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Las niñas de cristal: Cacao maravillao

La película de Jota Linares para Netflix tiene grandes escenas que funcionan por separado pero se empeña en contradecirse a sí misma todo el tiempo

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Las niñas de cristal sigue a Irene y Aurora, dos bailarinas del Ballet Clásico Nacional que entablan amistad durante la preparación de Giselle, pieza clásica en la que Irene interpretará a la protagonista. La presión de la directora de la compañía en busca de la perfección, los propios miedos de las jóvenes y las expectativas de sus familias van complicando la vida de las dos amigas de manera que su salud mental se va resintiendo.

Cuando servidor era pequeño, mi amada tía, mujer curtida en la vida como enfermera de urgencias en un hospital público de la España interior, llamaba a cosas como esta «hacerse la picha un lío». Posteriormente la televisión de los 90 arrojaría otra expresión igualmente afortunada: montarse un cacao maravillao. Jota Linares ha explicado que quería retratar en Las niñas de cristal el síndrome del impostor, el que él mismo sufrió cuando estrenó su primer largometraje. Pero eso aquí no está, más bien se ve una historia que se contradice a sí misma todo el rato.

Eso no quita que sea una película con grandes momentos de intensidad dramática, un par de metáforas visuales que no por más que vistas dejan de estar muy bien ejecutadas y buenas interpretaciones, sobre todo de las secundarias veteranas. Pero en la historia que quiere contar y las supuestas lecturas de la misma acaba siendo un batiburrillo tremendo, en el que la documentación sobre el mundo del ballet se mezcla con ese supuesto síndrome de la impostora que el guión no refleja por ninguna parte.

Crítica de Las niñas de cristal revelando algunos detalles de la trama

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Las niñas de cristal, lo confieso, me ha puesto en el brete particularmente incómodo de descubrir que me estaba esforzando porque me gustase. En primer lugar porque Linares me parece un director con talento para componer planos visual y temáticamente poderosos, lo que provoca que muchas escenas de la película, aisladas, sean muy buenas, aunque luego entre sí no encajen. En segundo, porque la mayor parte del tiempo la ambientación y casi todas las interpretaciones, con su altibajos, funcionan.

La cosa es que la película no acaba de decidirse por lo que significan los elementos que presenta. Es más, Las niñas de cristal roza todo el tiempo el hacer lo mismo que está criticando. Si Giselle es una romantización machista desde nuestro punto de vista actual, que trata a las mujeres como seres a medio camino entre lo etéreo y lo infantil de la mano de un señor que las usa para hablar de sus cosas, la película a veces propone superar esa visión. Pero como luego vuelve y retuerce a sus personajes convirtiéndolas en acosadoras o desequilibradas de golpe o romantizando sus enfermedades mentales, al final acaba ejecutando un ejercicio similar de onanismo estético con bailarinas de adorno.

De hecho, Las niñas de cristal no sabe qué relación tienen sus personajes principales con el ballet, o al menos no lo explica bien. Contrapone las expectativas de la madre de una y la presión de la directora sobre la otra con el mundo de «cristal» al que ambas escapan a bailar a su aire, pero luego la obra se justifica todo lo anterior la creación de un arte que supuestamente les estaban imponiendo. Y en la escena en que aparece un espectáculo de danza contemporánea queda en simple juego visual, y no un momento de exploración de la propia creatividad, presunto tema de la película.

Peter O’Brian: Decídete, coño.

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Luego está la cuestión, que de hecho es externa, de la interpretación de la historia que hace el propio autor. No es que él no tenga nada que decir, más bien es que no haría falta que lo hiciese si la película se explicase por sí sola. Sobre todo porque lo que se muestra no es síndrome de la impostora, más bien situaciones de acoso laboral, lesiones e incluso un trastorno alimentario. Eso, que a veces parece que es negativo y se presenta objetivado, otras se vende como un sacrificio necesario para crear belleza.

Por último, aunque la postura, insisto, nunca está clara, la forma de tratar el suicidio y la enfermedad mental es, como poco, despreocupada. Un poco en plan, mira, aquí voy a meter mi gran reflexión sobre la vida y el arte y esto me viene bien porque suena melodramático. No digo que no se pueda hablar de la muerte como liberación o de hacer sacrificios que parecen inhumanos por el compromiso con el propio arte, solo que para hacerlo hay que tener muy claro el discurso que lo sostiene. En Las niñas de cristal no es el caso.

En unas semanas, por cierto, se estrenará en cines Las gentiles, de Santi Amodeo, que habla de los mismos temas que Las niñas de cristal pero teniendo claro hacia donde va la historia, a quién se dirige y el punto de vista desde el que lo cuenta. Otra cosa es que esos tres factores unidos puedan no gustar, porque algo de controversia habrá de traer el filme si llega a gente suficiente, pero al menos sabe lo que quiere. La película que hoy nos ocupa, no.

En fin, no todo es negativo y como decíamos más arriba, Linares tiene un gran talento para planos o secuencias de gran carga simbólica e incluso para el melodrama -aunque a veces se pase con los subrayados-. Pero Las niñas de cristal termina por ser un filme tan concentrado en su supuesta parte poética y la intensidad de sus temas de fondo que se olvida por completo que los diferentes momentos casen entre sí o los explica fatal. Y claro, si por mucho que te curres el trasfondo, la historia superficial no funciona, todo se cae.

Imágenes: Las niñas de cristal – Netflix

1 Comentario. Dejar nuevo

  • Agustina
    09/04/2022 06:07

    No podría discrepar más.
    La película es excelente y tiene un tratamiento sublime – valga la redundancia decimononica – cruzando Giselle y el mundo de la danza y sus demandas románticas, prácticas autodestructivas, sacrificios e inmolaciones.
    El discurso es un diez.
    Vente a la danza y compruébalo tú mismo.
    Saludos.

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