Críticas
Atasco 4: Budistas disléxicos

Stills de la temporada 4 de 'Atasco'. ©Javier de Agustín. Montaje: ©Cine con Ñ
Atasco 4 vuelve a ese embotellamiento interminable que rodea Madrid, donde siguen atrapados nuestros guardas de seguridad, conductores de coches fúnebres o guardias civiles de anteriores entregas, pero también encontramos a nuevos sufridores. Por ejemplo, dos parejas camino de una boda a la que no les apetece ir. Dos aficionados al terror a los disfraces les salen mal. Una familia marroquí camino de su país para las vacaciones. Y hasta un obispo custodiando el nuevo Papamovil de su Santidad el Papa.
La serie antológica de Rodrigo Sopeña estrena su cuarta temporada en dos años mientras anuncia la quinta. A medio camino entre La hora de José Mota, La que se avecina y un tono absurdo propio, es una especie de sleeper de las series españolas: debe tener público suficiente para ser rentable, en su aparente bajo coste —que no debe serlo tanto— para que Prime Video le dé tanta cancha. Es un Poquita fe (2023- ) inverso, ya que la de Movistar Plus se habla mucho de ella pero la ve poca gente y esta, justo lo contrario.
Porque es que además esta cuarta temporada, estrenada tan de tapadillo que la plataforma de Amazon ni siquiera ha enviado visionados de prensa y por eso servidor de ustedes publica esta crítica tarde y mal, es una pequeña maravilla, tanto temática como formal. No abandona su sistema de sketchs de un solo chiste, pero les añade drama, terror, thriller, sátira y un par de homenajes cinéfilos o literarios con doble salto de tirabuzón. Digamos que sketch de José Mota da un paso lateral hacia el microteatro.
Atasco de géneros

Atasco 4 se permite empezar ya con chistes internos, con dos personajes comentando que no hay problema, que a esta hora nunca hay atascos. Luego la serie decide pasearse por el filo de la navaja, mucho más que en cualquier otra temporada, añadiendo chistes políticos, aunque ninguno demasiado hiriente o posicionado.
Quizás el más arriesgado es el episodio 6, el de la subtrama del Papamóvil, tan sutil en su fondo como cafre en su forma, que reparte estopa para la Santa Madre Iglesia, los medios de comunicación y el españolito. Tiene su componente de La Cabina (1972), de —por si acaso te lo dicen, no te vayas a perder—, su parodia de Cónclave (2024) y hasta La muerte de Stalin (2017).
Exceptuando ese capítulo de cierre, que se permite el lujo de meter cameos de todas las subtramas de la temporada, todos los demás tienen su trama «que no es de broma». Desde el drama intimista de dos parejas amigas de la infancia —y con el reparto que tendría si fuese una película así medio indie a concurso en Málaga— a la historia de fantasmas con una particular «muerta de la recta».
Incluso dentro del humor, se atreve a meterle un poco más de tralla que las «Matrimoniadas en coche» de otras entregas y convertir una derrota en el Grand Prix en una tragedia a medio camino entre Lorca y Valle-Inclán, con una Doña Bernarda de negro diciendo que «sobran lenguas y faltan navajas». Por no hablar de la historia del violín, que si fuese un corto, la veríais en los Goya.
Atasco 4, el dark horse

Todo esto, espolvoreado, u oculto, entre los gags de siempre: el marido cornudo que intenta ocultar las pruebas, los guardas de seguridad del furgón blindado con un plan surrealista para hacerse ricos, el padre pijales al que su hijo tiene algo que confesarle… Es verdad que, en comparación con las otras perlas, saben a poco, y que en cada episodio de lo pasas esperando la traca desde que Ingrid García-Jonsson te anuncia que esta temporada no es como las de antes.
Hay que aplaudirle a Sopeña con las orejas por atreverse con este giro a la serie, que supondremos que se ampliará para la temporada 5, no sabemos si última. Prefiero no elucubrar con qué oscuros cálculos empresariales han llevado a que estos episodios se estrenen casi como si a Prime le diesen vergüenza cuando, obviamente, tan mal no les parecerán si la siguen renovando. En fin, ya se sabe.
En fin, que Atasco 4 es la perla escondida en mitad del aburrimiento, el atrevimiento en mitad de la sosería, el recuerdo de que ficción no tiene por qué ser siempre formulaica, ni siquiera cuando aplica fórmulas. En fin, que la veáis, leche.

Jose A. Cano