a la vez no se resiste a meter primeros planos de culos femeninos, por ejemplo. Es un «no puedo pero en el fondo quiero» que se extiende luego a muchas de las situaciones cómicas, más allá de lecturas ideológicas. Casi todo está marcado -cuando no debería- por esa especie de desvarío contenido. Lo que tendría que ser una mezcla de divertido atrevimiento y un poco de vergüenza ajena se queda muy a medias, sin transgredir -lo que se puede transgredir en estas comedias, entiéndanme- en absolutamente nada.

Algunos le podrían echar la culpa de este pan sin sal a la maldita corrección política, cuando en realidad el tema de fondo es que este modelo de comedia protagonizada por hombres estúpidos necesita nuevos alicientes para ser irreverente, nuevas formas de hacer comedia que se identifiquen un poco más con lo que somos hoy. Y eso no se hace haciendo que (SPOILER) la chica gane al final o poniendo a mujeres a protagonizar la enésima película de la Pie saga, sino dando un poco más de cancha a otros chistes y desenfrenando otras situaciones. No solo tiene que ver con cuestiones de género o nuevas masculinidades, que también, sino con la capacidad de divertirnos con gente estúpida sin necesidad de volver a 2003.

Cogiendo el último tren: Descarrilados ofrece lo suficiente para no ser aburrida o muy molesta -incluso con algún diálogo gracioso-, pero está lejos de aprovechar a su trío protagonista o de plantear algo remotamente fresco o estimulante en su tipo de comedia. Queriendo ser políticamente incorrecta como hace 15 años, pero sin creérselo mucho y buscando una aceptable calificación por edades, acaba siendo lo más políticamente correcta del mundo.

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