Críticas
Una ballena: Bailando en la oscuridad

Stills de 'Una ballena'. Montaje: ©Cine con Ñ
Una ballena presenta a Ingrid, la mejor asesina por encargo del mundo, con capacidades especiales que le permiten pasar desapercibida e infiltrarse en cualquier lugar, además de un oscuro secreto relacionado con cómo las consiguió. Uno de sus últimos encargos la mete directamente en la guerra por controlar el puerto de la ciudad norteña donde vive. Los competidores son dos antiguos aliados, el enigmático Melville, coleccionista de antigüedades, y el mucho más despiadado Vidussoni. Aunque Ingrid comienza trabajando para el segundo, el primero le hará una oferta que no podrá rechazar. Ella misma empieza a preguntarse el propósito de toda su existencia.
La nueva película de Pablo Hernando es una propuesta que se presenta como neo-noir y que bajo esa etiqueta oculta —como la ballena cuando se sumerge— una historia a medio camino entre los tópicos del cine de mafiosos y el terror, sin ser realmente ni ninguno de los dos. Es un cine que exprime sus recursos para lograr una estética propia, muy cuidada y adecuada a la atmósfera insana y las relecturas en clave literaria que quiere presentar, con H.P. Lovecraft dándose la mano con Herman Melville y el cine negro —casi en sentido literal— más clásico y descarnado.
Una ballena no disimula su revisión de Moby Dick, tomando los temas sobre la relación entre el hombre, lo divino y lo telúrico que van más allá de su superficie sobre mafiosos en peligro y disputas entre antiguos amantes. Las sombras en las que se ocultan los personajes, y que sirven para convertir a sus monstruos en aún más inquietantes. Es una oscuridad tan estética como temática que refleja tanto el mundo violento y carente de sentimientos en el que se ven obligados a vivir los personajes como ese otro inframundo sobre el que se levanta, ese más allá a través del que viaja la protagonista y que representa el alma de la maldad superior.
Crear el tamaño de una ballena

Una ballena, cuyo presupuesto andará ligeramente por encima de la media del cine español reciente, concreta bien sus posibilidades para los complicados géneros que quiere abordar. Por ejemplo en el encuentro del personaje de Ingrid García-Jonsson con la ballena literal, varada en las costas de la ciudad sin nombre donde reside. Hernando exprime los recursos del montaje, e incluso del encuadre cuando deja a la actriz sola, para dar la sensación de espacio y tamaño, haciendo de la necesidad virtud y con grandes aciertos a la hora de ampliar el plano más allá de sus límites son con el aire en la imagen y la mirada del personaje.
Así, Hernando explota al máximo la sensación de extrañamiento, vía una banda sonora muy atinada y una puesta en escena que aprovecha el Bilbao más industrial y feísta, que convierte casi en una ciudad báltica post-soviética. De hecho, el guión y uno de los personajes más secundarios o instrumentales sugieren que el Régimen al se refiere constantemente el personaje de Ramón Barea, y que le impidió expresar su auténtica sexualidad en su juventud, no es tanto el franquista que nos viene a la cabeza a los naturales como algún tipo de dictadura comunista al estilo de Europa del Este.
Barea se destaca en un reparto donde el papel de García-Jonsson camina entre lo monstruoso y lo humano, no solo por su trabajo, sino también por la naturaleza sobrenatural de sus poderes. Ingrid, la asesina, es tanto la ballena a capturar como su primera víctima, un ser entre dos mundos que se condena a sí misma al aislamiento por haberse convertido en la misma clase de monstruo que le arrebató la infancia, en una traslación nada disimulada de los abusos sexuales por parte del dios primigenio tentacular. Ella y Melville son las dos caras de un trauma muy similar, aunque sus enfoques vitales se revelen como opuestos.
Sumergirse en una ballena

Así, los hombres que intentan hacerse con el fluido de la ballena espermática (¿referencia a Mamántula (2024)?), que los devora para seguir con vida pero también por rechazo a la misma Humanidad, buscan con ella reafirmar su propia existencia —masculina— así como congelar una idea de juventud y plenitud robadas que se revela ilusoria. Aunque el final, a su manera, es optimista e introduce la idea posible de una segunda oportunidad, la poesía de Una ballena es la de la belleza de lo oscuro (en sentido literal, además) y lo perverso. Los monstruos a los que se traga la profundidad del océano viven entre nosotros.
La estética y la temática de Una ballena, en fin, abre una posibilidad a un cine independiente que quiera ir más allá de ciertas representaciones y se atreva a arriesgarse con alegorías y significados que doten de densidad a su lenguaje audiovisual. Por supuesto, no es una propuesta sencilla, ni acogedora, tampoco que se pliegue a las expectativas del espectador ni que aspire a ser bien recibida por este. Pero es necesario en este momento de óperas primas clónicas y formalismo conservador con falso fondo social y cierto ombliguismo autoral.


Jose A. Cano