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Críticas

Aída y vuelta: Réquiem por una ‘sitcom’ imposible

La película de 'Aída' sale airosa del juego meta y convierte la nostalgia televisiva en una comedia autoconsciente, divertida y sorprendentemente lúcida sobre su propio éxito
Crítica de 'Aída y vuelta', película de 'Aída' dirigida por Paco León

Aída y vuelta imagina un pasado que nunca ocurrió: la serie Aída, una de las sit-coms más populares de la televisión española del siglo XXI, no terminó en 2014 como realmente sucedió. Estamos en el año 2018 y la serie sigue emitiéndose. Carmen Machi incluida, que ha vuelto al papel que la catapultó a la fama. Con el final de temporada en camino, Carmen toma la decisión de dejar Aída de una vez por todas. Pero desde la productora no se lo van a poner nada fácil.

La película de Aída ya está aquí, y no es como muchos se la habían imaginado. Paco León, con Fer Pérez al guión —un tándem de escritura nacido precisamente en Esperanza Sur—, ha planteado una historia entre bambalinas en la que el reparto de la serie se interpreta a sí mismo. Un planteamiento meta que busca hacer confluir la comedia directa de la original y un dispositivo autorreflexivo por debajo, asociado a las contradicciones reales de su éxito, que justifique su regreso más allá de la nostalgia. Y para una pantalla de cine.

Como se ha convenido con otras series de aquellos años (Física o química, Los Serrano, Los Protegidos…), León y compañía podrían haber hecho un reencuentro o un regreso tal cual de la serie (aunque al final también lo han hecho), y a nadie le habría parecido raro. Es la estrategia habitual. Pero el reparto, que tiene la particularidad de contar con un director y guionista inquieto como Paco León, ha decidido hacer este doble tirabuzón, la única vía que han encontrado para volver al universo de Aída de forma genuina. Y resulta que les ha salido bien.

El ala oeste de la comedia

<strong>Aída y vuelta</strong>: Réquiem por una 'sitcom' imposible 1
©Jorge Fuembuena

Aída y vuelta retrata las entrañas de la sitcom clásica (en plató y multicámara, con decorados fijos, risas y hasta público —peculiaridad que le venía como herencia de 7 vidas—) a la que remitía Aída, especialmente en sus inicios. Una forma de hacer series de comedia en España, copiada del modelo estadounidense, que vivió su auge en los años 90 y principios 2000 y que paulatinamente ha ido desapareciendo de nuestras pantallas —a día de hoy, solo mantiene parte de su esencia La que se avecina, que a su vez se rehace en otra referencia más moderna como Aquí no hay quien viva—.

La película deja a las claras el modelo improvisado y ‘a matacaballo’, persiguiendo el capítulo semanal, de unas producciones que exprimían al máximo a unos equipos esclavos de su propio éxito en la batalla encarnizada entre las televisiones privadas. Y también las de series con audiencias televisivas millonarias, que provocaban una fama que a día de hoy no existe, por lo menos en términos tan generalistas y transversales. En ese sentido, Aída y vuelta describe con bastante mala baba y tino una realidad mediática generalizada (y si no leed cómo era el detrás de las cámaras de Aquí no hay quien viva).

Lo que han hecho León y Pérez es plantear que ese mundo, cambiado de arriba y abajo por la aparición y el auge de las plataformas de streaming (a las que se menciona pero no se retrata —comprensible pero el punto más «cobarde» de una película valiente—), se haya estirado unos años más. La película transmite bien la sensación agónica sobre este ecosistema mediático, añadiéndole una pátina de ansiedad colectiva que se ha salpimentado con pequeñas pinceladas y guiños a la realidad política y social de un pasado próximo como es el del año 2018.

Todo esto está descrito y experimentado en un ‘detrás de’ creíble en su frenetismo, hecho a partir de planos secuencia entre paredes oscuras, pasillos grises y técnicos que corren, lloran y esconden botellas de alcohol. El alarde técnico funciona: el ritmo de los actores va como el reloj que siempre fue la serie, añadiéndole una capa de verosimilitud, y los homenajes al cine de «rodaje de rodajes» son orgánicos y tienen una razón de ser de fondo que evitan que todo caiga en un ensimismado «qué duro es ser rico y famoso». De hecho, la disección es tan precisa que a veces recuerda más al ritmo verborreico de El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) que al directamente referenciado Cassavetes de Noche de estreno (1977),

De qué nos reímos en Aída y vuelta

<strong>Aída y vuelta</strong>: Réquiem por una 'sitcom' imposible 2
©Jorge Fuembuena

En este diagnóstico mediático se inserta la manera de entender la comedia de Aída y vuelta, que es otro de sus aciertos. Primero porque asume con naturalidad que el humor mainstream va cambiando con nuestras conciencias. Todos participamos de lo que la sociedad decide qué es y qué no es material de risa. Y segundo porque su respuesta a ese cambio no es hacer suya la queja victimizante de «es que ya no se puede decir nada» sino abrir el espacio a que, por lo menos, nos replanteemos quién lo hace, desde dónde lo hace y de qué manera.

La película te dice abiertamente que la gracia está más en el contexto que en el chiste en sí y, sobre todo, en reírse de uno mismo más que de los demás. A alguien le hará mucha gracia un chiste sobre lenguaje inclusivo y a otros les indignará, pero si al final al que ridiculiza al personaje que lo está usando mal en la ficción que has creado y no a las personas que de verdad lo usan, será aceptable. Eso, por suerte, no se confunde con un relativismo absoluto: una agresión sexual, por mucho que se presente como una «broma», es una agresión sexual. Aquí está la verdadera respuesta de León y Pérez a la polémica de la somnofilia de Kiki, el amor se hace (2016).

En Aída y vuelta vemos que hay una intención, real y no cínica como de costumbre, de desbordar ese debate cansino de los límites del humor e incorporar al discurso que estamos en un mundo que es sano que se revise. Se pueden buscar formas nuevas de hacernos reír más que enfurruñarse por las que ya no nos hacen gracia. Y si nada nos vale, siempre se puede recurrir al humor físico de toda la vida, como hace la propia película.

Sumergidos en una cultura digital hiperconectada y fragmentada, que solo apela a sentidos comunes si fetichiza el pasado para devolvérnoslo regurgitado y anestesiado, la pirueta de la película de Aída es, probablemente, la mejor que podía ser. Un homenaje y una crítica a la vez que resulta divertida e inteligente. Tiene el punto justo entre profundidad y ligereza que deberían de satisfacer a los que quisieron la serie pero también a los que nunca la soportaron.


Dónde ver

Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.