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Críticas

El sustituto: Nazis de nuestros padres

Oscar Aibar dirige un thriller de época más que efectivo que ahonda en las raíces corruptas de la actual democracia en España
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El sustituto se sitúa en España en 1982, cuando el inspector Andrés Expósito es trasladado a Denia para ocupar la plaza de otro agente que apareció muerto por sobredosis. Una comunidad de migrantes jubilados alemanes con fuertes intereses urbanísticos en la zona llama su atención después de que evite un atentado contra ellos. Cuando otro policía más veterano lo ponga en la pista de las relaciones de estos alemanes con las autoridades locales, Expósito descubrirá que se trata de nazis huidos y que su presencia no es tan secreta como el quería creer.

Óscar Aibar dirige un thriller de época que mezcla una crítica en elipsis con rabia de clase, en el que Ricardo Gómez se mueve calcando un personaje al que dibujan desde el principio alejándolo de la imagen tópica que se pueda tener sobre el actor -una versión quinqui del arranque de Landa en El crack– y con evidentes lecturas políticas actuales que ni se intentan esconder, más bien se nos restriegan por la cara. El sustituto ni es sutil ni quiere serlo.

No es el thriller de la Transición perfecto que seguimos esperando, pero al menos es uno que se molesta en volver a situar a la extrema derecha como villana de la función. Además, aquí la gracia es recordar que Andrés Expósito y sus conocidos son más o menos ficticios, pero la comunidad de nazis con jubilaciones de lujo en Denia que financió la primera corrupción urbanística de la costa valenciana fue real como la vida misma.

Crítica de El sustituto con spoilers

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En esta época de tanta nostalgia ochentera y diálogo generacional de sordos, la película de Óscar Aibar directamente nos recuerda que en los 80 tus padres podían perderte en una fiesta homenaje por el cumpleaños del Führer y no solo no pasaba nada, sino que se suponía que para ellos era una oportunidad en la vida. Y si, vale, es una exageración, pero es que el cine es eso: exageración y metáfora, aunque sea en una de tiros.

El sustituto es una película de género negro popular y como tal se recrea en sus tópicos aportando la novedad del año, los personajes principales y los villanos finales, una suerte de contraparte de Noches de cocaína de J.G.Ballard -comunidades cerradas de expatriados en la costa mediterránea española- aportando el punto de vista de los naturales y asumiendo directamente que no se trata de guiris pasados de vueltas sino, directamente, de nazis.

Un acierto del guion es que va construyendo los personajes a partir de matices y que nos deja sumar dos y dos, sobre todo con los giros finales, previsibles pero no por ello menos efectivos emocionalmente. Quizás a veces repite explicaciones y pasa de puntillas por detalles chocantes de la época, pero se le perdonan porque su formato es el que es: quiere entretener, quiere suspense, pero también quiere que veas bien cuando sale Fraga Iribarne y te fijes en los carteles electorales de la parte de 2021.

Corrupción urbanística y extrema derecha

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Por cierto, un gran trabajo de Ricardo Gómez, que compone a su personaje a partir de la mirada. Los momentos de locuacidad de Expósito están muy medidos y no hace falta ser Catedrático en psicología para ver por qué, pero el actor sabe aprovechar el material y entrega un antihéroe que más que aspirar a ejemplo de nada apenas se basta con tirar hacia delante. Además son los detalles que lo definen como clase obrera -el motor, la navaja, el apellido- los que le permiten resolver casos. Y su compañero se llama «Colombo», es decir, el gran detective proletario de la televisión.

Básicamente lo que dice El sustituto es que la corrupción inmobiliaria, el modelo turístico devastador y la corrupción política vienen de una Transición hecha a medias, que no hemos entendido a la generación que intentó hacer limpieza en los cajones y que al final, con ideología o sin ella, es una pelea entre clases sociales y entre quienes se venden y quienes no. El punto de partida de Óscar Aibar y el productor Gerardo Herrero fue una foto de fiesta playera, como hay dos mil, en la que los guiris de celebración eran jubiletas alemanes vestidos con sus viejos uniformes de las SS.

Al final Aibar decide situarse en la actualidad, en el punto de vista de la siguiente generación, y recordarnos que de aquellos polvos vinieron estos lodos. Que las terrazas junto a la playa tienen su precio y que la vivienda, hágame caso, inspector, nunca baja. Porque puede ser que no tengamos hipoteca ni trabajo fijo, como nuestros padres, pero al menos no los tenemos gracias a los nazis ni a la corrupción. Y en 1985 hacíamos el cafre en el campo, pero en 2021 a nadie se le ocurriría que sea normal que saluden a un policía gritando «¡Arriba España!» en la puerta de un puticlub. O quizás sí es posible, pero desde la parte turística no se ve.

Jose A. Cano

Jose A Cano (Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha colaborado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con El Salto, El Español o revista Dolmen. Socio de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE).