Series españolas
Fácil: Anarquía, tía

Fácil cuenta la historia de cuatro mujeres en la treintena, con diferentes grados de discapacidad, que intentan vivir de manera independiente en un piso tutelado. Luchan contra la presión paternalista del sistema para huir de la residencia que las deshumanizaba, los familiares que intentaban aprovecharse de sus pensiones y la sobremedicación a la han sido sometidas. Además una de ellas se enfrenta a la amenaza de la esterilización forzada debido a su comportamiento sexual, considerado inapropiado por la fundación que las tutela.
La serie de Anna R. Costa, que se presentó en el Festival de San Sebastián, llega con su pequeña polémica bajo el brazo por la reacción intempestiva de Cristina Morales, autora de la novela Lectura fácil, premio Herralde y Nacional de Narrativa. La guionista y ahora directora se tomó como un reto personal, tras el triunfo de Arde Madrid, adaptar un libro considerado inadaptable, de una gran complejidad narrativa difícilmente trasladable a la pantalla y que toca temas tan delicados como las esterilizaciones forzosas de personas con discapacidad, la sexualidad de estas o las okupaciones y la política en Barcelona.
Fácil, como muchas series de Movistar Plus+, busca antes tener prestigio que tener audiencia. Que no se ofenda nadie, es que tampoco hay tanta gente suscrita a la plataforma. Nos han dado grandísimos productos como Antidisturbios, Hierro, Rapa, La Peste o la misma Arde Madrid, pero también propuestas inanes que eran pura promoción como Supernormal, Nasdrovia o Paraíso. El problema de una estrategia que consiste más en parecer que en ser y que en parte cuenta cínicamente con que nunca se enfrentará a un gran público que lo pueda comprobar es ese.
Fácil como adaptación

Las obras deberían valorarse por sí mismas, es cierto, pero en el caso de Fácil es interesante analizar los cambios respecto a su inspiración literaria para comprender mejor su enfoque. El principal, presuntamente el que más ha enfadado a Morales y que Costa ha defendido en la promoción, es que la trabajadora social que interpreta Bruna Cusí es «buena» en el audiovisual cuando prosa era la antagonista principal de las protagonistas. La showrunner ha defendido que quería separar a las personas de las instituciones y mostrar un personaje que luchase por dar a estas personas «derechos, no servicios».
Todavía más llamativo, y parece que rechazado igualmente por Morales, es el cambio en el personaje de Nati, que interpreta Anna Castillo. En la novela es un alter ego de su autora y no es discapacitada. Su «síndrome de las compuertas» es un cabreo punk histriónico y constante ante cualquier cosa que considere una injusticia, una especie de extremismo de izquierdas ultracoherente (y ciertamente irritante) que ha superado cualquier clase de prejuicio social. En la serie sufre una discapacidad sobrevenida y un bloqueo emocional que la lleva a preguntarse: «¿Yo antes era normal, verdad?».
Parecen dos giros que aligeran las provocaciones de la autora, pero es que no es así. Es un cambio de enfoque bastante grande sobre la misma idea de discapacidad. Para Morales es un constructo social que no existe y se utiliza para oprimir a personas que se salen de la convención de «lo normal». En la adaptación de Costa, son personas dependientes, poco menos que niñas grandes, que necesitan la supervisión de alguien inteligente y concienciado, una buena persona como la trabajadora social.
Además toda la subtrama con okupas y en la que se refleja el submundo antisistema que aún pervive en las calles de Barcelona es eliminado, solo aparece de fondo en las noticias. Si le sumamos el que haya una escena en la que Nati, trasunto de la autora de la novela, recordemos, grite «¡Anarquía!» de forma cómica mientras hace algo que solo puede ser tomado en serio como una catarsis final en una comedia tonta que esta serie no es, pues es un poco normal que Morales se haya ofendido. Aunque Costa tenga razón en que tuvo la oportunidad de manifestar lo que no le gustaba durante el proceso de producción y por vías más elegantes (y respetuosas con el trabajo de los demás) que la dichosa columna.
Fácil como «comedia social» (aunque no quiera)

Hay un episodio de Extras (2005-2007), la serie de Ricky Gervais anterior a la The Office (2005-2013) original, en el que Kate Winslet hace un cameo interpretándose a sí misma. En el rodaje, en el que coincide con los protagonistas, una miembro del equipo recibe la visita de su hermana, una joven con parálisis cerebral. Winslet se dedica a vigilar los movimientos de la mujer y comenta con el personaje de Gervais que es importante aprenderlos: «Dustin Hoffman. Rain Man. Oscar. Tom Hanks. Forrest Gump. Oscar».
Voy a subrayar que no dudo del interés artístico de Anna R. Costa por esta historia ni del compromiso con su trabajo de las actrices, que en el caso concreto de Natalia de Molina ha implicado una transformación muy poco habitual, al alcance de pocas intérpretes y llevada hasta el límite de lo tolerable por una serie de este tono. Costa y su codirectora, Laura Jou, juegan con la posición de las protagonistas en su entorno, el primer plano y el medio o la contundencia de Barcelona para enmarcarlas en su indefensión o sus momentos de autonomía. Hay un trabajo muy profesional detrás.
Insisto: Fácil no es una mala serie. Para nada. En el mainstream y en la conservadora a todos los niveles Movistar Plus+, es atrevida, porque muestra a las personas discapacitadas, aunque las infantilice, como sujetos deseantes (y deseados). Lo que pasa que es lo que Costa ha repetido muchas veces que no quería que fuese: una comedia social. No es un panfleto anarcopunk, como la novela, si acaso es uno de Más Madrid (o más bien En Comú), una idealización de cómo su muy restringido nicho sociopolítico cree que ve a las personas con menos oportunidades que ellos. Pero sigue siendo un panfleto.
Es decir, es mucho menos paternalista la forma de afrontar la sexualidad de las personas con discapacidad o los cuerpos no normativos para empezar en el libro, luego en películas recientes como La consagración de la primavera y, ya que estamos, en cualquier cosa que haga Eduardo Casanova. Pero eso, realmente, no le interesa a Fácil, sino hacer una historia «bonita» y comprensible para todos los públicos que les acerque lo máximo posible esos conceptos pero sin asustar ni retar a nadie demasiado. Fácil, perdónenme la tontería, quiere ser una serie muy fácil. Y a veces ser fácil es buenísimo, pero otras es mediocre y olvidable.

Jose A. Cano