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CRÍTICAS

Un fantasma en la batalla: La película que quiere ser la definitiva sobre ETA, convertida en un puzle irregular

El thriller de Agustín Díaz Yanes sobre una guardia civil infiltrada durante 12 años está lleno de buenas ideas visuales pero su empeño en convertirlo en una retrospectiva de los 'años de hierro' de la banda terrorista acaba lastrándolo
Crítica de 'Un fantasma en la batalla'.

Ser Un fantasma en la batalla es el papel que reserva la historia a Amaia, una guardia civil que permanecerá infiltrada durante más de una década en las filas de la banda terrorista ETA. Desde el asesinato de Gregorio Ordoñez hasta la ‘Operación Santuario’ que desmanteló los zulos de la organización en el Sur de Francia, será testigo impotente de los crímenes de los etarras y al mismo tiempo uno de los principales instrumentos de su final. A costa de su vida personal y, quizás, de su propia existencia.

Agustín Díaz Yanes dirige la gran superproducción española de Netflix de este 2025, un producto con el respaldo de Juan Antonio Bayona y sus productoras habituales (Belén Atienza y Sandra Hermida) que tiene la ambición evidente de ser la gran película sobre ETA, capaz de encerrar en un thriller clásico la experiencia policial de la lucha contra el terrorismo. El resultado, casi por fuerza, es irregular, al querer abarcar un conjunto tan amplio de sucesos y actuaciones. Usa varias estrategias para intentar empastarlo, y no todas funcionan.

Y sí, las comparaciones con La Infiltrada (2024), de Arantxa Echevarría, son inevitables, aunque cada película ha tenido su propia trayectoria de producción y la que nos ocupa ahora es evidente que goza de más medios. Ambas arrancan con el asesinato de Gregorio Ordóñez, y tiene a la protagonista acogiendo en un piso franco al germen del Comando Donosti, pero ahí se acaban los parecidos. Una concentra la acción al máximo en una sola peripecia, la otra la dispersa. Quizás sus muchos recursos habrían lucido mejor con la primera decisión.

Un fantasma en la batalla y en la pantalla

<strong>Un fantasma en la batalla</strong>: La película que quiere ser la definitiva sobre ETA, convertida en un puzle irregular 1
©Lander Larrañaga

Quizás el mayor reproche que se le puede hacer a Un fantasma en la batalla es que no intente tener más personalidad. La banda sonora es de thriller genérico, la fotografía coquetea por momentos con el clásico «acabado Netflix» que se funde la profundidad de campo, algunos diálogos son excesivamente impostados y explicativos para la ambición de sofisticación que tiene esta película y no se entiende, la verdad, los fichajes de Raúl Arévalo y Adriana Gil más allá de enseñarlos en los créditos.

Díaz Yanes aplica buenas ideas visuales, más o menos efectivas según el momento, como el amenazante color rojo que destaca en la más o menos contenida paleta del film e indica cuando se aproxima una ejecución. También el retratar a la protagonista con el rostro siempre mitad en sombras, incluyendo una escena particularmente explícita en la que la sombra se convierte en una suerte de antifaz que subraya la falsedad constante que implica su trabajo. El problema es que estos momentos se tropiezan con otros más torpes.

Para empezar, el color tan pensado sobre el papel de Un fantasma en la batalla está constantemente combatiendo esos naranjas y verdes con los que Netflix ha decidido invadir la mayoría de producciones recientes, no sabemos si porque se ven mejor en el móvil o cualquier otra razón. Al mismo tiempo, la película se parte en dos y tiene una segunda mitad casi siempre en exteriores, con la protagonista más indefensa, es cierto, pero que rompen esa unidad formal y vienen a incidir en el principal defecto de la dispersión.

Quien mucho abarca poco aprieta

<strong>Un fantasma en la batalla</strong>: La película que quiere ser la definitiva sobre ETA, convertida en un puzle irregular 2
©Lander Larrañaga

En Un fantasma en la batalla hay un giro argumental que quizás tenga base real —aquí la protagonista agrupa las experiencias de varios infiltrados, no una concreta como en otros títulos—: la agente Amaia abandona la infiltración durante unos meses, o año, no queda del todo claro, y cuando está a punto de casarse y empezar una familia, decide regresar. Su reacción la provoca el ‘espíritu de Ermua’, la rebelión de la sociedad vasca ante el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Esta idea tiene que ver con el empeño de Un fantasma en la batalla en hacer un repaso emocional, y criminal/policial, de los atentados de la banda en los 80 y 90 —Tomás y Valiente, Ortega Lara, Ernest Lluch—. Es posible que Amaia en su regreso a primera línea simbolice el impulso social que llevó a operaciones como Santuario y el fin de la banda, pero internamente no tiene demasiado sentido, incluso chirría. Ese «sacrificio», como el de muchos juegos formales de Díaz Yanes, lasta el resultado final.

Por otra parte, en el último tercio el guión regala a Susana Abaitua y Andrés Gertrudix algunos diálogos que subrayan la autodeshumanización que se han aplicado sus personajes, y contrastan fuertemente con la contención absoluta de la mayor parte del metraje. Es cierto que eso hace dichos momentos más significativos, pero llegan tarde en tanto hasta entonces las tácticas para que los mismos resulten «reales» y «creíbles» han sido nulas, resultaban genéricos, y la tensión venía prestada por la realidad de los atentados.

Un fantasma en la batalla no es una película fallida, tiene algunas escenas de acción efectivas y su parte final consigue mantener un suspense más que correcto alrededor del destino final de la protagonista. Pero quiere abarcar unos hechos tan amplios con tanta ambición que diluye la mayor parte del esfuerzo y los recursos detrás de la producción, así como las mejores ideas de dirección, rematando un título deslavazado y, peor aún, sin personalidad propia la mayor parte del metraje.

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Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.

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