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Arny. Historia de una infamia: Denuncia justificada pero confusa

Arny, historia de una infamia, resume en tres episodios el polémico caso judicial de los 90, en el que se investigaron y juzgaron las denuncias por abusos sexuales y corrupción de menores en un club «de ambiente» de Sevilla. Una trama en la que se implicó, de manera que posteriormente se demostró falsa, a famosos de la época que eran abiertamente homosexuales, como el actor y presentador Jesús Vázquez, el cómico Jorge Cadaval o el cantante y presentador Javier Gurruchaga. Los testimonios de autoridades que participaron en la investigación y testigos se mezclan con los de afectados como Vázquez, cuya carrera y vida personal fueron gravemente trastocadas.
En el repaso a todos los casos mediáticos de escándalo y morbo barato de los 90, ha llegado el turno de uno particularmente escabroso, no solo por el crimen en sí, sino por la homofobia evidente que rezumó la investigación, implicando a cuantos homosexuales de relevancia social se pudiese con ausencia absoluta de pruebas. Para mayor atractivo comercial, hacía relativamente poco que uno de los afectados, Jesús Vázquez, había relatado por primera vez su experiencia, provocando que incluso una periodista «de sucesos» de la época (Mariola Cubells) le pidiese perdón públicamente.
Arny, historia de una infamia, merecía una oportunidad a pesar del título, propio de un documental lacrimógeno dedicado al sufrimiento de Vázquez y que cae en el morbo pero por el otro lado, el de la pornografía sentimental. No lo es, y se nota que ha querido atender a todas las aristas de aquel circo de tres pistas —la parte real de los abusos, la mala fe de algunos medios y mandos policiales, los avances en protección de menores que supuso en algunos sentidos—, pero el resultado es caótico, confuso y, por momentos, tramposo.
Mortadelo y Filemón, agencia de imputación

Es curioso, pero en España, en los 90, la gente se creía moderna, tolerante, innovadora. Documentales como este, El caso Alcàsser, El Pionero o Dolores: La verdad sobre el caso Wanninkhof, demuestran que no, y hasta ficciones como Paraíso o Mañana es hoy tratan la época con condescendencia, el pecado de los jóvenes que se creen que siempre serán modernos, como los de aquel país donde lo petaban José María Aznar y Médico de Familia. Desde luego está bien recordar que mientras muchos se felicitaban porque ya eran europeos, a Javier Gurruchaga o Jesús Vázquez casi les destrozan la vida acusados de cometer un delito repugnante en un bar… que no habían pisado nunca.
Una cosa buena de Arny, historia de una infamia, es que, en mitad de toda la matraca comercial de los true crime en los que se asegura que se aportan pruebas y testimonios nunca vistos, en este caso… es verdad. Aparte de que Jesús Vázquez se quede a gusto y de que algún periodista de la época, ya inmune a represalias, describa las malas prácticas de sus antiguos jefes, se aportan las desopilantes declaraciones de alguno de los inspectores implicados en la investigación, cuyo nivel de chapuza alcanza cotas solo medibles con tebeos de Pepe Gotera y Otilio.
Sobre todo porque, insistimos, la corrupción de menores fue real y hubo condenados con penas altas, pero se implicó a cualquier homosexual mínimamente conocido por pura y simple homofobia, hasta el punto de que resultaron absueltos 32 de los 47 imputados. La prensa compró testimonios de los menores que luego se demostraron falsos (como suele ser habitual con los testimonios pagados, por otra parte) y público crónicas sobre el barrio del Arny escritas desde Madrid por gente que en su vida había pisado Sevilla. Hasta algún corresponsal de un medio nacional, para más inri homosexual, dimitió por estas causas. El balance es escandaloso e intolerable, con mucha razón desde la distancia.
Sin orden ni concierto

El problema es que, aunque se nota que los responsables de Arny, historia de una infamia han querido evitar los problemas que puede tener una historia como esta, no lo han conseguido. Por ejemplo, la protección de los menores. El caso Arny fue pionero en España porque por primera vez una jueza de instrucción ocultó los nombres de menores denunciantes durante la causa, una reclamación histórica de las asociaciones de víctimas. Se invita a una experta que participó en el caso a explicarlo, pero se introduce entre declaraciones de los afectados en las que se criminaliza a la instructora, que por muy humanamente comprensibles que sean solo sirven para que la protección de las identidades parezca un capricho.
De hecho, queda clarísimo que la investigación fue un despropósito en el que se mezclaron rencores internos de la Policía y la judicatura sevillana con los prejuicios sociales de la época, pero el proceso de la misma no se explica para nada. Si se atiende al primer episodio, casi podría concluirse que en el Arny no existió nunca la prostitución infantil, pese a que, insistimos, el dueño del local fue condenado por ello a más de 30 años de prisión.
En fin, que Arny, historia de una infamia, camina por la fina línea entre el morbo y el rigor para denunciar un grave caso de homofobia del siglo pasado… pero se despeña por la narrativa deslavazada, un montaje caótico que confunde un proceso y un linchamiento mediático que por su propia complejidad puede llevar a conclusiones, si no tan homófobas ni tóxicas como las del momento que se retrata, al menos igual de inexactas y llenas de prejuicios.

Jose A. Cano