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Críticas

Escape: Una puerta solo de entrada

Rodrigo Cortés orquesta una kamikaze espiral de humor negro y autodestrucción que exige el disfrute cómplice del espectador
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Escape nos mete de lleno en la realidad de N. (Mario Casas), un hombre con problemas de salud mental que ha decidido que la única manera de no tener que tomar decisiones y estar al refugio de una realidad con la que no puede lidiar es entrar en la cárcel, un lugar en el que no tendrá tantas opciones. Pero su misión de cometer delitos para entrar en prisión no será tan fácil como él se piensa.

Rodrigo Cortés (Buried, El amor en su lugar) presenta su película más ambiciosa en español con esta «Fuga de Alcatraz (1979) al revés» basada en la novela homónima de Enrique Rubio, escritor con síndrome de Asperger y un trastorno obsesivo compulsivo como el que tiene el personaje de Casas. Un relato en primera persona que Cortés ha convertido en una espiral frenética de autodestrucción y humor negro que recuerda al sentido del humor de su ópera prima, Concursante (2007).

Escape es una película difícil de catalogar (lo cual habla bien de ella), que se tira de cabeza a no darle mucha o más bien ninguna gravedad a contar la misión suicida de un enfermo mental. Como, desde el principio y durante toda la película, Cortés le quita cualquier tensión ética o contexto moral al hecho de hacer comedia con esto, lo único que queda es aceptar su dimensión lúdica o salirse completamente de la propuesta.

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Mario Casas y Rodrigo Cortés en el rodaje de ‘Escape’. ©Michael Oats

Si uno está dentro, Cortés ha hecho una película disfrutona, de las que se recrean en buena parte de las secuencias para establecer un tono, unas interpretaciones y una arquitectura de planos determinada y adaptada a cada momento, con sus guiños al slapstick o al subgénero carcelario. Cada escena tiene su propia vida por separado, lo cual hace que la película tenga una dimensión gozosa, del puro disfrute de ver cómo se han orquestado las imágenes.

En ese sentido, Escape es un festín de experiencias extremas, momentos absurdos y, sobre todo, secuencia que son oro puro para un buen puñado de actores y actrices que hacen contagiosa ese «vive el momento» en el que te quiere meter una película sobre alguien que, paradójicamente, es incapaz de salirse de su propia cabeza. Blanca Portillo, Willy Toledo, Albert Pla —brutal— y, sobre todo, el papel más gracioso de José Sacristán en décadas, dan buena fe de ellos.

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Mario Casas en el rodaje de ‘Escape’. ©Carlos Ruiz

Al final, Cortés busca la conexión del espectador en cada secuencia y hacerla dinámica para que no se note mucho que lo que pasa es, por decirlo mal y pronto, todo el rato lo mismo. La misión de entrar en la cárcel es la que es y el personaje de Mario Casas, que hace una versión más extrema del papel que le dio el Goya por No matarás (2020), roza lo frustrante en determinadas ocasiones.

Destinada a convertirse en una particular película de culto, el guión de Escape a veces no satisface toda esa voluntad de disfrute que transmite la dirección de Cortés. Con todo, esa una película que, si se entra en su espiral carcelaria y de autodestrucción, recompensará con creces gracias a su dimensión de artefacto eminentemente festivo y cruel.

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Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.