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Jota Linares estiliza el miedo del creador a su arte en ‘Las niñas de cristal’

La película de Netflix participa en la Sección Oficial del Festival de Málaga con una mezcla de melodrama, épica y reflexión sobre el síndrome del impostor

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El gaditano Jota Linares presentaba hoy en la Sección Oficial del Festival de Málaga Las niñas de cristal, una crónica sublimada de su propio síndrome del impostor a través de la amistad entre dos bailarinas de élite con una relación con su trabajo, vamos a decir, un tanto tóxica. La película, escrita a cuatro manos junto a Jorge Naranjo (Casting), se estrenará el próximo 8 de abril en la plataforma, aunque es claramente un producto pensado para la pantalla grande, en el que se mezclan melodrama, alegoría y grandes momentos visuales con el miedo explícito de las creadoras a su propio arte.

Linares compareció ante la prensa en el pase de su largometraje rodeado del elenco principal de la cinta, un pleno de actrices de varias generaciones que encabezaban las protagonistas María Pedraza y Paula Losada, pero que incluye los nombres de Marta Hazas -una habitual del cine de Linares desde sus primeros cortos- y las siempre efectivas Ana Wegener y Mona Martínez. Estas dos últimas de hecho es posible que sean las dueñas de la mejor escena del filme, una de esas conversaciones a las que les sobra hasta el flashback al momento sobre el que están hablando, basta el guión y la interpretación para levantarlas.

El cineasta comentó como este drama sobre como el compromiso con su vocación creativa aplasta a las amigas, a cada una de una manera diferente, se basó en gran parte en su experiencia y la de Naranjo. «Eran notas que teníamos guardadas en un cajón sobre cómo nos enfrentamos a nuestra primera película, que fue un proceso bastante tormentoso, en el que no entendíamos cómo, si estábamos consiguiendo el sueño de nuestra vida, lo vivíamos desde el miedo, la angustia o la parálisis», explicó Linares. «Nos apetecía contar en una película cómo a veces el miedo paraliza al artista o las personas tienen que crear un mundo imaginario donde se sienten seguras».

Las niñas de cristal y el ballet en el cine

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El director Jota Linares en el Festival de Málaga. Foto: Álex Zea.

Linares quiso dejar claro que el proceso de escritura ha respondido a uno previo y detallado de documentación que hace «absolutamente todo» lo que se ve en pantalla sobre la presión y la competitividad entre bailarinas esté basado en hechos reales. Por ejemplo, hay un momento en que al personaje de María Pedraza le reducen la talla del vestido, algo que acaba empeorando su trastorno alimentario. «El hecho real es que se la bajaron a a todas las bailarinas de una compañía, cuando volvieron del verano, para que creyesen que habían engordado», explicó. «Muchas de las cosas que nos han contado a Jorge Naranjo y a mí no las hemos podido meter porque sonaban a exageración y a farsa».

El ballet se mimetiza suficiente con el tono de Las niñas de cristal como para que su estructura sea la misma que la de la obra que se representa en la ficción, Giselle. El director explicó que la primera parte es luminosa, mostrando el despertar a la vida, y la segunda es la del descenso a los infiernos y la tragedia, con una redención triste. En este sentido las bailarinas de cristal que guarda Pilar (Marta Hazas), la madre de Aurora (Paula Losada) son la metáfora visual más evidente de una película a la que quizás le sobra algún subrayado.

Para más inri, son las propias actrices las que bailan, sin dobles. Las niñas de cristal ha contado con la participación del coreógrafo Antonio Ruz, Premio Nacional de Danza, aunque el personaje que sería su equivalente en la ficción reciba un nombre y acento vagamente nórdicos por darle exotismo. Según explicaron en la rueda de prensa, tanto las protagonistas como el resto de bailarinas «acabaron con los pies destrozados del esfuerzo que exige el ballet y el cine, donde hay que repetir las tomas». Pero «cuando eres bailarina incluso te sientes orgullosa de tener los pies así», afirmó Paula Losada, en una mímesis con la actitud de los personajes, aunque más, curiosamente, con el que interpreta Pedraza.

Las niñas de cristal y el cine en el ballet

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En Las niñas de cristal hay elementos de Cisne negro (2010), de Darren Aronofsky, claro, aunque los personajes principales no se parezcan a los de aquella e incluso intenten desafiar un poco las expectativas del público ante los tópicos que parecen encarnar en el arranque. Eso sí, a veces la película no acaba de decidirse por ser toro o torero, y pasa de montar secuencias poéticas y simbólicas a una cotidianidad que se nota que no es exactamente lo que los autores quieren contar y solo está para justificar la llegada a las partes que sí.

En este sentido esas intenciones quizás las describió mejor Mona Martínez, al afirmar que cuando leyó el guión, ella, que «ama» el teatro como los personajes la danza, vio «algo tan teatral que me pareció muy complejo llevarlo al cine. Pero lo reconduce de forma tan brillante que al final ves que todas las piezas tienen su grandiosidad, todos los personajes tienen su vida interior y su vida exterior. Para mi sigue siendo cinematográficamente teatral y rotundamente bonito».

Desde luego lo que si transmite es el descenso a los infiernos de la segunda mitad, en el que los personajes pierden un poco de coherencia a base de giros pero al menos se mantienen dentro de un melodrama tolerable. Quizás lo único que se le pueda reprochar a Las niñas de cristal es que al querer metabolizar el síndrome del impostor elevándolo a patologías más graves, se pasa la salud mental para meterse en terrenos aún más pantanosos que no revelaremos. Como si por un instante se justificase los sacrificios y la actitud limítrofe con el acoso o el maltrato de alguna de las adultas, en base a alcanzar la susodicha grandiosidad.

Foto de portada: Paula Losada, Jota Linares y María Pedraza en el photocall de Las niñas de cristal – Festival de Málaga/Álex Zea

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