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CRÍTICAS

Entre tierras T2: No tiene claro ni en qué año se ambienta

La nueva entrega de la que fuese serie más vista del abierto en España en 2024 y éxito de Netflix parece hecha a las prisas para tener nuevos episodios con conflictos y personajes sacados del cajón de los tópicos culebroneros
Crítica de la temporada 2 de 'Entre tierras'

La temporada 2 de Entre tierras salta 20 años en el tiempo. En los primeros episodios, María es una joven de Almería que para ayudar a su familia acepta casarse con un terrateniente manchego desconocido, un empeño del padre de este para que tenga descendencia. Tras la muerte de Manuel —el marido, del que se acabó enamorando, sorpresa—, María saca la finca adelante y a dos hijos un poco rebeldes junto a su cuñada. Pero faltan braceros, un empresario muy ambicioso anda comprando terrenos por la zona y deberán tomar decisiones.

Estrenada en 2023 en Atresplayer, la primera entrega de este culebrón de Atresmedia fue la serie más vista en abierto en la televisión de nuestro país del año siguiente —sin colarse, como son las audiencias ahora: 1,3 millones de espectadores y 12,3% de cuota de media— y, ojito, en el Top10 de Netflix durante varias semanas de ese 2024 tras su «reestreno» en dicha plataforma. Lo raro sería que no tuviese segunda parte.

Más cuestionable es la forma de recuperarla, aunque supongo que era la más fácil para refrescar las tramas. El salto de más-o-menos-los-5060 a más-o-menos-los-70-80 permite envejecer a los hijos —no así a los personajes supervivientes del principio, es que a Megan Montaner ni le maquillan unas arrugas o le ponen canas aunque sea— y «actualizar» los tipos de conflicto. Que, de hecho, intentan vincular con algunas cuitas del agro actual, como en todos los culebrones rurales recientes, a veces con más éxito que aquí.

Antes de meterme en faena: de momento solo he podido ver dos de los 10 episodios de la temporada, los proyectados en el Festival de Málaga, así que igual luego remonta.

Entre tierras 2: electric boogaloo

Crítica de Entre tierras 2

Entre tierras no era la reinvención de la rueda, ni lo buscaba. Sus giros «inesperados» eran más previsibles que un bombardeo yanqui en Oriente Medio. En dos diálogos quedaba claro qué personaje era «bueno» y cual «malo». No te daba más que un culebrón químicamente puro, con sus toquecitos de clasismo, sus relaciones vamos a decir que tóxicas pero no mucho y sus explicaciones inverosímiles para que todo encaje.

No tiene pinta que la segunda temporada quiera alejarse, apenas refrescando con nuevos maromos ante cuya viril prestancia las protagonistas femeninas se sulibeyen (Rodolfo Sancho, vaya). Solo que si la primera parte se curraba un poco la ambientación y te dejaba caer como que en aquella época la gente era pobre y estaba en manos de los señoritos por algún motivo —¿Cuál sería? ¡Qué misterio!—, esta sucede en el país mágico donde la gente a veces viste con ropa de 2026 y habla y piensa como gente de 2026 (un poco rancia).

Y… no lo entiendo. Porque hay un juego muy interesante: en estos 70-80 nebulosos hay empresarios acumulando tierras de forma mafiosa y mecanizando tareas que mandan a decenas de braceros al paro mientras otras explotaciones tienen que recurrir a inmigrantes mal pagado para poder salir adelante. Solo que el empresario acumulador no es un fondo chino o gringo, ni los inmigrantes son africanos o de Europa del Este. Como son los setentiochentis, son todos españolitos de pura cepa. Y tratar eso así es muy interesante.

Las cosas de Entre tierras 2

Crítica de Entre tierras 2

¿Qué pasa? Que al final eso está en Entre tierras casi como una excusa, o al menos en lo que he podido ver hasta ahora es así. No pasa nada por querer hacer productos de entretenimiento en el que las espectadores —y algún espectador, libertad— se proyecten en la intrépida protagonista y su furor uterino por un recio bigardo. Pero ya que estamos fabricando fantasías de este tipo, al menos vamos a currárnoslas un poquito.

Porque además, dentro de lo que es hacer ese tipo de culebrón con toquecitos de romance tórrido pero sin colarse, a veces parece una parodia. Que uno entiende que este sistema de Atresplayer-Antena 3-Plataforma Internacional es rentable gracias al público latino internacional, considerablemente más carca que el español. Se corre el peligro de colarse con los momentos meganmaxwellxianos soft —o sea, soft del soft del soft— si no admites lo que estás haciendo.

Un ejemplo es cuando el personaje de Montaner se encuentra al de Sancho por primera vez, contado de forma que es evidente que va a ser su nuevo interés romántico… y una escena después de que le admita a la cuñada que va más salida que todas las cosas a base de sueños eróticos con el marido muerto. Otro, el flirt de la hija entre los dos hermanos y herederos del empresario malvado. Este último interpretado por un Ginés García Millán absolutamente en automático y que parece que preferiría estar en cualquier otro sitio.

En fin, devolviendo a los jornaleros a su casa: Entre tierras 2 es más de lo mismo… pero peor. Muy sosa y previsible, con una ambientación bastante más torpe que en los primeros episodios y un montón de personajes nuevos elegidos entre los mayores tópicos del subgénero y presentados de la manera más tontorrona posible en cada caso.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.

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