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Películas españolas 2026

Marco Polo: Drama pastel

El debut de Pablo Riesgo tiene un buen actor protagonista e interesante decisiones de color y composición, pero viene a ser el enésimo drama sobre la madurez ambientado en una costa mediterránea idealizada
Marco Polo: Drama pastel 3

Marco Polo es un joven acomodado que veranea en la manga del Mar Menor junto a su familia. Hastiado de la vida sin razón aparente, Marco se dedica a ver pasar el tiempo en la piscina o la playa y drogarse, aislándose de todos. Solo su hermano intenta sacarlo de su dinámica autodestructiva. Pero cuando este fallezca en un desgraciado accidente, Marco se verá obligado a abandonar su espiral autodestructiva para ayudar a su familia a sanar las heridas… al mismo tiempo que aprende a perdonarse a sí mismo.

Pablo Riesgo debuta en el largometraje con este drama que tiene en Omar Banana su principal reclamo. El cineasta parece haberse basado en parte en sus propias experiencias para esta historia, un drama familiar con toques muy leves de comedia negra y que idealiza la manga del Mar Menor como quizás no lo hayan hecho películas aparentemente más amables.

Es notable que se esté creando una subcategoría de «cine murciano», que a veces tiene más que ver con los escenarios que con la producción pero que ha empezado a unir ambos y que propone unos tipos de relación con el territorio, aunque muchas veces tamizados, como en esta Marco Polo, por la mirada del regreso o el paso vacacional, diferentes a los de otros territorios en base a lo que más que una lucha o una complementariedad de los personajes y los elementos es un discurrir paralelo.

El tono

Marco Polo: Drama pastel 1

Riesgo compone el día en tonos pastel —hasta el punto de definir espacios hostiles como debería ser el centro de salud, por ejemplo— y la noche en amarillos y acres, mimetizando tanto los colores con el estado de ánimo de la propia película que en el momento que la desgracia familiar que marca el guión, todo se vuelve un poco más gris. Esta decisión estética consciente y antinaturalista le quita hierro a todo lo que vemos, incluida una drogadicción del personaje que está un poco en el maquillaje y un mucho en la interpretación de Banana, pero que podría ser cualquier otra cosa para justificar su aislamiento misántropo del mundo.

Marco Polo es una historia sobre el duelo, la madurez y asumir la propia identidad, pero no puede evitar un tono de levedad, casi de performance, que hace que por momentos no se pueda tomar del todo en serio. Por ejemplo, en la parte de la búsqueda de los culpables del accidente que acaba con la vida del hermano, que por más que sea algo que puede suceder en la vida real, aquí cobra por momentos matices de ciencia-ficción, con un tirillas asocial siendo capaz de plantar cara a guantazos a varios bigardos malencarados.

Quizás el problema principal de Marco Polo no sea suyo, sino de los tiempos que corren. Es el enésimo drama sobre la juventud y el paso a la edad adulta vía traumas ambientado en la costa mediterránea y protagonizado por personajes intercambiables, de los que los cines de Baleares, Valencia o Murcia nos llevan saturando unos añitos merced a los incentivos fiscales y el abaratamiento del acceso a la producción. Todas tienen sus matices y esta nos libra de otra dinámica de grupo mal llevada o de historias de amor tristes —aunque algo hay—, pero que todas se parezcan no es casualidad. No solo por baratas, también por, con perdón, un poco pijas.

El duelo

Marco Polo: Drama pastel 2

Porque el duelo en Marco Polo se expresa vendiendo la casa en la manga del Mar Menor por parte de una familia española de posibles que vive en el extranjero. Banana vuelve a interpretar a un adolescente a pesar de estar talludito y se faja con un papel en el que la culminación del proceso de duelo es echar las cenizas del hermano al Mediterráneo desde un tupper, que casi parece una parodia de El gran Lebowski (1998). El hermano que, antes de sufrir su trágico accidente, capitanea un grupo de música indie pop que recuerda vagamente a Taburete y similares.

A pesar del gran esfuerzo en que Marco Polo responda al juego, encontrarse en el agua a base de repetir el nombre y que se lo devuelva otro —ya saben, una metáfora de la vida—, el espacio no deja de ser una especie de no-lugar idealizado en el que los chiringuitos de adornos caribeños también podrían estar en la Plaza de España de Madrid. Nada consigue salvar del todo a la película de un tono infantil e inocente que en parte es buscado, pero que no funciona bien en un tramo final en el que se supone que asistimos a la catarsis hacia la adultez del protagonista.

Cerrando el féretro, Marco Polo es una película con interesantes decisiones de composición y ambientación y un actor principal que se sobrepone a un guión normalito, pero por lo demás no destaca especialmente entre otra serie de dramas de verano en las playas del Levante peninsular. Otro drama sobre gente con cielos azules sobre las cabezas y playas de arena blanca bajo sus pies y que no son conscientes de lo mucho que se parecen a las idealizaciones de otros.

Imágenes: Marco Polo – Begin Again Films (Montaje de portada: Cine con Ñ)
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.