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Críticas

La Ruta: Exta sí

La serie de ATRESplayer destaca por un riesgo narrativo poco habitual en nuestra televisión y unirlo a una revisión del pasado sin nostalgias de ningún tipo
La Ruta: Exta sí 1

La Ruta sigue las vidas de un grupo de cinco amigos de El Perelló, en Valencia, durante la década de la llamada ‘movida valenciana’, la del nacimiento de la llamada «Ruta del Bakalao» o Ruta Destroy por los aficionados. A través de sus vivencias personales y profesionales vemos cómo se produjo la evolución estética y musical de la Ruta, el nacimiento y clausura de los diferentes clubes mitificados por las décadas y la pérdida de la ilusión por un momento en el que pareció que toda España y Valencia iban a cambiar para siempre.

Borja Soler y Roberto Martín Maiztegui han creado un producto que consigue, por fin en una nuestras series, superar el empeño en la nostalgia cultural y además es bienvenido porque se arriesga, y mucho, en la manera de contar las cosas. Parte de la base, sobre todo, de que el común de los mortales que por edad recuerda «la Ruta del Bakalao» no tiene en realidad mucha idea de lo qué era realmente excepto si participó en ella. Su propuesta formal y sus personajes vienen a responder al deseo de desmontar esos prejuicios, evitando determinados tics morbosos aunque sin negar algunas de las aristas del momento.

Así, La Ruta es parte de esa revisión de «los 80» que nos inunda en los últimos tiempos, pero en la variante que no los idealiza, aunque se agradece que tampoco los condene. Viene, poco más o menos, a decir, mira, esto es lo que había y este es el relato que luego construimos sobre ello. Pero no fue ni peor ni mejor, solo eran gente como la de ahora viviendo según sus circunstancias. De hecho, La Ruta, si no fuese por varias decisiones formales, sería poco más que un drama humano sobre la amistad y el paso del tiempo como hay mil. Pero hay elementos que la elevan muy por encima.

La ruta hacia atrás en el tiempo

La Ruta: Exta sí 2

Dos cuestiones de estructura sobre La Ruta: la cronología inversa y el ritmo narrativo que se acompasa con la música de cada momento. La serie empieza ya entrados los 90, en el que el techno ya domina la Ruta Destroy y los protagonistas originales de la movida valenciana son más mayores y han dado un paso atrás o ejercen otros roles. Desde ahí, usando el momento que conocemos, va hacia atrás, en un complicado ejercicio narrativo. El primer capítulo es tan bueno que establece rápidamente a los protagonistas y la complejidad de las relaciones entre ellos. Lo hace casi demasiado bien para que los siguientes no parezca que se dedican a subrayar lo obvio.

En cuanto al ritmo, en dos de los tres episodios que nos han pasado a prensa, los dos con los que arranca la serie, guión y música se contagian. Sobre todo en el piloto, donde la recurrencia semántica, propia de un tema techno, subraya una y otra vez la soledad «final» de Marc (Àlex Monner), en un crescendo sin culminación que acaba en una meseta emocional y el «bajonazo» de fin de fiesta. Un final adecuado para el episodio como unidad y de lanzamiento del viaje atrás de la serie. La parte de Ibiza y las drogas ya nos la podemos imaginar, se trata de recordar lo que vino antes.

Cierto es que en el tercer capítulo, de los tres que hemos podido ver hasta ahora, el viaje hacia atrás en el tiempo ya se resiente un poco en algunas cosas (por ejemplo, cuando el personaje de Sento bautiza el club NOD, que parece que pase porque tiene que pasar, o la aparición del atleta olímpico, que también parece obligada por la fecha). Pero mantiene su interés por la manera que nos vamos acercando a la tragedia, la muerte de uno de los miembros del grupo de amigos y, sobre el papel, el más creativo y ligado a la verdadera esencia de libertad de la movida valenciana. No es destripar nada, desde el principio conocemos esa ausencia, y llegar hasta ella y a ver cómo ese personaje llegó a tener tanto ascendente sobre el resto será el aliciente del resto de episodios.

La ruta de las malas decisiones

La Ruta: Exta sí 3

Es cierto que el presunto protagonista, el DJ de éxito que interpreta Monner, y su ascenso al estrellato que es al mismo tiempo una bajada a los infiernos personal, está un poco visto y todos sus traumas, incluido el del luto mal llevado, parecen muy tópicos. Tienen más gracia el resto, que crecen sobre la misma plantilla de las decisiones vitales que deben encarnar -formar una familia o no, convertirse en empresario, etc- y se distinguen por las formas en las que reflejan el ambiente de «la Ruta». La parte del DJ es la que nos podíamos imaginar y en la que se cebaron las noticias, lo otro no nos lo habían contado nunca con tanto detalle porque solo eran… gente.

En ese sentido merece mención aparte al trabajo del reparto. Ricardo Gómez está en uno de los mejores papeles de su carrera, si no el mejor, dándole naturalidad a lo que básicamente es un tipo normal y corriente que se abre camino como puede en ese mundo y, aunque a veces reacciona mal, es capaz de relacionarse con sus amigos sin juzgarlos (más o menos). Con solo verle la cara al actor ya sabes el grado de madurez del personaje en el capítulo que toca, y eso no es tan fácil de transmitir. El resto está casi igual de bien, pero lo de Gómez, al menos en lo mostrado hasta ahora, se mantiene un puntito por encima.

Como va siendo hora del fin de fiesta, diremos que La Ruta, visto lo visto hasta ahora, tiene mimbres para ser la serie del año, por muchos motivos. El riesgo formal no es un capricho, sino una forma de comunicar ideas complejas presentes en el guión. Se atreve con un capítulo de historia cultural reciente revisado sin idealismos, sus personajes protagonistas son básicamente gente normal sin truculencias y tiene un alto nivel técnico y actoral. Nos queda más de media serie, claro, pero si mantiene el nivel, de lo poco en lo que todo es sobresaliente estrenado este 2022.

Imágenes: La Ruta – ATRESplayer PREMIUM

Jose A. Cano

Jose A Cano (Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha colaborado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con El Salto, El Español o revista Dolmen. Socio de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE).