Películas españolas 2026
‘Beach House’ y por qué Magaluf no es Las Vegas

En Beach House tres amigos acuden a pasar unos días de vacaciones en Magaluf con el objetivo de beber, drogarse y ligar con extranjeras. Sus dos primeros propósitos resultan bastante fáciles de alcanzar, pero el tercero no tanto. Todo se complicará cuando, por una parte, uno de ellos decida poner cámaras en la casa en la que se están alojando para así poder grabar a las chicas mientras se cambian de ropa o mantienen relaciones, y otro de ellos se enamore de Natasha, una joven rusa que resulta ser… la novia de un mafioso.
Hèctor Hernández Vicens dirige su tercer largometraje, aparentemente el menos pegado al género de todas tras El cadáver de Ana Fritz (2013) y Day of the Dead: Bloodline (2017), aunque a poco que se rasca se encuentran muchos puntos temáticos en común con la primera. Estrenada Festival Internacional de Cinema en Català de Roda de Berà (FIC-CAT) y más tarde en el Atlàntida Mallorca Film Fest (AMFF), es una propuesta que arranca desde la comedia, coquetea por momentos con el documental y luego se dedica a un thriller de aspiraciones realista que no siempre funciona.
Encuadrada en el AMFF en la sección Balearics por el lugar de nacimiento de su autor y por el tema que trata, Beach House se podría encuadrar en el subgénero de retratar la localidad del balconing, el mamading y todos los -ing que uno se pueda imaginar. Una categoría inaugurada por otra película, premiada internacionalmente, como es Magaluf Ghost Town, de Miguel Ángel Blanca, y que arrancaba como documental para precipitarse luego hacia la ficción más surrealista, incapaz de abarcar en los límites de lo representable la decadencia del lugar.
La juerga no cunde

Beach House, en lugar de rendirse, prefiere echarle la bronca a su público objetivo. Empieza como una comedia de descerebrados: tres veinteañeros con mentalidad de adolescentes que se dedican a hacer el ridículo por las calles de Magaluf intentando ligar de las formas más garrulas posibles. Luego se va transformando en otra cosa cuando uno de ellos se revela como un mirón y un pervertido sin escrúpulos, implicando a los otros por inacción. Y después transiciona hacia el thriller, con un escarceo que no se cree ni el propio guión con la comedia romántica, como conclusión de lo que piensa el director sobre el primer tercio de la película.
Ignoremos la verosimilitud de la parte, digamos, criminal, sobre la que volveremos luego. De lo que se trata es de mostrar Magaluf como un agujero infecto de decadencia en el que no existe buen final y donde la inconsciencia y la superficialidad se pagan caro, además del machismo tan básico al que los tres protagonistas están pegados. La parte en la que uno de ellos cree ser un «buen chico» y recibe su merecido (dentro de lo realista, antes que de la cosa se desmadre) es graciosa, aunque ya se ha hecho más veces. Pero en general es una somanta de palos sobre un tópico fabricado ad hoc para que la trama se precipite.
Es un poco cruel comparar Beach House con la mencionada Magaluf Ghost Town, pero aquella, con todos su problemas, desde el primer momento intentaba comprender el espacio en el que se encuadraba, en lugar de aferrarse a los tópicos más manidos y que cualquiera con dos dedos de frente sabe, sin necesidad de que se lo diga una película, que más que tóxicos son ridículos. El escenario podría ser cualquier otro lugar de vacaciones, no se profundiza en quiénes son los mafiosos y por qué aquellos es su patio de recreo (y no el de los inconsciente como los protas) y, en general, todo resulta enormemente previsible.
Moralejas posmodernas

Porque en el fondo, en la forma y en todo lo demás, Beach House viene a ser un exploitation muy currado en el que se problematiza el querer irse de juerga y hacer el cafre. No es que este redactor pretenda defender el mamading —aunque al balconing le vea sus ventajas darwinianas, la verdad—, pero hasta La playa (2000), de Danny Boyle, problematizaba a la hora de retratar al pijo fiestero irresponsable. Es más: los protagonistas no son pijos, son chavales normales, y son de Barcelona, no de la otra punta del mundo. El propio director es mallorquín. ¿Qué necesidad de este maltrato y este sermón curil?
Beach House intenta ser, más o menos feminista, incluso en su final —al que hay que reconocerle un fuera de cámara potente, a pesar de que la situación sea cero realista— y solo le sale a ratos. Incluso la casi coprotagonista Natasha termina por ser un personaje plano basado en su aspecto físico, aunque en su caso sea quien precipita la acción. Tiene claro todo lo malo que quiere retratar en el mundo, pero son cosas malas basadas en creencias u ocurrencias, que ni se molestan en explicar las consecuencias reales y realistas de la turisficación o quienes son sus principales beneficiarios.
Volviendo a casa, que se acaban las vacaciones: Beach House es un telefilme con mejor acabado profesional y un pulso narrativo en condiciones que sí habla bien de Héctor Hernández. Todo lo demás tiene un olor un poco a rancio, a ‘qué estúpida y superficial es la chavalería’. Ni siquiera su intento de mostrar la cara B sórdida de Magaluf funciona porque está todo sacado del manual de las cosas sórdidas en ciudades de perdición. Como Las Vegas, pero sin casinos y sin gracia.

Jose A. Cano