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‘El sustituto’ quiere obligarnos a mirar los nazis y la corrupción que siempre estuvieron ahí

Óscar Aibar estrena en Málaga un más que correcto policial de época en el que destacan la interpretación de Ricardo Gómez y la falta de piedad con la España de la Transición

El sustituto

En Málaga si bajas desde la Parroquia de Santa María de La Victoria hasta la parte del Teatro Cervantes o el Cine Albéniz es como si pegases una tajada transversal a lo que son las ciudades ahora. Primero tiras por la calle del Cristo de la Epidemia -la vida- y tiene el Café Bar Enrique o El Caracol, un bazar chino de los grandes con menaje del hogar y no comida rápida y bañadores, un taller de costura que arregla o ensancha si hace falta.

Luego coges calle Lagunillas y te encuentras murales de Chiquito de la Calzada o Lorca, pintadas contra el turismo y bares que se autodemoniman centros culturales. Y al final del todo te espera el Burger King o tomarte un pitufo de york queso junto a tres guiris de 20 años que intentan convencer a la camarera de que eso de no servir alcohol antes de las 11 no puede ser. Todo eso rodeado por portales con cajitas de esas de meter el código para sacar la llave y anuncios de Idealista patrocinando el Festival.

El sustituto se ambienta en Denia, en 1982, cuando el inspector Andrés Expósito es trasladado para reemplazar a otro policía que apareció muerto, aparentemente por sobredosis. Cuando, por puro instinto de perro tobillero, empiece a tirar del hilo, se encontrará con una colonia de criminales de guerra nazis -no es spoiler, lean la sinopsis- y una conspiración que va más allá de lo que puede manejar, aunque ni él mismo lo sepa.

El sustituto, entiéndame bien, no es sutil en su fondo, ni lo quiere ser. Es un película de género negro popular y como tal se recrea en sus tópicos aportando la novedad del año, los personajes principales y los villanos finales, una suerte de contraparte de Noches de cocaína de J.G.Ballard -comunidades cerradas en la costa mediterránea española- aportando el punto de vista de los naturales. Es posible que no entre en la conversación por la Biznaga de Oro, pero sí que ha entrado de lleno en las que se daban en las terrazas después del pase.

Simpáticos nazis en guayabera

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En la rueda de prensa posterior a la presentación, Óscar Aibar admitió que quiso hacer una película dura, sin manierismos formales, con tratamiento de thriller de los años 70 -aunque su forma de irnos presentando al protagonista recuerda en parte a El crack, aunque más sutil-. También algo de la ambientación de los 80 que dice recordar Gerardo Herrero, de serrín en el suelo y palillos en la boca. Pero tienen el giro, como siempre, de que nosotros conocemos el final de esta historia y aunque fuese con 5 añitos o menos, estábamos ahí.

Porque básicamente lo que dice El sustituto es que la corrupción inmobiliaria, el modelo turístico devastador y la corrupción política vienen de una Transición hecha a medias, que no hemos entendido a la generación que intentó hacer limpieza en los cajones y que al final, con ideología o sin ella, es una pelea entre clases sociales y entre quienes se venden y quienes no. El punto de partida de Óscar Aibar y el productor Gerardo Herrero fue una foto de fiesta playera, como hay dos mil, en la que los guiris de celebración eran jubiletas alemanes vestidos con sus viejos uniformes de las SS.

Un acierto del guion es que va construyendo los personajes a partir de matices y que nos deja sumar dos y dos, sobre todo con los giros finales, previsibles pero no por ello menos efectivos emocionalmente. Quizás a veces repite explicaciones y pasa de puntillas por detalles chocantes de la época, pero se le perdonan porque su formato es el que es: quiere entretener, quiere suspense, pero también quiere que veas bien cuando sale Fraga Iribarne y los carteles electorales de la parte de 2021.

El sustituto recuerda de dónde viene

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En esta época de tanta nostalgia ochentera y diálogo generacional de sordos, la película de Óscar Aibar directamente nos recuerda que en los 80 tus padres podían perderte en una fiesta en honor del cumpleaños del Führer y no solo no pasaba nada, sino que se suponía que para ellos era una oportunidad en la vida. Y si, vale, es una exageración, pero es que el cine es eso: exageración y metáfora, aunque sea en una de tiros. Que al protagonista le ponga cara, muy lejos de su registro habitual, el mismísimo Carlitos de Cuéntame cómo pasó no sabemos si es una ironía buscada.

Un gran trabajo de Ricardo Gómez, que compone a su personaje a partir de la mirada y los matices que disemina el guión en las partes en las que decide volverse elíptico. Los momentos de locuacidad de Expósito están muy medidos y no hace falta ser Catedrático en psicología para ver por qué, pero el actor sabe aprovechar el material y cumple entregando un antihéroe que más que aspirar a ser ejemplo de nada apenas se basta con ser humano y tirar hacia delante. Además son los detalles que lo definen como clase obrera -el motor, la navaja, el apellido- los que le permiten resolver casos mientras su compañero se apellida Colombo, es decir, el gran detective proletario de la televisión.

Al final Aibar decide situarse en la actualidad, en el punto de vista de la siguiente generación, y recordarnos que de aquellos polvos vinieron estos lodos. Que las terrazas junto a la playa tienen su precio y que la vivienda, hágame caso, inspector, nunca baja. Porque puede ser que no tengamos hipoteca ni trabajo fijo, como nuestros padres, pero al menos no los tenemos gracias a los nazis ni a la corrupción. Y en 1985 hacíamos el cafre en el campo, pero en 2021 a nadie se le ocurriría que sea normal que saluden a un policía gritando «¡Arriba España!» en la puerta de un puticlub. O quizás sí es posible, pero desde la parte turística no se ve.

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