Críticas
Historias del buen valle: El gran regreso de Guerín para una poética de la resistencia

Stills de 'Historias del buen valle'. ©Los Ilusos Films. Montaje: ©Cine con Ñ
El valle de Historias del buen valle es Vallbona, un barrio obrero de la periferia de Barcelona. Un río, las vías del tren y la autopista lo mantienen separado del resto de la ciudad. En el barrio conviven los primeros pobladores de la zona, migrantes del sur de España que construyeron las primeras chabolas en la posguerra, y las nuevas migraciones extranjeras, que se asientan buscando aquí un futuro. Juntos comparten su vida mientras expresan sus deseos, sus anhelos y su inquietud ante un espacio ahora amenazado.
José Luis Guerín vuelve al cine en largo diez años después de La academia de las musas (2015). Y qué vuelta. Historias del buen valle es un maravilloso regreso a las esencias humanistas y comunitarias del cine documental creativo de Guerín de los tiempos de En construcción (2001). Vallbona es un nuevo «paraíso perdido» del paisaje, un lugar suspendido en el tiempo, pero sobre el que Guerín no rehuye conflictos del presente como el problema de la vivienda y la desaparición de los barrios con vida propia.
Historias del buen valle: de Torre Baró a Vallbona

Curiosamente, Vallbona está justo al otro lado de la carretera de Torre Barró, el barrio que saltó al cine también en la ganadora del Goya El 47 (2024). Es interesante comparar ambos trabajos, que hablan de cosas parecidas pero de forma muy distinta, utilizando el cine prácticamente desde lados opuestos de la misma trinchera.
Si El 47 personifica en la historia de un individuo-héroe, filtrada por las nociones del cine comercial, un cierto espíritu de lucha política colectiva de la época, Guerín encuentra una poética de la resistencia del presente que solo se puede entender desde lo comunitario. Historias del buen valle pasa de una realidad concreta a otra, de una persona a otra, pero el sentido de lo que nos dice cada una de ellas solo se puede entender en relación con los demás.
La película se adentra en la filosofía de vida de los habitantes de Vallbona. Guerín los filma con ánimo de descubrimiento, captando sus ideas y emociones, pero siempre desde un cariño profundo. Tanto que a ratos parece que estamos entre los habitantes de un pueblo de una película de John Ford —al que Guerín ya dedicó Innisfree (1999)—, conectados al entorno (varios de ellos hablan con las plantas) de una forma casi holística.
Un cruce de caminos

Con esta idea, la película también abraza el cruce de caminos que es Vallbona. Aquí, entre río y vías del tren, entre el antiguo migrante interno y el nuevo que viene de fuera, se abrazan lo urbano y rural. Mientras Guerín va dibujando esta geografía de frontera, va cruzando también halos cinematográficos: el documental de entrevista para presentar a los personajes, el impresionismo a la orilla del río a lo Jean Renoir, el wéstern fordiano del horizonte… todo cabe si la guía son las personas.
En el último tercio de la película —en el que quizá se repiten algunos motivos que podrían haberse condensado en menos metraje—, aparece un problema muy real para el barrio: las obras ferroviarias. Aunque Guerín las percibe como una amenaza desde las ventanas de los edificios, Historias del buen valle se reserva siempre una cierta esperanza. Gran película.
Dónde ver


Arturo Tena