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Élite T4: La palabra clase es muy polisémica

La cuarta temporada del culebrón juvenil sigue siendo entretenida pero pierde capacidad disruptiva a base de repetirse

Élite T4: La palabra clase es muy polisémica 1

La cuarta temporada de Élite empieza con un nuevo curso en Las Encinas. Un nuevo director con tres hijos en edad escolar que entrarán en la vida de los protagonistas como elefante en cacharrería, consiguiendo reeditar la rivalidad de clase -social y de la otra- entre Guzmán y Samuel y con un nuevo misterio policial colgando sobre sus cabezas.

Élite sigue siendo entretenida, mucho. En plan, a ver qué hacen ahora estos chiquilicuatres. Cáspita, lo que acaba de pasar. Ahivá, lo que te ha dicho, chulo, a ver qué haces ahora. Pero se queda ahí. Es eso y ya. La capacidad de escándalo o disrupción, la crítica de clase o la innovación en la forma de contar historias de chavales se han ido ya hace tiempo. Se quedaron en la primera temporada, quizás, y los personajes que sustituyen a los se van porque sus intérpretes empiezan a acumular seguidores en Instagram y les sube el sueldo en realidad solo repiten tópicos ya vistos con una vuelta de tuerca muy leve como mucho.

A Netflix le da lo mismo, claro. Para ponérsela de fondo, si uno gusta del formato culebrón con enredos de cama infinitos -aunque en niños de 15 a 17, se supone, resulten exagerados o inverosímiles por mucha pasta que tengan en el banco-, cumple con su función. Sigue sin resistir del todo un análisis con lupa de la toxicidad de las relaciones o los temas de género, pero no molesta, solo chirría un poco, y probablemente más por tener ya cierta edad y no ser público objetivo que por otra cosa. Aquí no hay subtramas para los mayores como en HIT.

Crítica de Élite temporada 4 con algún spoiler

Élite T4: La palabra clase es muy polisémica 2

El punto de partida de la cuarta temporada de Élite es el de siempre, arrancando la acción a partir de un hecho luctuoso o vagamente delictivo con un alumno de Las Encinas como víctima, flashbacks para ver qué ha llevado ese momento, interrogatorios a los supervivientes y muchos sospechosos pero ninguno obvio. En este caso una de las alumnas nuevas es agredida de manera casi mortal, aunque se queda en tentativa, y el misterio está en ver qué pasará cuando despierte del coma.

Aquí hay un problema con el personaje de Guzmán, en el que se nota que el actor Miguel Bernardeau está cómodo y sabe lo que le piden. La gracia es que sea un pijo arrogante demasiado malacostumbrado a que todo el mundo le ría las gracias pero buena gente en el fondo -una especie de versión punk del mismísimo Gerard Piqué-. Pero es que llevamos cuatro temporadas redimiéndolo. Su arco siempre es el mismo y resulta repetitivo resetearlo. Igual que Omar y Samuel. Son pobres, sufren mucho, pero tampoco se nota ni tiene consecuencias más allá del folleteo. Ay, qué drama. Solo vemos a un personaje prostituirse y es casi que porque le apetece, dado que el cliente es Andrés Velencoso. En fin.

Además, la sutileza brilla por su ausencia. El personaje que justifica la competición amorosa entre Guzmán y Samu, Ari Blanco, es la más clasista de toda las alumnas nuevas hasta que se toma dos copas y se desinhibe, momento en el que contempla al plebeyo Samuel sin toalla -la mirada de la actriz traza un plano picado y abre mucho los ojos con escándalo- y le acaba espetando «la clase es una palabra muy polisémica y yo la pierdo en cuanto me emborracho». Ni Cary Grant, vaya.

La panadera y el emperador

Élite

El conflicto en la columna vertebral de Élite, el de los amoríos entre ricos y pobres, se reedita en esta cuarta temporada en versión más largo, más grande y sin cortes cuando la limpiadora Cayetana se enamora de un nuevo de un alumno, el príncipe Phillippe von Triesenberg, que es una mezcla de Andrea Casiraghi y los secundarios cómicos de Princesa por sorpresa 2. Su país es inventado y su subtrama es en exceso ridícula hasta para Élite, pasando por ¿románticos? ¿escandalosos? giros de pastelazo que harían sonrojarse a Meg Ryan. Parece escrito para comedia y dirigido para drama, y así no se puede.

Esto, de nuevo, puede ser cuestión de no ser público objetivo de lo que se visiona. Porque aparte de fiestas de toallas para lucir figura, la representación de clase, en fin, sigue siendo tan exagerada y aleatoria como fuente de drama que hay poca lectura social o política que sacarle. Omar y Samu siguen siendo camareros -ya no hay nadie obligado a traficar para pagarse la matrícula, que eso queda feo- pero cuando les ofrecen la oportunidad de recibir apoyo para salir del pozo se trata como algo a título individual y que «se merece» quien es extraordinario (mientras un pijo mediocre puede seguir estudiando y ya).

Resumiendo: funciona la base de enredos de cama y movidas de thriller loco, pero desaparece ya del todo lo que hacía especial a Élite porque ya solo acumula exageraciones cada más burras sobre los mismos tropos. Algo que no las hace menos divertidas, pero si uno no es muy fan del formato culebrón con gente muchimillonaria, lo normal es que se aburra pronto. Eso sí, salen muchas tabletitas de abdominales y culetes prietos, así que en un momento dado quien no se consuela es porque no quiere.

Puedes ver Élite temporada 4 online en Netflix.

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