Suscríbete Iniciar sesión

CRÍTICAS

La buena suerte: Querejeta narra con oficio las complejidades de la paternidad y la depresión

Un drama muy equilibrado, sin sorpresas y con un gran Hugo Silva, al que dan personalidad tanto la naturalidad de su sentido del humor como la honestidad de su guión
Crítica de 'La buena suerte', de Gracia Querejeta

La buena suerte sigue a Pablo Hernando, un arquitecto de prestigio, y maniático del control, que camino a una conferencia en Pamplona desde Madrid se baja del tren en un pueblo perdido sin motivo aparente, comprándose un piso y quedándose a vivir allí sin dar explicaciones a nadie. Su socia lo da por desaparecido, la Policía lo busca por otras razones y allí conoce a Raluca, su nueva vecina, una mujer optimista pese a los diferentes traumas que acarrea. Mientras se van aclarando las razones de Pablo para su extraña mudanza, la vida en el pueblo se volverá más peligrosa de lo que nadie esperaba.

Gracia Querejeta firma su primer largometraje desde Invisibles (2020), una de esas películas damnificadas por un estreno en plena pandemia. Parece mentira, pero entre aquella y esta que ahora llega a Málaga —un festival que tantos reconocimientos le ha dado—, la veterana cineasta solo había firmado episodios en series como Ana Tramel. El juego (2021) o Madres. Amor y vida (2020-2022).

Ahora Querejeta hija adapta la novela de Rosa Montero publicada el mismo año de la debacle, una mezcla de thriller, drama familiar y ‘regreso a la España vaciada’ escrito antes de que fuese mainstream y que la realizadora, respetando su base, se ha llevado a su propio terreno.

La buena suerte es también una reflexión sobre la paternidad y los cuidados, pero cuidando la elipsis. La masculinidad de Pablo, el protagonista, se presenta como fallida, pero no una crisis obvia. El guión y la interpretación de Hugo Silva —habitualmente mucho mejor actor de comedia que de drama, pero aquí está perfecto en su necesaria inexpresividad— consiguen un equilibro adecuado en hacer explícita su depresión sin cebarse en ella, dándole el carácter cerrado que necesita el personaje. Eso, más el sentido del humor naturalista de muchos diálogos, consiguen que la película que sea un drama sin dramatismos.

<strong>La buena suerte</strong>: Querejeta narra con oficio las complejidades de la paternidad y la depresión 1

Se podría decir que en La buena suerte su directora despliega todo su oficio, regalándonos una película en el punto intermedio entre ser popular —con los mismos elementos y hasta el mismo reparto, sobre el que ahora volvemos, se podría haber hecho un culebrón tontorrón— y estar narrada con honestidad, complejidad y solvencia. Ese equilibrio para que Pablo sea una persona en shock sin cebarse en ello se guarda también, por ejemplo, con Raluca (Megan Montaner), el interés romántico y aspirante a desclasada, que se evita convertir en una Manic Dream Pixie Girl que habría destrozado el tono adulto del relato.

La honestidad y complejidad que comentábamos antes se ven en la forma en la que el protagonista miente para no dar explicaciones. Sus mentiras son siempre verdades a medias que de alguna forma reflejan fantasías —como de hecho alguien le hace ver— o proyecciones de sus fantasmas. Esa forma de evitar mostrar sus sentimientos pero al mismo tiempo herirse con una versión torcida de los mismos refleja el ritmo al cual el guión —de la propia Querejeta y María Ruiz sobre la novela de Montero— nos va informando de secretos que no lo son tanto, solo los entrega en dosis —como quién es el policía infiltrado—, dejándote claro lo que va a pasar sin refregártelo.

También se agradece el final de La buena suerte, que es «feliz» pero sin redención, ni para Pablo ni para su hijo. Le necesidad de cuidar a alguien del personaje para sentir que corrige sus fallos ya se ha expresado sin ponerla en palabras. Lo que finalmente confiesa, en una catarsis natural y sin aspavientos, es la asunción de sus errores y de su futuro papel como padre de un criminal convicto. En ese sentido, propone una resolución para el personaje mucho más madura de lo que suele ser habitual en este tipo de dramas, y que es de agradecer ver reflejada con, en general, un tono realista dentro de lo accesible. Sin lecciones ni demás.

<strong>La buena suerte</strong>: Querejeta narra con oficio las complejidades de la paternidad y la depresión 2

Este redactor tiene que confesar que con La buena suerte le ha pasado algo similar que con otras películas de la, en general, buena media de este Festival de Málaga 2025: está todo tan correcto, que se echa de menos un punto más de locura que les dé personalidad. En el caso de la película de Querejeta lo pone su humor y su plantel de secundarios, todos elegidos para papeles que se saben de memoria pero por eso ejecutan con tanta soltura: Miguel Rellán, Eva Ugarte, Josean Bengoetxea, Chani Martín, Álvaro Rico, Paqui Horcajo… Da la impresión de que tanto la directora como cualquier de ellos habrían podido hacer esto con los ojos cerrados.

En el debe quizás un detalle respecto a la novela de Montero que no es que se modifique o elimine, más bien se obvia porque no da tiempo para todo y la película tiene como virtud su duración. No sabemos nada del pasado próspero e industrial del pueblo, ni de los motivos que lo han convertido en la trampa de la que se queja Raluca (o la enfermedad del vecino con discapacidad). Aunque casi todos los personajes tengan la decencia de preguntarle a Pablo qué narices hace ahí con lo pijo que es, el componente de clase no solo se diluye, es que la chica acaba logrando su sueño de Cenicienta y marchándose a Madrid, donde está la felicidad. Y hombre, eso hay que cuidarlo.

Volviendo al asiento y esperando al silbido del jefe de estación. La buena suerte es un ejercicio de oficio por parte de Gracia Querejeta, un drama muy medido y en equilibrio, con un gran trabajo de Hugo Silva, y que además explica sus temas de forma adulta, compleja y con toques de humor, sin tratar al público como si fuese tonto y no lo fuese a entender. Por otra parte, en su mayor virtud está el pecado: está todo tan bien hecho, que no sorprende, y además, por razones lógicas y que contribuyen a ese equilibrio, deja pasar el tren de que la trama rebote sobre el marco de la España vaciada y sus tragedias políticas.

Dónde ver

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.