Críticas
Ella en mil pedazos: Desmemoria del subsuelo

Stills de 'Ella en mil pedazos'. Montaje: ©Cine con Ñ
Ella en mil pedazos arranca con la llegada de una joven psicóloga, Nuria, a un centro de salud mental para seguir con sus investigaciones. Allí se le asigna el extraño caso de una mujer que sufre graves crisis y paranoias, intercaladas con momentos de lucidez y comportamiento funcional. Mientras empieza a tratarla, se irá encontrando con dificultades desde la dirección del centro, no del todo convencida de sus métodos para curarla.
Ramón Luque, que en 2020 había llevado a la pantalla los textos de Shakespeare en Rosalinda (2020), regresa con un nuevo largometraje, un intenso drama psicológico ambientado en una clínica psiquiátrica. La idea es meterse de lleno en un juego de espejos entre doctora y paciente, mientras se van desentrañando las causas y los efectos de una enfermedad mental severa.
Ella en mil pedazos es una película voluntariosa, sobre todo si se tiene en cuenta que es de bajo presupuesto, pero en el fondo deslavazada y demasiado endeble en su composición general. Luque no consigue articular su historia y sus personajes, perdidos en una hiperexplícito expresionismo que no solo preanuncia demasiado su esperable giro de guión sino que hace inconexo y plano el conjunto.
La forma de Ella en mil pedazos

Hay ahínco por construir una atmósfera particular y darle una cierta dimensión psicológica enrarecida a la película. Hay destellos de calidad en la composición y la puesta en escena y también en algún primerísimo plano que consigue Iván Sánchez desde una fotografía que busca siempre los ángulos y encerrar ahí a los personajes. Ayuda a darle cuerpo también la música original de Antonio Meliveo, bregado en mil batallas.
Pero, pese a esos esfuerzos, la forma le acaba jugando en contra a Ella en mil pedazos. Primero porque despliega una gramática audiovisual demasiado presente para un relato que pedía una cierta mesura, sobre todo de cara a salvaguardar las cartas de un argumento que acaba siendo fundamental. Y segundo porque, en su empeño por el artificio, no consigue empastarse con naturalidad entre plano y plano, lo que dificulta muchísimo entrar en su lenguaje.
El fondo de la película

Tema aparte es el guión de la película, que está rellenado por una serie de motivos y lugares comunes insalvables (el origen de los traumas, el contenido de los flashbacks, la secuencia final con mirada a cámara…) y, sobre todo, por atajos argumentales demasiado planos y repetitivos. Más allá de las inconsistencias de lógica interna, que no solo se pueden justificar desde la enfermedad mental y la distorsión de la realidad, la película no está a la altura a la hora de dialogar ni de desarrollar dramáticamente una escena.
El giro final, aunque muy poco original y fácil de adivinar desde la primera secuencia—ahí se ve la influencia de películas como Los renglones torcidos de dios (2022), Shutter Island (2010) y un largo etcétera de películas ambientadas en centros psiquiátricos—, quiere encauzar un poco la crítica a la medicalización de la salud mental y los tropos de la psicología del autoengaño (leen a Dostoievski, por si no nos habíamos dado cuenta). Aún así, todo esos temas son justificaciones intelectuales y a posteriori de una película que, por mucho que le de vueltas a los planos y los objetivos de cámara, no funciona ni en fondo ni en forma.

Arturo Tena