Series españolas
selftape: Las paredes hablan

selftape cuenta el reencuentro entre las hermanas Joana y Mireia Vilapuig, que siendo adolescentes fueron estrellas de la televisión y ahora intentan desarrollar una carrera como actrices en su veintena. Mireia regresa a Barcelona tras rodar series en Noruega con éxito irregular, al mismo tiempo que Joana se enfrenta a que la despidan de un papel que ya tenía asignado, en pleno rodaje y cuando ya había hecho incluso las pruebas de vestuario. La situación cambiará en el momento en que Mireia, sin saberlo, prepare una selftape para ese mismo papel.
La autoficción, que va y viene en el mundo de la literatura según sopla el viento los últimos 20 años y en el cine independiente se ha instalado cómodamente, es poco habitual en las series, Seinfeld (1990-1996) aparte, más que nada porque son productos con aspiraciones de popularidad y rentabilidad, y los experimentos no casan bien con eso. A menos que tu rentabilidad dependa de una cierta idea consumo cultural de élite, claro, pero esa sería otra cuestión de la que selftape no tiene la culpa.
El referente aquí, por suerte, no es el cómico narcisista, sino Fleabag (2016-2019), de Phoebe Waller-Bridge, aunque ella no sea su personaje y le duela la boca de decirlo y esta serie no tenga su sentido del humor, ni lo intente tampoco. En España lo más parecido son Mira lo que has hecho (2018-2020) y El fin de la comedia (2014-2017)… y no, definitivamente, esto juega en otra liga.
Presentada en el Festival de Málaga, selftape es otra vuelta de tuerca de las producciones originales de Filmin, siempre en la fina línea de parecer indie sin dejar de ser mainstream cuando parece que en el mundo serie o se es producto popular o gourmet, una diferenciación tan idiota como cualquier otra. La serie que escriben las Vilapuig y dirige Bàrbara Farré es prima hermana de Autodefensa, solo que tiene más ganas de contar lo que quiere contar que de ser dinámica y paradigmática.
selftape y las hermanas

Esta es una crítica en la que, después de los títulos de las series, se pone entre paréntesis sus fechas de emisión, así que hay que aclarar que parte de la gracia de selftape es contemplar la moda de intelectualizar la televisión impugnándose a sí misma. Pulseras rojas (2012-2013) emocionó a Spielberg y provocó que los guiones de Albert Espinosa pareciesen aceptables de producir por personas sensatas, dentro del comienzo de la manida Edad de Oro. selftape viene a decir que igual aquello fue un poco, con perdón, una p*** mierda de la que se no midieron las consecuencias, sobre todo en sus intérpretes adolescentes lanzadas de repente al mundillo de la fama.
Por otra parte, sin el alarde punk —y pijo— de Autodefensa pero básicamente queriendo desahogarse contra las mismas cuestiones, las hermanas Vilapuig se quedan a gusto contra una industria cuyas maneras, al menos en España, se suelen denunciar poco. El conflicto central es la relación entre las dos hermanas, cuya falta de comunicación y su competición forzosa puede verse sanada por la misma vocación artística que la provoca, pero por el camino la cosificación de las actrices, las ocurrencias de los directores y las presiones, por lo general además basadas en asunciones ridículas, de la profesión son retratadas con escasa piedad.
Parte de la novedad es que, con la parte más dramática de Fleabag en el horizonte, en selftape muchas situaciones que le pasaban al Joey de Friends (1994-2004, no vaya a ser) de manera cómica aquí se retratan como incómodas o, directamente, violentas. Hay un puntito generacional, en el que las Vilapuig le hablan a sus coetáneos —y, sobre todo, a sus coetáneas— sobre ese momento del paso a la adultez en el que ciertas expectativas se demuestran falsas, pero sobre eso se superpone la transmisión constante de la violencia del propio cuerpo, elemento de trabajo de las actrices, concebido como el resto como un espacio de acceso poco menos que público.
selftape y las maneras

Todos estos elementos, entrelazados, recordamos, por lo que es una historia sobre dos hermanas que aprenden a reconstruir, ya jóvenes adultas, el vínculo que las unía de niñas, se presentan con muchos juegos entre la ficción y la realidad en los que partimos de vídeos domésticos de las dos hermanas a sefltapes reales grabados para su trabajo que se acaban por fundir con los ficticios que están preparando para la serie dentro de la serie. La fotografía y el montaje, por otra parte, remiten a las series nórdicas, de prestigio, de Ninfa de Oro y esas cosas, en las que uno de los personajes ha intentado triunfar con escaso éxito.
Porque de fondo queda la ironía de que, en realidad, selftape, la serie puede servir de selftape real: Joana y Mireia Vilapuig se han autoescrito dos papeles que nadie más les da, en los que pueden ejercer todos los registros que en sus carreras, por el momento, les han estado vedados. Aquí sí es más patente la influencia de Waller-Bridge y otras creadoras anglosajonas recientes: ya que nadie me ofrece el tipo de papel y de serie que yo querría hacer, en lo que se cuente lo que quiero expresar, me lo monto por mi cuenta.
Como despedida y cierre, valorar que selftape es diferente a casi todo lo que se ha hecho últimamente en las series españolas, lo cual siempre es bienvenido, y que además lo hace con una forma muy consciente de cómo amoldarse a su contenido. Igualmente, señala desde dentro de la propia tele sus propios vicios sin los fuegos artificiales ni la locura de otros productos recientes, sino con una violenta incomodidad anclada en lo cotidiano que probablemente se acerca más a su realidad que otras denuncias.


Jose A. Cano