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Críticas

‘La red púrpura’, episodio 1: La teoría de la aleta del tiburón

La segunda tanda de episodios de la trilogía de Carmen Mola puede ser el enésimo thriller intenso que quiere ser relevante y solo ofrece casquería o una reflexión sobre la representación de la violencia, pero si intenta ser las dos a la vez no llegará a ninguna parte
'La red púrpura', episodio 1: La teoría de la aleta del tiburón 2

La red púrpura es un entramado criminal que trafica con niños y personas desaparecidas y produce vídeos de torturas y otros actos violentos para internet. También es el nuevo objetivo de la inspectora Elena Blanco y su Brigada Análisis de Clásicos (BAC). Después de los hechos de La novia gitana su unidad se ha visto «castigada» y anda falta de recursos, pero han encontrado un nuevo hilo del que tirar. Sin embargo hay algo que el equipo de Elena no sabe: el hijo desaparecido de esta, secuestrado cuando era niño, forma parte de esa red criminal.

La red púrpura adapta el segundo libro de la trilogía del personaje de Elena Blanco escrito por Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero bajo el pseudónimo Carmen Mola. Atresmedia ha convertido su adaptación de estos best-seller de éxito de un fichaje literario del Grupo Planeta en un buque insignia internacional, el que puede hacer verdaderamente rentables los productos de prestigio que estrena en streaming en España, vía alianzas como la que aquí la une a Paramount. Eso hace que sea un producto que no encaja exactamente con los productos internos habituales para Atresplayer, y al mismo tiempo sea el más representativo.

El primer capítulo de La red púrpura, además, se presentó con ceremonia en un acto paralelo del Festival de San Sebastián, como ya es habitual para Atresmedia, que hizo lo propio el año pasado con la primera temporada y con La Ruta (y este año también ha traído Camilo Superstar). En el pase y rueda de prensa el director Paco Cabezas vino a decir que es una de las series españolas más violentas de la historia, si no probablemente la que más. Y aseguró que aunque creamos que hemos «visto un tiburón» solo hemos visto «una aleta de tiburón».

Carmen Mola o no mola

'La red púrpura', episodio 1: La teoría de la aleta del tiburón 1
Juan Miguel del Castillo y Paco Cabezas, directores de ‘La red púrpura’, en San Sebastián. Foto: Atresmedia.

Esto del prestigio en los productos culturales de muy difícil de medir, la verdad, y suele solucionarse cuando pasa tiempo suficiente, o a veces ni eso, que se lo digan a la pobre Chantal Akerman. A veces podemos usar los premios como baremo, aunque sepamos que son una forma muy poco refinada de promoción (en San Sebastián se bromeó con los Feroz porque este año La novia gitana apenas raspó la nominación para Nerea Barros, copada por otra serie de la casa, La Ruta, que arrasó). Sea como sea, es evidente que los responsables de La red púrpura consideran esta serie un producto de prestigio. De gran calidad. Trascendente. Y claro, depende.

Porque Cabezas es un gran narrador y es capaz de construir propuesta temáticas complejas a través de la imagen, de hecho, lo hace cada vez mejor. La novia gitana fue su mejor trabajo en una serie, superando con mucho el material literario del que partía y otorgando un sentido a las caracterizaciones, ejem, pintorescas del libro para los personajes gitanos, convirtiendo todo el entramado en algo más y reflexionando sobre cuestiones como la familia o la comunidad a través del thriller. El caso inverosímil, el nombre paródico de la unidad protagonista o los villanos tontorrones daban un poco igual o al menos molestaban lo justo porque la atmósfera, que es lo que cuenta en el noir, funcionaba.

Claro, La red púrpura es otra novela y, se supone que por extensión, otra serie. Una con unos villanos con un base más o menos real pero una sobrecubierta de morbillo barato y tontería bastante grande. Las intenciones de Cabezas al adaptar dicho material no tienen que ser las del libro, claro. Digamos que toda la trilogía opera en el fino límite entre la parodia, la jeta y el explotation (cuya vertiente cinematográfica tanto setentera como noventera se homenajean en cierta escena de este episodio), vamos, que quizás Díaz, Martínez y Mercero están en casa dándole a la grappa riéndose de la repercusión de su bromazo.

Y si el objetivo es ser relevantes, hablar sobre el mundo el que vivimos, retratar nuestra época y sociedad, ese etcétera que parece que es lo que quieren todas las series o que les pedimos desde que han sustituido, aparentemente, al cine como cristalización de las ansiedades colectivas, veamos un tiburón o solo la aleta hecha de corchopán y muy bien iluminada, ¿para qué? Si han fichado al director de dos magníficos dramas sociales como Techo y comida (2015) y La maniobra de la tortuga (2022), ¿qué le han pedido que haga?

Tesis o casquería

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Hay una subtrama tan de actualidad que duele: el hilo del que tira la BAC en el primer episodio es un chaval de 16 años al que pillan pagando por observar un rodaje snuff en director que implica la muerte de una chica de 18. Un crío cuyos padres niegan la realidad y que insiste en que lo que se ve no es real, es un montaje, y al que Elena Blanco obliga a observar el cadáver mutilado de la víctima para que asuma las consecuencias de sus actos. En medio de todos los casos que ustedes ya saben —que los compañeros de la prensa seria, benditos sean, tratan con la sensibilidad y ausencia de pánico moral que los caracteriza—, parece hecho a propósito para que se estrene justo ahora, en este momento, pero solo quiere decir que los tema de los que hablan no pasan de moda.

La cosa es si estamos ante el enésimo policial intensito, deudor de True Detective (2014-2019) y que quiere parecer que cuenta algo social y real pero solo va a alardear de carnicería «realista» —es decir, con un planteamiento tan adolescente como al niño al que «se da una lección», concepto también muy infantil, y por su puesto neoconservador— o ante una reflexión sobre la violencia y su representación y la mezcla de ligereza, morbo y moralina con la que la afrontamos en la sociedad del espectáculo de la que Cabezas y compañía, y es probable que los autoras de las novelas, son más que capaces.

No tiene que ser un ensayo de Susan Sontag, Hardcore (1979), de Paul Schrader, o Tésis (1996), de Amenábar, pero tiene que superar un punto de partida excesivamente tontorrón y a una cultura dominante completamente infantilizada y conservadora que se cree que impactar significa innovar y que lo truculento o lo opresivo son más realistas que lo optimista o lo luminoso.

Archivando el caso: esta crítica esta escrita sobre el primer episodio visto en San Sebastián. Si La red púrpura es el enésimo producto desideologizado y superficial con un acabado técnico perfecto que se internacionaliza y se califica de éxito porque pasan cosas «adultas» —casquería y sexo, la definición de «adulto» que usas la primera vez que te compras un tebeo Marvel en vez de un Mortadelo— o un verdadero noir capaz de sumergirse en los rincones más sórdidos de nuestra sociedad para hacerse preguntas incómodas sobre la representación de la violencia, habrá que verlo en todos los siguientes. Esperamos de verdad que sea lo segundo, que de lo primero ya hay demasiado. Casi todo lo demás que se estrena, de hecho.

Imágenes: La red púrpura – Atresmedia
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.