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Altsasu: Sobre melodrama, derechos humanos y burbujas

El ánimo documental de la serie de ETB choca con su tendencia al melodrama y la ingenuidad en la representación de la Guardia Civil

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Altsasu cuenta la historia de los ocho acusados de agredir a dos guardias civiles en la localidad navarra en 2016, hechos por los que se les imputaron delitos de terrorismo. La serie desarrolla la parte más humana de la experiencia de los encarcelados y sus familiares, así como las circunstancias que rodearon al incidente. También muestra las declaraciones del juicio, tomadas literalmente de las actas judiciales, reconstruyendo así las palabras tanto de acusados como de denunciantes y testigos.

Altsasu es una serie arriesgada, aunque solo hasta cierto punto. ¿Es una serie «buena»? Claro. El reparto es bastante solvente. Compartiendo actores con Patria, que también es casualidad. El pulso narrativo se mantiene bastante bien en el primer y el último capítulo. Es más, si el esquema «judicial» de la última entrega hubiese dado el tono de toda la serie hablaríamos de otra cosa. Hay un mínimo de nivel, porque ETB mima sus ficciones propias y además coproduce TV3, lo que ayuda al presupuesto. Otra cuestión es el propósito al que responde, es decir, lo que Altsasu dice que es frente a lo que acaba siendo.

Porque la categoría de Altsasu no son otras ficciones de la tele vasca como Alardea u Hondar ahoak, ni los true crime de HBO y Netflix, ni El juicio de los 7 de Chicago. El equivalente de Altsasu son aquellos telefilmes de los primeros 2000s que ejecutaban Telecinco y Antena 3 con cuatro duros con resultados tan cuestionables como la miniserie El caso Wanninkhof o El tránsfuga, suculento truño que blanqueaba el ‘Tamayazo’ y se debería permitir borrar de las filmografías de José María Pou, Jorge Sanz y el tristemente fallecido Álex Angulo. Es ese tipo de producto, que trata de crear relato político a partir de la actualidad usando su impacto emocional, y no una serie, digamos, artísticamente relevante.

Crítica de Altsasu con spoilers

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Bueno, a ver, spoilers. Si se van ustedes a la hemeroteca ya saben cómo acaba, aunque por economía narrativa no se detallen todos los recovecos judiciales y apenas se limite a mostrar parte de las declaraciones durante el juicio de 2017. Cada capítulo de la serie se abre explicando que todo lo que vamos a ver tiene un propósito documental y se basa en las actas judiciales y entrevistas con los protagonistas. Los creadores de la serie han declarado en numerosas ocasiones que lamentan que los guardias civiles agredidos no accediesen a participar en dicha fase de documentación, de hecho.

Claro, ese propósito, loable sobre el papel, se pierde en el momento que se muestra al en ese momento Director General de la Guardia Civil, Herminio Martinez de Vielha, interpretado por Sergio Mateu, conspirando con llamadas a periódicos a los que se les filtra según qué información -no se dice la cabecera, porsiaca- o hablando con un presunto ministro sin identificar al que, tras interrogar a los primeros detenidos, le dice que tiene para él «un regalito con lacito y todo». Si se busca la veracidad documental, insinuar una conspiración judicial con conversaciones obviamente dramatizadas no ayuda mucho.

Mención aparte a la caracterización de los guardias civiles agredidos, que choca por su… ingenuidad. El “poli bueno” se empeña en que “solo quiere ayudar” pero no le cabe en la cabeza que haya personas que no se sientan españolas. El “poli malo” se toma el destino como un castigo, aunque se lo intente humanizar por la vía de explicar que lo eligió para ascender más rápido y poder elegir destino. Este último es un poco gañán: está intentando concebir con su mujer -a la que no le gusta Alsasua porque hay poco sol y es un cuchitril- y llama a sus espermatozoides «mis soldaditos». También sorprende que alguien piense que las fiestas patronales de los pueblos abertzales son las únicas por las que se pasa la Guardia Civil… en lugar de no sé… por todas las fiestas del estado español donde les toque por jurisdicción.

Lo peor es que después del esfuerzo por humanizarlos que hace el primer capítulo -por estereotipado que sea-, la serie se olvida de ellos y los vuelve a sacar ya declarando en el juicio, dando datos que la narración ha objetivado como mentiras. Y esto es relevante cuando quieres parecer un documental: en un formato periodístico habrían aparecido los familiares o los mismos acusados dejando claro que es su punto de vista y falta el otro lado. En una ficción se objetiva un relato, uno en el que se ha mostrado que Urko estaba en su casa a la hora de la pelea y por tanto el teniente, sin que se explique por qué, miente en el juicio.

Aunque la cobardía de Altsasu reside en que no muestra la agresión en sí. Hay una elipsis entre el momento en que uno de los jóvenes abertzales empieza a discutir con el guardia gañán y luego vemos al guardia prudente ya herido fuera del bar. La cobardía no es que se pretenda que «deje decidir al espectador», eso sería legítimo, sino en que realmente no lo hace. La serie ha elegido un relato, quizás por motivos ajenos a la voluntad inicial de los creadores, pero que es el que se presenta en la narración. Un relato con una intención política.

Los buenos y los malos de Altsasu

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Pero ojo. Esa intención política no es que Euskadi deba independizarse de España -eso se deja así como más de fondo, no es el tema-, sino que los ocho condenados lo están de manera injusta y que fueron víctimas de un uso propagandístico del sistema judicial. De hecho lo mejor que hace esta serie es caracterizar a sus protagonistas, que son los encarcelados y sus familias, y el drama que supone para la vida de cualquiera un encarcelamiento y más uno tan injusto, con la indefensión absoluta que conlleva.

Un mensaje perfectamente legítimo si va de frente, porque fingir neutralidad es un poco una errejonada: nadie que no este convencido de esa interpretación va a ver esta serie. Es más, si la viese un guardia civil el retrato que se hace del Instituto Armado lo predispondrá en contra antes de acabar el primer episodio. Y aunque a parte del público receptor le parezca mentira, los guardias civiles también tienen derecho a que no les gusten cosas.

Es curioso porque además este mismo retrato, el de un pueblo pequeño y más o menos aislado, con una comunidad cerrada, en la que se recibe a la autoridad como invasiva y donde esta está condenada a relacionarse solo con los outsider de la comunidad -la pareja de uno de los pikoletos es una migrante ecuatoriana de segunda generación- es el mismo que se hace de Ondarroa en Hondar ahoak o del interior gallego en El desorden que dejas o El sabor de las margaritas. O Broadchurch o cualquier policial al uso.

Sin embargo, en este melodrama de buenos y malos ejecutado con formato de serie de calidad resulta que los buenos son… los de la comunidad cerrada y poco permeable al exterior, que considera un intruso a cualquier que no comparta su idioma y sus costumbres. Y no es que el guión simplemente lo muestre como tal sin juicio, es que incluso la pareja migrante y racializada de uno de los guardias le reprocha que no intente entender mejor el lugar en el que se mueve, a pesar de que ella también se vea alienada por el entorno.

Que ojo, intención política también tenía Patria, y además con la aspiración de imponerse a visiones como las de Altsasu en ser El Relato. Allí como aquí este humilde juntaletras criticó lo mismo: que me vendas neutralidad cuando claramente eres de parte. Los «buenos» y los «malos» se diferencian en que los primeros son tridimensionales y los segundos no, solo se humanizan levemente desde el estereotipo para justificar la cohartada de que se atiende «a todas las partes». En Altsasu no es tan chirriante como en Patria porque en parte, al no encorsetarla el texto original de la novela, está mejor escrita. Pero sigue siendo un telefilm de sábado por la tarde con ínfulas.

El nicho de Altsasu

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Luego hay otra cuestión. Existe una sentencia de la Audiencia Nacional revisada por el Supremo reduciendo las penas y un caso que va camino del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, que quién sabe si no volverá a dar un tirón de orejas a esta España mía, esta España nuestra. Quizás lo más probable es que el incidente de Alsasua sea una pelea de bar glorificada en la que se mezclaron los prejuicios de unos y otros, pero que luego se hizo bola por intereses políticos en mantener el espantajo de ETA. Porque alguien nos caiga mal o sea muy joven y un poco cateto y crea que tiene RH mágico no se merece 60 años de cárcel, ni 12, ni siquiera uno. Más si no se encontraba en el lugar de los hechos y se lo incluyó en la denuncia porque estaba fichado en una lista negra, que alguna prueba de que existen sí que hay.

Por eso también merece la pena detenerse a hablar del contexto de producción y recepción de la serie. Altsasu llega a Filmin después de emitirse en ETB en noviembre y en TV3 el pasado enero, por cierto en esta última con quejas porque se doblase al catalán. Curiosamente en la web de las dos autonómicas se podía ver la serie desde hace meses, pero con Filmin tendrá más alcance, es de suponer. Entiéndame, esto es una revista sobre audiovisual, no OkDiario, así que para empezar me he visto la serie entera y mi propósito es analizar la serie en base a su impacto y valor cultural, no cabrear a nadie.

Todos vivimos en nuestras burbujas comunicativas autosatisfechas, pero hay días que unas lo son más que otras. ¿Qué más da qué burbuja sea la tuya, si es eso, una burbuja en la que solo quieres ver a quienes no son iguales que tú como estereotipos y en la que solo estás cómodo cuando nadie te lleva la contraria? Porque una cosa es la injusticia cometida contra los presos de Alsasua y otra cosa el relato de Altsasu. Y ninguna serie es tan arrogante de pensar que puede sacar a alguien de la cárcel.

Puedes ver Altsasu completa online aquí y aquí.

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