Críticas
Código Marcos: Condiciones para un cine desde casa

Código Marcos cuenta la historia de una familia, la de la cubana Liena Cid Navia y sus dos hijos, Pablo y Marcos, a lo largo de varios años en España. Además de tener que gestionar una vida como madre migrante, Liena lidia también con el autismo de su hijo menor, Marcos, en una realidad muchas veces hostil para su realidad y condición.
Patricia Pérez Fernández (A media voz) se ha asociado con la madre de esta película, Liena Cid, para dirigir este documental hecho a partir de grabaciones domésticas de la familia a lo largo de 10 años. Las grabaciones se ordenan a partir de cómo el TEA (Trastorno del Espectro autista) de Marcos afecta a la vida familiar y a su proceso educativo, desde las dificultades individuales hasta las alegrías conjuntas.
El principal valor de Código Marcos es que consigue ser y no ser una película educativa sobre el TEA. La película recoge todo lo pequeño y anecdótico que hay que en cualquier interacción filmada desde la intimidad de un pequeño apartamento, centrada en el ecosistema particular de este núcleo, que va desde lo emotivo hasta lo estresante. Pero también, sobre todo mediante un montaje bien afilado, consigue sintetizar lo compleja que puede resultar una maternidad en estas condiciones, que si ya son difíciles en lo particular se vuelven aún más complicadas por el entorno.
Ideas domésticas

La película se centra especialmente en los pre, durante y post pandemia del COVID, que funciona como la principal referencia —además del visible crecimiento de los niños— temporal de la película, que se desarrolla en orden cronológico. La selección que han hecho Pérez Fernández y Liena Cid del material que tenían entre manos, además de cierta intuición a la hora de filmar, es de lo más interesante de una película compuesta a partir de retazos, más o menos improvisados, que buscan un orden.
Las secuencias no están colocadas ‘al tuntún’, sino que cada una de ellas expresa una idea concreta, tanto por separado como después vinculada al resto de grabaciones. De los niños son especialmente significativas los espectáculos musicales en el colegio de Marcos; en pocos segundos se entiende cómo es su proceso de adaptación a la escuela. Pero también están llenas de significado las interacciones con Pablo, aparentemente el personaje secundario de la película pero que coge mucho protagonismo por la inteligencia emocional que desprende. Todo sin que dejemos de ver a un preadolescente con sus propios procesos de madurez.
Código Marcos y las dificultades de la crianza

Pero lo que es Código Marcos, por encima de todo, es una película hecha desde la perspectiva (literal) de una madre. Desde la primera secuencia, en la que Liena cuenta en off cómo es lidiar con la falta de concentración de los niños a día de hoy, nos damos cuenta que lo que se está contando es cómo es lidiar con una crianza en estas condiciones, muchas veces desde una soledad que el contexto, ya sea por una pandemia mundial o un sistema educativo poco flexible, no solo no suaviza sino que acentúa. En ese sentido, el documental se puede acercar a La historia de Jan (2016), de Bernardo Moll.
En ese sentido, la película no puede despegarse de la mirada materna —la cámara es, a veces, el mayor condicionante «disciplinario» para los hijos— y de esta condición ontológica de cine por y para padres, lo que a veces no permite otras perspectivas que se han quedado fuera del cuadro. Con todo y quizá también en parte por esa coherencia interna, Código Marcos encuentra la forma de transmitir una sensibilidad particular que va más allá del álbum familiar, asumiendo, sin dejar de grabar, las dificultades, las contradicciones y la lucha continúa por tener una vida plena que no deje a nadie atrás.

Arturo Tena