CRÍTICAS
Splendid Hotel: Rimbaud en África: El otro y la nada

Stills de 'Splendid Hotel: Rimbaud en África'. Montaje: © Cine con Ñ
Splendid Hotel: Rimbaud en África cuenta la última gran expedición del poeta francés como traficante de armas en el cuerno de África. El conocido poeta Arthur Rimbaud, uno de los padres del simbolismo y gran influencia de las vanguardias y el surrealismo que vendrían décadas tras su muerte, vivió los últimos años de su vida como contrabandista con Egipto como base, antes de regresar a Francia y morir con apenas 37 años. A partir de sus cartas y los escasos testimonios, la película imagina como pudieron ser los meses de su último gran intento de negocio en el continente africano.
Pedro Aguilera vuelve al largometraje tras Resideñando el mañana (2021) y Demonios tus ojos (2017), aunque en un formato de mezcla de experimentación y ficción que recuerda más a esa adaptación libre de Robinson Crusoe que fue Naufragio (2010). La película es una coproducción con Francia y Marruecos que tiene al actor galo Damien Bonnard como productor, coguionista y protagonista absoluto en el papel del poeta crepuscular.
Anticolonialismo y exotismo

Arthur Rimbaud fue un personaje curioso, un tipo que siendo apenas un adolescente revolucionó la poesía francesa mientras se hacía amante de otro poeta 10 años mayor que él, Paul Verlaine, y que dejó la literatura y a este antes de los 20. El resto de su breve vida consistió en rebotar por los confines del mundo colonial de la época, siendo soldado en Indonesia y vendedor de armas en Yemén y Egipto.
Como traficante por cuenta propia tuvo una suerte desigual, acumulando una pequeña fortuna que luego perdió y finalmente muriendo de un tumor. En 1995 Agnieszka Holland dirigió la versión cinematográfica más conocida de su vida, Total Eclipse, con Leonardo de DiCaprio como el joven poeta, aunque se centra más en su relación con Verlaine (interpretado por David Thewlis) que en su vida de decadente crápula aventurero posterior.
Aguilera no rueda la producción de ficción histórica que habría sido esperable, sino una mezcla de recursos de esta, el documental y el cine más experimental. A Bonnard lo rodean actores no profesionales, su discurso en off domina casi todo el metraje y la película está rodada en Marruecos y no se oculta, observándose perfectamente su ambientación en la actualidad. Por momentos Splendid Hotel: Rimbaud en África es más una película sobre un actor que se obsesiona con interpretar a Rimbaud más que sobre Rimbaud, sea esto voluntario o involuntario.
Igual que en la mencionada Naufragio, Aguilera reflexiona sobre la exotización de la otredad, con un poeta que es siempre alguien aparte de su entorno —cosa que se subraya con la evidente disonancia entre la caracterización y el discurso decimonónico de Bonnard y la ramplona actualidad del resto— y que constantemente ve a todos los demás como recursos molestos. Hay un discurso crítico evidente, pero no pesado, sobre el colonialismo francés y la configuración de la actual identidad del país galo, que dialoga perfectamente con las aventuras históricas del personaje.
De la poesía a la nada

Eso sí, Splendid Hotel: Rimbaud en África, dentro de la sobriedad escénica de la propuesta más allá de los escenarios reales marroquíes o la morosidad narrativa, tiende a dar por buena siempre la solución más sórdida. Es cierto que al propio Rimbaud le habría encantado verse retratado así —o si no a él, a sus seguidores posteriores que elaboraron la leyenda romantizada— en vez del caradura superviviente que debió ser. Aunque la película no ensalza la imagen tópica del poeta decadente, o al menos se cuida de mostrarla como algo deseable, no se molesta tampoco en dar el giro definitivo a su discurso crítico negándola. Presentándola como lo que siempre fue: una ficción.
El resultado es una película difícil, pero no inaccesible, que pide un poco de buena voluntad para entender que las decisiones que toma, aunque muchas seguramente forzadas por el presupuesto, tienen también una justificación creativa. Quizás se queda lejos de las chocantes propuestas de Demonios tus ojos o Naufragio, y por momentos roza el artefacto pedante —Rimbaud y Verlaine se prestan mucho a ello, es inevitable—, pero al menos tiene claro que no quiere ser una propuesta que se queda en lo meramente estético.
Corrigiendo el penúltimo verso, diremos que Splendid Hotel: Rimbaud en África puede decepcionar al que espere un biopic al uso, pero justifica su existencia como producto cinematográfico al retratar las aristas de su referente con recursos del cine experimental y el documental más actuales. Una reflexión sobre el otro, la búsqueda del sentido y el legado colonial que llega directamente al pesimismo del vacío existencial: nada vale para nada. Ni la poesía, ni el amor, ni la fortuna, ni las armas.


Jose A. Cano