Críticas | FICX 2025
‘Al oeste, en Zapata’: el retrato de una familia cubana abandonada a la suerte de los caimanes

La ópera prima de David Bim, Al oeste, en Zapata, grabada en solitario en 2021 debido a las restricciones del virus del Covid-19, es una radiografía humanista, cruenta en ocasiones y tierna en otras, sobre una Cuba que parece olvidarse de quienes la habitan. Ahora se estrena en el Festival de Gijón (FICX) tras su Mención Especial del Jurado y el Premio FIPRESCI en el Visions du Réel.
Dividida en dos partes, la primera está dedicada a Landi, un hombre que en las ciénagas de Zapata caza caimanes en completa soledad, y la segunda, a Mercedes, su mujer que cuida a su hijo en un pueblo alejado de cualquier centro urbano; ambas pintan un retrato en el que lo más importante es el acto de supervivencia, desde la violencia directa de los caimanes hasta el abandono gubernamental que empuja a la pobreza y al hambre.
Solo una primera escena, en la que la cámara sigue por la espalda a Landi cargando un cocodrilo por la ciénaga hasta llegar a su campamento provisional define el resto del tono de la película: la sencillez de su potencia visual que recae en el claroscuro de su fotografía en blanco y negro, y la capacidad de la película para hacer tangible la ausencia y el vacío, que nunca se señala directamente pero que rodea a sus sujetos.
Al oeste, en Zapata, una historia no contada de Cuba

Durante la primera parte en la que la película no se separa de Landi, no hay más palabras que las que salen de la radio. Aquellas que repasan las cifras de afectados por el virus y que llaman a la unión social y revolución cubana. El contraste es con el pleno silencio que rodea a Landi, cuyos únicos sonidos nacen de sus acciones, caminar, comer, cazar o despellejar a los animales.
Se contrasta así las narrativas políticas y sociales, pero que en la película quedan reducidas a discursos y ruedas de prensa televisadas, con la vida cíclica de Landi y su familia, que un momento volverá a casa con Mercedes y su hijo, juntándose así ambas partes, pero que volverá a marcharse al final de la película.
Para contraponer lo personal a los discursos públicos, David Bim hace uso de los planos generales que enfrentan las ciénegas de naturaleza salvaje con la supuesta insignificancia de Landi, contraído sobre sí mismo, en el centro del plano, siempre en movimiento abriéndose paso en el agua o en la maleza. Pero en vez de abordar la película desde el componente antropológico, y reducirlo al mítico conflicto entre hombre y naturaleza, también es capaz de recrearse en la belleza, por ejemplo en un plano de él tumbado en en la barca rodeado de nenúfares. Zapata, como lugar, no es un espacio de tensión. La ausencia y violencia quedan fuera de plano.
La pequeña revolución

Los primeros planos de los rostros de Landi o Mercedes, repletos de arrugas y sombras, llevan el peso del hambre, abandono y agotamiento. Y son en gran parte lo que recuerdan que la propia película es una forma de crear Historia. Durante la escena en la que se asiste a la caza del caimán, Landi falla y le dirige una mirada a la cámara desvelando el artificio de la observación distanciada, e interrogando el acto de grabar como una forma de capturar la verdad.
La segunda parte de Al oeste, en Zapata redefine la supervivencia. Mercedes canta a su hijo, Landi juega con él en la playa, susurran mientras duermen, se cuidan el uno al otro. De las imágenes majestuosas e impresionantes que protagonizan la primera parte, se pasa a recrearse en los detalles, dando como resultado un retrato más humilde, aunque igual de honesto, y sin regocijarse en posibles miserias.
La tensión de la película no reside en la crueldad de Landi al capturar el caimán. Es una película tensa porque sabe señalar los orígenes de una ausencia que está implícita, la ausencia de esa verdadera revolución que la radio no para de repetir y que es solo un recuerdo. Al oeste, en Zapata es una prometedora primera película de David Bim que aúna a la perfección los relatos personales y políticos, desvelando humanidad en la naturaleza, en los cuidados y gestos.

Ana Jiménez Pita