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Vida y cine: un Berlanga sin trampas

En su libro ‘Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente’, Miguel Ángel Villena realiza un trabajo alejado de la mitomanía y la idealización del personaje que acaba por hacer incluso más valiosa la figura del Berlanga cineasta

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Dentro de la constante sorpresa y sobresalto que estamos viviendo durante los últimos –muchos- meses resulta tranquilizador comprobar que el Año Berlanga se ha celebrado dentro de lo que cabría esperar: ciclos, exposiciones, homenajes, apertura de la caja secreta que dejó en el Instituto Cervantes… y publicación de biografías y libros especializados, como Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente, de Miguel Ángel Villena, periodista de larga trayectoria autor también de biografías sobre Ana Belén, Victoria Kent y Manuel Azaña. 

Publicado por la editorial Tusquets y ganador del premio Comillas, el periodista hace un exhaustivo recorrido por la vida y la obra del director valenciano, utilizando multitud de testimonios y narrando en paralelo la historia de España (¿existe otra manera de hablar sobre cine, español o de dónde sea?). Villena, también valenciano y por lo tanto con experiencia directa del lugar y las costumbres entre las que creció el director y que naturalmente influyeron en su personalidad y en consecuencia en su obra, realiza un trabajo alejado de la mitomanía y la idealización del personaje que acaba por hacer incluso más valiosa la figura del Berlanga cineasta. 

El libro está dividido en dieciséis capítulos a través de los cuales se presenta toda la obra de Berlanga, tanto la acabada como la que no llegó a ver a luz, tanto la cinematográfica y de proyectos televisivos, pero también otras cuestiones como la creación de la Academia de Cine, los estudios de Ciudad de la Luz de Alicante y la colección de literatura erótica Sonrisa vertical, en los que Berlanga se involucró muy activamente. Villena construye su libro a partir de dos líneas fundamentales: la cronología personal del director, con la historia de España como telón de fondo, y el retrato de la persona, como decíamos, sin caer en la mitomanía (con sus luces y sombras, que se suele decir). 

El señorito José Luis y el pobre hombre Berlanga 

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Retrato de Luis García Berlanga de niño. Foto: Colección García Berlanga (Berlanga Film Museum)

El autor empieza su recorrido, como no podía ser de otra manera, por el principio: la infancia. Luis García Berlanga fue el hermano pequeño de una familia de cuatro hermanos. Los Berlanga Martí eran una familia «bien», de dinero. El padre se dedicó a la política, militando en el partido liberal, lo que hizo que no tuviera mucha relación con su hijo, mientras que su madre, mucho más presente en la infancia del director, venía de la familia Martí, propietaria de Postre Martí, uno de los establecimientos de repostería más reputados de Valencia.  

Berlanga vivió una infancia y adolescencia tranquila y acomodada, lo que le permitió ir cultivando su curiosidad y su pasión e interés por el cine. Sin embargo, la Historia con mayúscula se cruzó en su vida con dureza, y acabó yendo al frente de Teruel en la Guerra Civil y participando en la División Azul acabada la guerra, en este último caso con el objetivo de salvar al padre, que había sido detenido por su pasado político. 

Más allá de los datos biográficos, conocidos y rastreables en mil sitios más, lo más valioso del libro es la descripción que hace el autor de Berlanga. Cómo explica sus costumbres de niño burgués, de señorito, hasta el punto de tener una criada en su casa cuando se muda a Madrid a estudiar en la escuela de cine y, como veremos, cómo estos orígenes acomodados influyeron en su forma de relacionarse con las mujeres, especialmente en su juventud

Y también es interesante ver cómo al Berlanga señorito lo sustituye con el tiempo el, podríamos decir, Berlanga pobre hombre. Su vida, y esto no sorprende ya que se aprecia en el fondo de todas sus películas, está marcada por una amargura de fondo y una sensación de insatisfacción y derrota. Esto se ve en su vida profesional, llena de proyectos que o directamente no llegaron a realizarse o sufrieron decisivas modificaciones por parte de la censura (aquí el mejor ejemplo sería Los jueves, milagro, en la que el propio director llegó a sugerir, por supuesto con mala leche, que el censor debería haber figurado como guionista considerando la importante influencia que tuvo en el resultado final); proyectos que no solo eran películas o series, sino también destinados a mejorar la infraestructura industrial del cine español, con intentos tan separados en el tiempo como las Conversaciones de Salamanca del 1955 y la construcción de los estudios de la Ciudad de la Luz (por suerte Berlanga no llegó a ver en vida el desastre en el que acabó desembocando).

La derrota también se ve en su vida personal, desde sus frustrados deseos de seductor durante su juventud hasta la tragedia familiar que supuso la muerte de su hijo Carlos, un suceso decisivo en la fase final de su vida que Villena narra con buen gusto, sin excederse. El autor consigue reflejar muy bien esta dimensión de Berlanga, constantemente presente en su vida y en su trabajo. Y, como decíamos al principio, este ejercicio de humanización no hace sino hacer incluso más atractiva la figura de Berlanga. Era una persona más, pero una con especial talento y mala leche para describir no ya a un país, que también, sino a la propia especie humana

Berlanga y las mujeres en Berlanga. Vida y cine de un cineasta irrevente

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Luis García Berlanga y su mujer, María Jesús Manrique, en su viaje de novios. Foto: Colección García Berlanga (Berlanga Film Museum)

Es de sobra conocida la importancia de las mujeres en la vida y obra de Berlanga. Sin embargo, es más complicado definirla: ¿admiración? ¿Miedo, como él mismo dijo? Evidentemente hay deseo, pero no un mero deseo físico sino uno mucho más complejo y cargado de simbolismos que seguramente ni él mismo podría explicar bien. 

Villena se detiene en diferentes puntos a contar cómo era su relación con las mujeres: desde la crianza con su madre a la relación su mujer, que en cierto sentido acabó ocupando su espacio y le entregaba una cantidad de dinero semanal para sus gastos, como a un niño grande. Y también sus aventuras de conquistador, enmarcándolas en las formas sociales de la clase alta de la época: romances y seducción con mujeres de buenas familias y visitas a los burdeles. 

La referencia principal en esta cuestión es el discurso de Josefina Molina Misoginia y feminismo en el cine de Berlanga, que la directora, que había sido alumna de Berlanga en la Escuela Oficial de Cinematografía, leyó con motivo de su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Además de numerosas citas del discurso y otros testimonios sobre el tema, Villena dedica también un buen espacio al conocido gusto por el erotismo de Berlanga, tanto hablando de su ingente colección privada como de diferentes proyectos relacionados (la colección de literatura erótica Sonrisa vertical, dentro de la editorial Tusquets, que además otorgó un premio anual desde 1979 hasta 2004, y el programa de contenido erótico de Radio Nacional de España que inició a mediados de los 80).  

El cronista de España 

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Luis García Berlanga en el rodaje de ‘Nacional III’. en Biarritz. Foto: Colección Sol Carnicero (Berlanga Film Museum)

No es casualidad que ante cualquier noticia rara o extravagante se nos venga a la cabeza el nombre de Berlanga (normalmente acompañado, como es de justicia, por el de Rafael Azcona). El director valenciano ha sido seguramente el mejor cronista del siglo XX español, desde sus primeros años (Novio a la vista) hasta la llegada del nuevo milenio (París-Tumbuctú y su profético cartel final), pasando por supuesto por la Guerra Civil (La vaquilla), el franquismo (aquí se sitúan gran parte de sus películas, incluyendo las más conocidas como Bienvenido, Mr. Marshall, El verdugo y Plácido), la cada vez más difícilmente definible como modélica Transición (algo que el director vio en el mismo momento y reflejó en la trilogía nacional) así como la definitiva modernización de España en los 80 y 90 que sin embargo mantuvo muchas de las miserias anteriores, especialmente en lo moral (que vemos en películas como Moros y cristianos y Todos a la cárcel).  

Y a la vez, la obra de Berlanga no habla solo de España sino de toda la humanidad. Pese a que sus característicos planos secuencia resulten difíciles de apreciar más allá de lo técnico por quien no entiende el español por la cantidad de voces que se sobreponen unas a otras, la dimensión humana de sus personajes es plenamente reconocible. Berlanga mira con cariño a todas sus creaciones, sabiendo que a pesar de la repugnancia que puedan generar en una primera toma de contacto es la misma que todos llevamos dentro. Sus personajes la exageran, él los ridiculiza, los hace fracasar, pero termina por quererlos y darles afecto. Es la dignidad de los derrotados que él mismo llevó a cuestas toda su vida y que le acompaña en su indiscutible puesto en el panteón de los grandes genios del cine. 

Y esta dimensión, esta amargura e insatisfacción constantes dentro de lo que fue en muchos aspectos una muy buena vida, y eso Berlanga lo sabía perfectamente, lo refleja a la perfección Villena a través de episodios o numerosos testimonios de gente que lo conocía y que trabajó con él. Una biografía equilibrada y completa, donde la admiración no prevalece sobre el rigor. Normal. Berlanga no necesita trampas para impresionar. 

Imágen de portada: Luis García Berlanga en su viaje a Hollywood por la nominación a los Óscar de Plácido (1963) – Colección Luis García Berlanga (Berlanga Film Museum)

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