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Dos años y un día: Cancela como puedas

Arturo Valls se autoparodia en una comedia sobre los límites del humor malvada y necesaria en la que los capítulos se hacen cortos

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En Dos años y un día, el actor y presentador más famoso de España hace un chiste especialmente irrespetuoso sobre religión en un pregón de unas fiestas y es condenado a prisión, en concreto, al mínimo que obliga a cumplir la sentencia entre rejas y que da título a la serie. Carlos, el protagonista, se ve obligado a sobrevivir en un centro penitenciario un poco peculiar, donde los presos más capillitas quieren hacerlo papilla, su compañero de celda está obsesionado con que no cometa un suicidio que a él ni se le pasa por la cabeza y la directora lo obliga a encargarse del grupo de teatro.

El equipo de Raúl Navarro repite tras La reina del pueblo con una serie basada en estereotipos torcidos, personajes metidos en situaciones surrealistas y juegos de equívocos, pero recupera a su colaborador necesario habitual, Miguel Esteban, recién llegado de Nasdrovia -junto a Luismi Pérez y Sergio Sarria-. Eso sí, en las últimas producciones del dúo y su equipo se observa un incremento progresivo de la mala idea, partiendo desde El vecino, que parece destinado a cerrar el círculo alcanzando las cotas de vitriolo y reflexión meta presentes en El fin de comedia, hasta ahora su mejor trabajo conjunto o por separado.

El resultado en el caso de Dos años y un día, en los dos episodios que hemos podido hasta ahora, es una comedia basada en la incomodidad y la disonancia, donde los dramas reales se ven filtrados por un velo de surrealismo y la desubicación manifiesta del protagonista se nos transmite en cada escena. La misma, esto es, que deberíamos sentir a la permanente censura bienpensante, que no es precisamente la que se empeñan en hacernos creer.

Dos años y un día y abogados, ejem, costaleros

Dos años y un día

Es de agradecer que en mitad del debate artificial sobre los límites del humor una serie con aspiración mainstream lo abrace por la vía de las consecuencias jurídicas reales. Si el protagonista partiese de un chiste racista, machista u homófobo la situación que vive sería poco probable, uno de la Casa Real sería demasiado para el cuerpo, así que se opta por una denuncia de un lobby católico, de nombre con resonancias al de una real que no mencionaremos por si acaso. Baste decir que estos días andan empeñados en una campaña de boicot muy similar a la que se intuye en la serie, pero en el mundo real y se supone que completamente en serio.

A partir de ahí, la situación de Dos años y un día es alocada o exagerada pero no completamente inverosímil y basa su humor en que Carlos, el protagonista, aunque blandengue y un poco pijo, no necesita caernos bien para que nos pongamos en su lugar. La prisión en la que en acaba, por sí misma, ya es bastante surrealista, pero su actitud desnortada y quejica se deben a lo evidentemente desproporcionado de su encierro en ella y la indefensión que ser tratado como un criminal le produce. Es una tragedia, aunque tan grotesca que resulta graciosa, sobre todo porque el protagonista se la toma en serio, pero el resto de su entorno no.

Así, el episodio dos nos acaba regalando un debate sobre los límites del humor tan viciado como pueda uno imaginárselo, ya que se da el caso de que uno de los dos contendientes deja claro que si no le gusta el resultado piensa apuñalar al otro. El discurso de Valls en esa escena suena casi a manifiesto propio y de los guionistas y creadores de la serie, una salida a pecho descubierto en la que se juegan que alguien les mida el lomo, pero que tiene la ventaja de ser acogida por la plataforma de pago del Grupo Planeta y no por cualquier otro canal, incluidos los que tiene en abierto dicho grupo.

Arturo Valls y la autoparodia

Dos años y un día: Cancela como puedas 1

Fruto de esa reflexión cafre sobre los límites del humor es que Dos años y un día sea una serie cargada de chistes metatextuales, algunos más sutiles y otro tan directos como el descacharrante cameo de Los Javis riéndose de su propia condición de icono (o la aparición del propio Raúl Navarro «rematando» a su personaje protagonista). Por otro lado, y como es lógico, quien más se autoparodia aquí es Arturo Valls, entregado a un personaje que es una especie de versión de sí mismo en repipi, obligada a lucir como el payaso serio en una función surrealista.

Así, también tiene su parte de parodia, muy acusada, sobre el género carcelario, y la afronta con referencias directas a las películas que se dispone a parodiar convirtiéndolas incluso en parte del argumento, como ocurre con Cadena perpetua. Aunque no sea el colmo de originalidad, hay que destacar el personaje de la directora, interpretada por una Adriana Torrebejano empeñada en demostrar que tiene más vis cómica de la que se le suponía, que sirve como reflejo de, por ejemplo, su equivalente dramático de Vis a vis -uniformes inverosímiles y gestión extraña incluidos-.

En fin, Dos años y un día, visto lo visto hasta ahora, es una comedia malvada y necesaria, con un componente meta y autoparódico que encaja con facilidad en el tono y en la que los capítulos se hacen cortos. Arturo Valls está comodísimo en un papel hecho a medida y el resto de secundarios funciona con facilidad. Si mantiene el nivel en lo que resta, una de las series del año.

Imágenes: Dos años y un día – Atresmedia

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