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Películas españolas

Matadero: La revolución será un fuera de cámara

Santiago Fillol debuta en el largometraje con un relato incómodo que equipara el cine y la política asumiendo sus límites
Matadero: La revolución será un fuera de cámara 2

En Matadero el director norteamericano Jared Reed quiere grabar la adaptación definitiva del relato clásico argentino del mismo título, pero por problemas de presupuesto se ve obligado a trabajar con actores militantes de teatro universitario y peones de un matadero real. La acción se sitúa en 1974, a las puertas de la dictadura cívico-militar, y la convivencia entre las diferentes ideologías y la policía que anda tras sus pasos complicará la convivencia en el rodaje.

Santiago Fillol debuta en la dirección tras colaborar como guionista con Lois Patiño en Mimosas (2016), y Lo que arde (2019). Aunque la producción y una parte del reparto sean españoles, el cineasta se traslada a su país hasta el punto de enfrentar la adaptación de un clásico literario considerado inadaptable. Propone así una reflexión sobre el clasismo, los prejuicios, la violencia y la forma del arte de reflejarlos que, aunque muy pegado a la historia argentina, son fácilmente universalizables.

Matadero, así, se convierte en un juego de tiempos y relatos superpuestos: el siglo XIX de la historia original, el XX en el que se rueda y el XXI en el que los personajes que llegan a viejos y nosotros, los espectadores actuales, contemplamos el resultado del cruce de los dos anteriores. La película, además, juega con la elipsis. Hace explícitas algunas soluciones, pero no todas, y deja en manos de quien la contemple la ambigua respuesta que puedan tener sus problemas complejos.

Matadero y el cine

Matadero: La revolución será un fuera de cámara 1

La película de Fillol se presentó a concurso en la Sección Oficial en el pasado Festival de Sevilla y ha pasado también por el FICX y el Festival de Mar del Plata. La lectura de la misma, por fuerza, es diferente en su país de origen, donde el relato El matadero (1871), de Esteban Echeverría, es cultura general. Pero lo que sí puede filtrarse igual es la narrativa cinematográfica y el juego de clases sociales y violencia soterrada. Por ejemplo, con un Werner Herzog de marca blanca dispuesto a todo, a lo indecible, con tal de tener ese pedazo de celuloide que debería ser capaz de justificar por sí mismo la crueldad de su experiencia.

Para Matadero, o para Fillol, los deseos de cambiar el lenguaje cinematográfico en busca de una verdad mayor dentro de la ficción y los de un joven militante que desea una experiencia política real que cambie la sociedad son iguales y tiene las mismas trágicas limitaciones, solo que uno de los dos, es fácil adivinar cuál, tiene al menos la salvaguarda de la honestidad y el sacrificio personal. Que en este caso los momentos más violentos siempre sean en off y que las agresiones fingidas —una mano que debe entrar en plano para apretar una garganta— remitan a otras reales refuerza ambas ideas.

La película, así, parte de la certeza de su propia impotencia. Adapta El matadero sin llegar a relatar ni una sola línea del original, va intercambiando los roles de «humillador» y «humillado» entre sus personajes, explica sin justificar todo el tiempo al cineasta protagonista al mismo tiempo que no ahorra ni una sola de las terribles consecuencias de sus actos y, sobre todo, no se acaba de mojar. Parece que los jóvenes militantes, en especial el personaje de Ailín Salas, van a ser el faro moral de la fiesta de barro, sangre y mierda que es la película, pero se equivocan una y otra vez a pesar de sus buenas intenciones.

Matadero y el clasismo

Matadero Santiago Fillol película

Matadero parte de la base de que todos somos clasistas y eso no tiene remedio. Los intérpretes que han puesto cara a los peones del matadero lo son en la vida real, y Fillol los reclutó en una escena muy parecida a la que se ve en la película, en un toque de ligera autoparodia. La narradora es la más acomodada de todos los personajes y el filtro actual es en una sala de cine donde los manifestantes que critican el estreno de la película por su pasado sangriento son jóvenes universitarios concienciados. Cuidado, viene a decir. Esta película no quiere que te vayas a casa sintiéndote buena persona.

Así, Matadero es una ópera prima que parece la obra de un autor con una larga cinematografía a sus espaldas, que quizás pueda saturar por la densidad de lo que propone pero que al mismo tiempo sorprende por ser tremendamente violenta sin mostrar apenas una sola escena de violencia. También tiene la virtud, dentro de cierto cine de festivales adocenado que cree diseccionar la sociedad mientras no se cuestiona un solo problema real, de poner sobre la mesa la cuestión de clase y asumirla como compleja, lo cual es una novedad bienvenida y más que necesaria.

Imágenes: Matadero – Begin Again
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.