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Dime quién soy: Lujosa y con muchas prisas

Una producción espectacular que pierde fuerza por todo lo que quiere abarcar.

Dime quién soy: Lujosa y con muchas prisas 1

Dime quién soy se basa en la novela del mismo nombre de Julia Navarro. Narra la historia de Amelia Garayoa, una joven madrileña de familia bien que se casa a principios de los 30 con un destacado republicano. Cuando se enamore de un espía francés comunista, su vida cambiará para siempre. Abandonar España la llevará a encontrarse en mitad de los grandes conflictos de la época, hasta convertirse en espía durante la Segunda Guerra Mundial y conocer las cárceles nazis o la tortura.



Dime quién soy es una prima hermana de El tiempo entre costuras, no tanto por el parecido de las novelas que les sirven de base -aunque, al menos superficial, sí que existe- como por el cuidado diseño de producción al servicio de una historia de crecimiento de la protagonista. Pero mientras la serie de Antena 3 aspiraba a ser un culebrón con muy buena factura y recursos de thriller, la de Movistar+ se presenta como superproducción de época.

Da la impresión de que cada capítulo de la serie habría dado para una serie completa o para un largometraje. No solo por la densidad de lo que ocurre sino por el despliegue de producción. En este año de series del año, Dime quién soy es probablemente con diferencia la que mayor esfuerzo luce en ese aspecto, recreando con efectividad -ignoro si a la perfección, pero al menos sin grandes derrapes ni que se vea el cartón- una gran cantidad de escenarios a lo largo de diferentes décadas.

Es quizás en esa complejidad donde reside su mayor debilidad. La vida de Amelia es muy interesante pero le pasan demasiadas cosas para que dé tiempo a que una sola enganche, y sus secundarios no llegan a importar lo suficiente porque se los sabe episódicos.

Atención. Spoilers sobre ‘Dime quién soy’ del tamaño de la cuenta corriente de Julia Navarro.

 

La revolución y la poesíadime-quien-soy-cine-con-ñ

Julia Navarro antes de hacerse novelista fue durante muchos años periodista, trabajando en la SER, la COPE, TVE o Telecinco, entre muchas otras. Allá por 1996 escribió un libro-reportaje sobre las parejas de los hasta entonces cuatro presidentes de la actual democracia. Se tituló Señora Presidenta.

Dos años después junto a Raimundo Castro escribirá La izquierda que viene, en el que plantea el futuro “mestizo” de la susodicha tras la caída del Muro de Berlín o, en España, la derrota del PSOE de Felipe González. En 2001 y en solitario será autora de El nuevo socialismo: la visión de José Luis Rodríguez Zapatero, que viene a ser una enorme entrevista al entonces novísimo secretario general del PSOE y futuro presidente del Gobierno.

En Dime quién soy hay un señor francés militante del Partido Comunista que se liga a la protagonista, atrapada en un matrimonio infeliz, diciéndole que “la revolución también se hace con poesía”. Luego resulta que el susodicho es un espía y la está utilizando. Que yo no digo nada. Pero estas cosas la gente las tiene que saber.



No me entiendan mal, la serie empieza muy arriba, con Amelia (Irene Escolar) colándose en un mitin de Azaña en 1930, en el que a ella y a su novio los recibe José Rosales y durante el cuál vemos medio segundo al futuro presidente de la República soltar una filípica que ríase usted de Mariano Rajoy un agosto sin Tour de Francia. Pero rápidamente desaparece, como todo el contexto, para dar paso a la protagonista metiéndose en follones cada vez más grandes.

 

La espía que me amódime-quien-soy-cine-con-ñ

Amelia Garaoya tiene un poco de Garbo, el espía que confundió a los nazis con el Día D; Sira Quiroga, la mencionada protagonista de El tiempo entre costuras; y también, por qué no, de Tintín o Corto Maltés. Y un referente directo sacado de la vida real: Marina Vega. Hija de un alto cargo de la República represaliado a la que la Segunda Guerra Mundial encontró exiliada en París, se convirtió en agente del servicio secreto de la Francia Libre.

Por supuesto, Amelia evoluciona como una persona real, aunque hay huecos que debemos rellenar desde este lado de la pantalla. Se verbalizan cosas más obvias -como que el primer ‘rescate amateur’ en Berlín la animará a convertirse en espía profesional- mientras que los cambios en su relación con algunos de los hombres de su vida o la tapadera con la que trabaja en algunas de sus misiones se obvian. Y en una serie de espías esto último igual sí canta un poco más, porque además esos momentos, tanto en la URSS como en Alemania, son de los mejores de la serie.



Dime quién soy parece pelearse con todos los tópicos que asociamos a este tipo de ficción y darles un giro. Por ejemplo, hay una escena en que Amelia se confiesa ante un sacerdote católico y por pudor acaba haciéndolo en español, de manera que él no la entiende, aunque reconoce «sentir el dolor en su voz».

La joven de origen acomodado que decide comprometerse con mujeres de clase obrera. La cena incómoda con un defensor del nazismo. La amiga diva por encima de las cuestiones políticas pero que acaba ayudando a escapar a los clandestinos. El alemán honrado que no es nazi pero sí un buen militar. El viaje transoceánico. Una librería de viejo en Buenos Aires. El detenido en el estalinismo al que acusan de crímenes inventados. El pintalabios secreto. Las pastillas de cianuro. No falta de nada en Dime quién soy.

 

Citius, altius, fortiusdime-quien-soy-cine-con-ñ

Dime quién soy también parece tener una relación complicada con la elipsis. Aunque se agradecen que los 50 minutos sean ya la duración estándar de las series españolas y también que una serie pensada para ser vista semanalmente y no a ritmo machete, parece como si algunos capítulos se arrepintiesen de su trama a la mitad. Los recursos que se utilizan para explicar las decisiones de la protagonista son sofisticados y poco comunes en el tipo de serie que se le atribuye a esta, pero parecen utilizados al azar. Porque a veces los flashbacks son de escenas ya vistas en el mismo episodio, y es redundante.



Sobre Irene Escolar: Es la estrella absoluta de Dime quién soy, aparece en 4 de cada 5 planos, sabe perfectamente expresar los momentos en los que el personaje -que va a sobrevivir en tres dictaduras- debe permanecer impasible y también aquellos en los que se deja llevar por sus emociones. Fuma como una diva de cine clásico de los 40, le queda bien cualquier peinado y da credibilidad a muchos momentos en los que el actor del cual recibe réplica anda perdido. Pero precisamente esa naturalidad de ir bajando por la calle Valverde camino de 2 de mayo a celebrar la llega de la República es la que chirría cuando los parlamentos más emotivos son recitados con perfecta técnica teatral.

Y no debe ser tanto culpa de la actriz como de la serie. Un artefacto que muere de amor a la novela que quiere respetar, que con todas las buenas intenciones del mundo construye una protagonista fuerte, autónoma y creíble… pero que nunca acaba de acertar con el tono. No es mala, no aburre, no merece que nadie se cebe con ella, pero diluye todo su potencial en la grandilocuencia de querer abarcar el siglo XX y sumir a su protagonista en tantos acontecimientos que sus decisiones más impactantes pierden la gracia antes de suceder.

 

Jose A Cano (@caniferus)

 

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