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Reportajes

Fieles en las salas: el discreto resurgir del cine religioso en España

Las películas católicas viven un nuevo auge en nuestro país gracias a un público comprometido que les ha permitido mantener su propio ecosistema incluso en pandemia y fuera de los grandes circuitos
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El 9 de abril de 2021, con los cines cerrados en parte de España y con aforo parcial en la otra, se estrenaba un documental llamado Vivo. Recaudó 5.582 euros en cada una de las seis pantallas en las que se proyectaba, con una media de 733 espectadores en su primer fin de semana. Una afluencia de estreno de Marvel que le valió para multiplicar su distribución y acabar como el tercer documental más taquillero del año con 240.946 euros de recaudación y 37.591 espectadores. El segundo en la lista llevaba el título de Medjugorje, la película: 285.740 euros y 44.622 espectadores.

¿Qué hace que dos documentales independientes, poco conocidos y con pequeña distribución estén entre los más vistos del 2021 en cines y hasta hagan mejores números por pantalla que Venom? Es el pequeño gran éxito del nuevo cine religioso español. Ambas forman parte del boom de películas vinculadas a historias, valores y figuras abiertamente cristianas que se ha producido en la última década, especialmente desde 2017. Aunque no forman parte del mainstream cultural ni aparecen en medios o en cartelería callejera, no bajan de 10 estrenos al año y hay un público fiel que va a verlas.

Es «cine de valores» hecho en nuestro país que busca quitarse el estigma de cine propagandístico heredado del franquismo y se mueve en terrenos diferentes al llamado cine cristiano de EEUU o Italia. Aunque el documental es el género más cultivado -también por cuestiones de presupuesto- ha tocado todos los palos: drama histórico, infantil, musical o hasta la comedia. Esta es su historia.

La última cima, el documental de 2010 que abrió la puerta

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Fotograma de ‘La última cima’ (2010), de Juan Manuel Cotelo.

Alfredo Panadero forma parte de la distribuidora European Dream Factory, compañía clave en este resurgir del cine religioso en España desde su fundación en 2008 -suyos son éxitos como Medjugorje, la película, Amanece en Calcuta, Petra de San José o El misterio del Padre Pío-. Panadero pone el punto de inflexión del cine religioso contemporáneo en el estreno de La pasión de Cristo (2003), de Mel Gibson, «que demostró que un blockbuster podía tener ese tipo de contenido y reventar los cines, que había un público ahí». 

En el caso de España, añade Panadero, ese hito llegaría con el el documental La última cima (2010), de Juan Manuel Cotelo. Solo en nuestro país y con datos del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), esta película sobre el sacerdote Pablo Domínguez recaudó 804.185,15 euros y sentó en el cine a 135.957 espectadores. Panadero, que ha distribuido algunas películas de la productora de Cotelo, la Fundación Infinito+1, la considera «una película muy valiente» por «estrenar una historia sobre un sacerdote en un momento en el que la actualidad solo permitía contar casos de abusos».

El éxito del documental de Cotelo demostró que había un espacio para este tipo de películas. Desde 2010, el número de producciones estatales de valores o figuras religiosas no para de crecer, especialmente en los últimos 5 años. Ya está estabilizado un ecosistema con sus propios directores (el propio Cotelo, Pablo Moreno, Andrés Garrigó o Jose María Zavala), sus propias empresas especializadas (Infinito+1, Hakuna Films, Stellarum Films, Goya Producciones y distribuidoras con su nicho bien localizado como European Dreams, Bosco Films) y hasta un mini-Hollywood dedicado en Ciudad Rodrigo (Salamanca).

Documentales, biopics y un modelo lejos de Italia o EEUU

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Fotograma de ‘Un dios prohibido’, (2013), de Pablo Moreno

Cotelo ha conseguido hacer cine religioso tocando distintos géneros. Desde documentales como La última cima y Tierra de María (2013), una comedia pacifista y con dosis de autoparodia como El mayor regalo (2018) o un musical infantil contra el divorcio como Tengamos la fiesta en paz (2021). «Procuro no hacer dos películas iguales ni que se parezcan», explica Cotelo a Cine con Ñ. «En cuanto dos películas se parecen demasiado, para mí dejan de ser interesantes. Desde el momento en que la cinematografía de un país o de un género queda encasillada en unas formas previsibles o repetitivas, al menos para mí ya pierde todo interés».

Pero el caso de Cotelo es más excepcional, por la libertad que le daba la buena respuesta de su público -que se triplica o quintiplica si se cuenta lo conseguido en América Latina-. Aunque él haya decidido alejarse del documental, han sido las grandes taquillas de La última cima yTierra de María las que han creado realmente escuela en España. Además de los éxitos de Vivo y Medjugorje, la película, hay más ejemplos del que el documental es la estrella del cine religioso en España: relativos éxitos como los de El misterio del Padre Pío (2018), Amanece en Calcuta (2021) o Fátima, el último misterio (2017) lo demuestran.

¿Por qué se apuesta tanto por el documental? Cuestión de demanda y rentabilidad. El reclamo de este tipo de coberturas sobre conocidos temas y figuras cristianas aseguran una base de público, que se acerca a las figuras e historias religiosas que admiran y sobre las que desean profundizar. Por otro lado, es más fácil sacar un beneficio económico de ellas, aunque sea pequeño: son más baratas de producir que las películas de ficción, con un proceso de financiación más ágil y sencillo de resolver a la interna.

La otra gran corriente del cine religioso en España la marca el director Pablo Moreno, especializado en biopics como Claret (2021) y Petra de San José (2022) o dramas históricos como Red de libertad (2017) y Un dios prohibido (2013). Él aclara que no ruedan «hagiografías, para empezar porque idealizaría a los personajes, los volvería inhumanos y lejanos al público». También pide distinguirlo del «cine panfletario, que se hizo durante la dictadura y el nacionalcatolicismo» y crítica los prejuicios al respecto: «Si te damos una película de espiritualidad budista en España socialmente está bien aceptada, pero si es espiritualidad católica contando lo mismo no se percibe igual».

Así, el panorama del cine cristiano español, con sus documentales de temas variados y sus biopics históricos, tiene un reflejo en el cine polaco del mismo género, convertidos ambos países en los principales focos en Europa frente a una Italia más dada a adaptar historias bíblicas y que en los últimos años ha quedado descolgada. Alfredo Panadero cree que el «género» más identificable es el faith based, el cine cristiano de EEUU, casi siempre vinculado a las confesiones evangélicas, pero en España «no sabría decir si es un género, porque hay diferentes lenguajes audiovisuales. Existe un tipo de producciones que se podrían llamar cine cristiano y tienen un público fiel. ¿Ese público tiene un techo? No me atrevo a decirte ya que sí. Hace unos años lo habría hecho».

Un público que responde sin promoción

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‘Medjugorje, la película’ (2021), de Jesús García Colomer.

Con los datos en la mano, sí parece evidente que existe un público fiel para el cine religioso en España, que se mueve entre los 30.000 y los 60.000 espectadores, números nada desdeñables y superiores a películas a priori con más proyección comercial. Para hacerse una idea, en 2019, último año de recaudación prepandemia, no llegaron a esas cifras de espectadores títulos como El crack cero, de José Luis Garci, la ganadora de un Goya La hija de un ladrón o la mismísima El hoyo, que luego se convirtió en un fenómeno internacional en Netflix.

«Nuestro público sabe que si va el primer fin de semana la película tiene más oportunidades de seguir en cartel», explica Lucía Gonzalez-Barandiaran, fundadora de Bosco Films. «Es un público que espera este tipo de cine y va aunque se proyecte en una sola sesión a las cuatro de la tarde, y que funciona por el boca a oreja. Eso explica que sean películas con un suelo de espectadores». La distribuidora, que empezó a trabajar a finales de 2021 en América Latina, celebra como Vivo, con el que empezaba este reportaje, ha logrado entrar en los Top 10 de taquilla de países como México y Colombia.

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Las 10 películas de cine religioso más taquilleras en España desde 2010. Fuente: ICAA. Elaboración propia

Jesús García Colomer, director de Medjugorje, la película, coincide en la idea del boca oreja y de un público “que está esperando este tipo de cine”. Sobre todo porque su principal limitación, como el de toda producción pequeña, es “la promoción. Si tienes poco presupuesto, te lo gastas en que la película está bien hecha. Y lo que sobra, que es menos, ya va a promo. Al final eso es una dificultad añadida”.

En su caso, García Colomer admite que le ha beneficiado la aparición de una figura tan conocida como Tamara Falcó, que visitó el santuario mariano en que se enmarca el filme y habló del documental en sus redes. La participación de personajes conocidos para la promoción de estas películas, es ocasional pero no excepcional: cuando se estrenó Vivo, el popularísimo creador de contenido Nachter, especializado en humor blanco en redes sociales, también la recomendó.

En este sentido quizás títulos como Medjugorge, la película, no están tan lejos de otros documentales o producciones «de nicho» y con escasa distribución y promoción, que llamaron la atención por sus números en medio de las restricciones entre 2020 y 2021. Por ejemplo, en septiembre de 2020 El Drogas, el documental de Natxo Leuza sobre Enrique Villarreal ‘El Drogas’, fue el mejor estreno absoluto por salas con 897 euros de media lanzándose solo en 16 cines. Salvando las evidentes distancias entre una temática y otra, ambos tienen en común un público fiel que se informa sobre el tipo de contenidos que demanda y es capaz de hacerlos rentables a pesar de su escasa o nula promoción en medios.

Porque hablamos de películas de eco mediático casi nulo, incluyendo a la prensa especializada, y cuyos premios suelen ser «de nicho», como los Mirabile Dictu, llamados «los Óscar del Vaticano». El mayor reconocimiento recibido por Medjugorje, la película ha sido la nominación en la categoría de Mejor Documental en las Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos, un premio que en 2010 ganó La última cima. Como mucho los titulares llegan cuando se producen «asaltos» al Top10 como el de Vivo o éxitos internacionales como el de Tierra de María, con cifras imposibles de ignorar. Por el resto, sobreviven de espaldas a los medios.

El dinero: crowdfunding, pocas productoras y órdenes religiosas

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Fotograma de ‘Claret’ (2021), de Pablo Moreno.

De nuevo Juan Manuel Cotelo comenta que a la hora de financiar o promocionar sus producciones de inspiración religiosa tiene «las mismas dificultades que para financiar cualquier película. Todas las películas, sin excepción, suponen una apuesta fuerte, de riesgo, para cualquier productor. Quien espere que resulte fácil, que se retire antes de empezar». El cineasta que mejores cifras hace con este tipo de películas en España prefiere no darle mucha importancia al nicho: «El cine religioso no es algo nuevo, ni limitado a un público pequeño, como lo demuestran películas como Ben Hur, Un hombre para la eternidad, La misión, De dioses y hombres, La Pasión y una larga lista de títulos religiosos de enorme éxito, en todo el mundo».

Ante las preguntas de este medio sobre la financiación, Pablo Moreno explica a Cine con Ñ que el cine religioso en España tiene dos vías de financiación: el crowdfunding o el encargo. La más habitual para él es la segunda, que resume como «una congregación religiosa que quiere hacer una comunicación institucional, como llevan haciéndolo por distintos medios desde que existen, sea un retablo o un libro, solo que en este caso una película». Aunque no se detallan las relaciones económicas exactas, las congregaciones vinculadas a la Iglesia católica española consiguen sacar adelante este tipo de proyectos audiovisuales.

En sus estudios de Ciudad Rodrigo, el ‘miniHollywood’ del cine cristiano en España, Moreno ha dirigido sobre todo dramas históricos, contando con un pequeño star system que incluye a actrices como Assumpta Serna, habitual secundaria de sus películas, o Elena Furiase. El cineasta, que también dirige el mencionado Festival Internacional de Cine Educativo y Espiritual, donde programa películas de todas las confesiones, tanto cristianas como judías, musulmanas o budistas, cree que las órdenes católicas «se están dando cuenta 100 años más tarde que nuestros hermanos protestantes de EEUU de la herramienta que es el cine, dirigiéndose a un público amplio que no tiene que ser creyente. Es una forma de decir ‘formamos parte de este mundo, queremos que nos conozcáis'».

En cuanto al crowdfunding, fue por ejemplo la principal vía de Medjugorje y del anterior documental de su director, Hospitalarios: Las manos de la virgen, así como el respaldo habitual de las producciones de Juan Manuel Cotelo a través de la Fundación Infinito+1, que tiene presencia en más de 35 países. Obviamente no es una opción rara en producciones pequeñas, pero la facilidad con la que suelen alcanzar objetivos en su caso da una idea del compromiso de su público. Luego está el pulmón de las propias productoras, normalmente escaso, como pueda ser el caso de Hakuna Films, responsable de Vivo y con vínculos con el Opus Dei.

Pasado y futuro del cine religioso en España

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Fotograma de ‘Marcelino, pan y vino’ (1954), de Ladislao Vajda

Una de las razones del resurgir del cine religioso en España tiene que ver con un cierto cambio en cómo se perciben estas películas, vinculadas por varias generaciones al cine oficial del franquismo. García Colomer identifica un «hastío» del público hacia «un cine religioso que ya no existe, que se identifica con la propaganda nacional-católica. Yo nací en 1977 y no viví la dictadura, como la mayoría de directores que en los últimos años nos hemos quitado los complejos».

Lo cierto es que el cine religioso nacional-católico de la España de Franco no tuvo su «surgimiento» hasta mediados de los 40. Hasta entonces el aparato cultural del Régimen había estado disputándose con la Falange, que era más proclive a las películas de valores militares. Ricardo Colmenero, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, ha dedicado varios artículos al cine religioso en España durante la dictadura y a su relación con otras cinematografías similares, como las de Francia, Italia o los mismos EEUU. 

Colmenero considera el periodo 1946-1959 como la «edad dorada» del cine católico en la España franquista, durante el cual este tipo de cine demostró una fuerza comercial y una presencia internacional que, en parte, desmienten la imagen de cinematografía aislada que se daba del cine español de entonces. La señora de Fátima (1951), de Rafael Gil, se llegó a proyectar en el Congreso Internacional de Apostolado Seglar en Roma y se consiguieron grandes éxitos internacionales, tanto de crítica como de público, como La guerra de Dios (1953), también de Gil, o Marcelino pan y vino (1954), de Ladislao Vajda.

España no dejó de estar presente, incluso en los momentos más duro de la autarquía, de las instituciones mundiales del cine católico, aunque se integró tardíamente en la Oficina Católica Internacional del Cine, que existió entre 1928 y 2001 e influyó decisivamente en el cine cristiano europeo de los 60. En nuestro país, eso sí, al contrario que en otros de mayoría protestante, la Iglesia católica actúa más como asesora (o censora) que como promotora de contenidos, aunque existirían compañías vinculadas al Opus Dei (Filmayer) o Acción Católica (Estela Films).

A partir de ahí, Colmenero subraya las particularidades del cine cristiano español: más vidas de santos o historias ejemplares ambientadas en la actualidad y menos contenido bíblico, sobre todo por la falta de presupuesto -esto es difícil negar que se mantiene- pero también por el contenido erótico que solía darse a estas últimas fuera de nuestras fronteras. Según recoge el propio autor en ‘La Iglesia católica y el cine en el Franquismo‘, las películas más exitosas de la etapa (calculadas por número de semanas en sala) serán Marcelino pan y vino (1954), con 145 semanas; Pequeñeces (1950), de Juan de Orduña, con 107 semanas, y Molokai, la isla maldita (1959), de Luis Lucía, con 105 semanas.

Pocos elementos comparables existen entre aquel cine de los 50-60 y el actual, más allá de los mensajes cristianos y una inspiración y ciertos temas en común. Sí se mantiene, curiosamente, la huida del contenido estrictamente bíblico -el más habitual en el cine cristiano de EEUU, por ejemplo- y el diálogo estrecho, aunque no sea mediático, con otras cinematografías similares (por ejemplo, actualmente la de un país muy vinculado al cristianismo como Polonia). Cotelo y Moreno son habituales en los mencionados premios Mirabile Dictu, sacando músculo de su potencial internacional en otros países cristianos.

Pero la principal diferencia, quizás, más allá de la irrupción del documental y el repaso histórico-biográfico como subgéneros dominantes, está en el impacto y los presupuestos. Para su momento, tanto Marcelino, pan y vino como grandes títulos internacionales como Ben-Hur o La Historia Más Grande Jamás Contada fueron grandes superproducciones apoyadas por grandes poderes económicos e institucionales capaces de copar la taquilla y las portadas de las revistas como ahora lo hacen Spiderman o Batman. Ahora nadie duda de la rentabilidad de La última cima o Petra San José, pero será difícil que lleguen al público más mainstream como lo hicieron entonces aquellas.

Aun así, el cine religioso en España sigue produciendo: estas semanas ya han llegado a los cines títulos como los documentales Corazón de padre, de Andrés Garrigó, que en su primer fin de semana, el pasado 18 de marzo, hizo unos aceptables 29.131 euros y 4.032 espectadores, o Parasceve, retrato de una Semana Santa, de Hilario Abad, que tras un mes acumula 38.884 euros y 6.397 espectadores, además de Los Negros, de Antonio Palacios, sobre la popular hermandad de la Semana Santa Sevilla, sin datos al cierre de este reportaje. El 22 de abril llegará El beso de Dios, de Pietro Ditano, documental sobre la misa.

Películas rentables por esa mezcla de presupuestos ajustados y un público suficiente, aunque lejos de ser mayoritario. Su condena, quizás, es que en el pecado lleva la penitencia: su propia supervivencia por la vía del nicho limita sus posibilidades y las arrincona en su «zona de confort» del proselitismo garantizado, una pequeña burbuja cinematográfica cuyo destino es la irrelevancia.

Imagen de portada: Fotograma de Petra de San José (2021), de Pablo Moreno.

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