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Toscana: Reírse con los colegas

Pau Durà firma una comedia agradecida, optimista y sin muchas pretensiones con un poco de crítica social en la que reflexiona sobre las crisis personales y económicas

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Toscana es el nombre de un restaurante italiano en el centro de Valencia donde Santi, un crítico de cocina que va camino de la clínica de fertilidad con un bote de esperma, entra a pedir cambio para poder llamar a su mujer. Allí coincide con el regreso del antiguo cocinero, despedido, del local, que los acaba secuestrando al dueño y a él cuando recuerda que fue su crítica la que los hundió. Este acaba llamando, además, a su psicóloga, que es la expareja precisamente del que ahora su exjefe y ahora es su rehén, y los cuatro acaban encerrados juntos.

Pau Durà ha confesado que se lo pasó bastante bien escribiendo y rodando está comedia de sota, caballo y rey, simple como el mecanismo de un botijo pero con sus lecturas sociales o personales bien presentes, en las que además se ha permitido el lujo de rodar con los amigotes. El resultado es una película entretenida, de estructura teatral, que no le pierde la cara a que toda situación sea graciosa y sin más pretensiones que dejar una sonrisa y un poquito de alegría de vivir al acabar.

Toscana y Formentera Lady

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El segundo film de Pau Durà tiene puntos en común con su Formentera Lady (2018), aunque no pueden estar más alejados en tono y objetivos. Aquí se recrea en la comedia, que el director y guionista afirma que echaba de menos y como no le ofrecían ninguna se la tuvo que hacer él mismo, y en influencias italianas que son explícitas en la medida que la región que da nombre al restaurante y al film es una especie de arcadia feliz donde residen los sueños de juventud o de abandono de la soledad de sus personajes.

Lo mejor que se puede decir de Toscana es que se pasa volando, y no solo porque apenas llega a la hora y media de metraje, gracias a cuatro protagonistas que son buenos cómicos, cada uno en su especialidad, con papeles, si no escritos para ellos -aunque en algún caso sí-, al menos amoldados a sus capacidades. No va a revolucionar la comedia ni a cambiarle la vida a nadie, pero es que solo quiere entretener y que nos riamos en la sala un rato, así que se le perdona cualquier cosa.

Como ya comentamos en la crónica de su premiere fuera de concurso en el último Festival de Málaga, el anclaje a las crisis económicas de nunca acabar de Toscana la convierte en una especie de El mundo es nuestro más pijo y con la crítica social a medio gas o un Mad City de Costa Gavras rebajado con agua y dirigido por Woody Allen en una de esas veces que le toca hacer una película optimista. Todo eso no es malo, es buenísimo, pero la condena, por definición, a ser una película menor respecto a aquellas a las que se parece.

Crecer es aprender de otros

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Durà se adjudica el papel de payaso serio de la función con un personaje que ha confesado que tiene algo de autobiográfico, un crítico de cocina un poco repipi y con su pequeña crisis de los 40 que reacciona con cierta mezcla sangre de horchata y mano izquierda a la situación surrealista en la que se ve metido. Sí, Toscana hay un secuestro con arma de fuego, pero está claro que no va a pasar nada malo. Es una película tierna y amable en la que el secuestrador, un Edu Soto comodísimo, es el personaje más adoptable.

De hecho quizás de lo único que se la pueda acusar es del exceso de solipsismo de sus personajes. Tanto quiere tener un final optimista que parece que de verdad se cree que de las crisis se sale con buenos sentimientos, ya que la crisis general, la económica, está para rimar con las personales de los personajes y esa idea de madurez asociada a la paternidad. Cosa que por otro lado, tampoco es que sea un mensaje negativo, de hecho, suena genial: crecer es aprender a cuidar de otros y preocuparse de algo más que de las propias movidas.

En fin, que Toscana es una película entretenida, graciosa, un poco pija pero de las que es consciente de que la gente pobre existe y que te hace sentir bien sin tomarte por tonto. Una excusa para meterse en el cine y reírse rodeado de gente y luego irse a comer un plato de pasta sabiendo que no te estás comiendo la pasta, sino una idea de cómo debería ser la Toscana, Italia y, por tanto, la vida.

Imágenes: Toscana – Antuan Calatayud / Alfa Pictures

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