Series españolas
Sin huellas: No me pises lo fregado

En Sin huellas Desi y Cata, dos limpiadoras una gitana y la otra mexicana, aceptan sin pensarlo un encargo especial tras encontrarse despedidas y con necesidad urgente de dinero. Pero ese trabajo no es lo que ellas esperaban y acaban acusadas de asesinato y robando dinero negro a la mafia rusa. A partir de ahí empieza una persecución a varias bandas por Alicante en la que participan el marido de Cata, la exnovia de Desi, la Policía, la mafia y los antiguos jefes de ambas.
Este redactor se reafirma en un prejuicio largas veces expresado: el género más loco y comercial, sobre todo si está aderezado con comedia, tiene más barra libre para hablar de cuestiones de clase social y política en general. No porque el drama no se las tome en serio, sino porque o se pasa o no llega. Se hace más evidente en las series que en el cine, donde el problema acuciante, además, es que hay mucho relato social desde el paternalismo, cosa que no pasa cuando te tienes que currar un personaje de acción o comedia de enredo con el que el público tiene que implicarse emocionalmente.
Por otra parte Sin huellas confirma a la dupla que forman Sara Antuña y Carlos De Pando (¡García!) como la más interesante en el panorama de series actual en España. La única que se atreve a refocilarse sin vergüenza en el género más canónico, hablar de la actualidad política, tener un discurso autoral y al mismo tiempo no tomarse en serio a sí misma ni por casualidad. Al mismo tiempo esta serie no se separa del zeitgeist comercial, y mezcla tropos a los dos lados del Atlántico, porque estamos en casa de Prime Video y el futuro es ahora y es panhispánico, o algo así.
Huellas por todas partes

Así, Sin huellas es una buddy movie, una comedia de acción con el giro muy loco y muy autoconsciente de estar protagonizado por dos limpiadoras que por momentos son Bud Spencer y Terence Hill con mopa. Uno se espera una versión latina de The Cleaning Lady (2022), pero aquello es un thriller que se cree importantísimo con tensiones sexuales y dilemas morales, y esto puede que tenga un poco de todo eso, pero sobre todo quiere que te lo pases de puta madre, y además no le da miedo ni su propio mensaje social ni el sano cachondeo. Te estampa ambas cosas en la cara a poco que puede porque en la vida real los personajes lo afrontarían así, riéndose por puro histerismo, y porque, aunque lo tarantinice, en la parte realista no muestra ninguna situación que uno no se pueda imaginar.
La tralla POP de Sin huellas se deja para los tiros o las historias de amor entre policías y fugitivas de la Justicia. Y encima, con referencias a Star Wars. A la escena del compactador de basura, en concreto. Y banda sonora a base de rumbas. O sea, maravilla. De hecho, esto es una gamberrada repleta de guiños a Reservoir Dogs (1992) o Pulp fiction (1994), de las que es descendiente directa, pero también a Perdita Durango (1997) y 800 balas (2002), de Álex de la Iglesia, y, por supuesto, al Almodóvar de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)… y a los cómics de Garth Ennis. Cualquier cosa con tal de celebrar que estamos vivos y podemos joder a los ricos si le ponemos empeño, aunque en el fondo nos conformemos con sobrevivir.
Tiene sentido también el reparto de capítulos entre los directores de Sin huellas, aunque el estilo sea bastante uniforme y a veces solo se note en los detalles: Paco Caballero (Amor de madre, Donde caben dos), más cómodo en comedia, para arrancar y presentarnos a los personajes y sus vidas un poco entre lo ridículo y lo sublime, como buenas currelas, y Koldo Serra (El Ministerio del Tiempo, La casa de papel), con mayor experiencia en la acción y en exprimir presupuesto, para la traca final de los dos últimos capítulos. Entre medias se suman al formato Gemma Ferraté (Puzzled Love) y Samantha López Speranza (HIT), quien ya dirigió el corto Los pies fríos (2022), escrito por Antuña y De Pando.
Mopa letal: Electric boogaloo

El diálogo con sus referentes de Sin huellas es divertido por detalles como que, por ejemplo, se nota que Carolina Yuste sabe que muchas escenas de su papel, hasta hace cuatro días, las habría interpretado un hombre, pero también que tal y como está escrito aquí, sería imposible. Recuerda a la reciente Con los años que me quedan, de Frank Ariza, donde el director decidió convertir al personaje protagonista en mujer después de que las actrices que aspiraban al papel de novia le dijesen que no, que querían ser la prota, liarla parda y pegar tiros. También su Desi es prima hermana de su Paqui de Carmen y Lola (2018), aunque en un universo donde las cosas se resuelven a guantazos o fingiendo que la aspiradora es un rifle.
Además esta especie de Mopa Letal 4: La venganza tiene claro que los malos tienen que ser como los de los mencionados Bud Spencer y Terence Hill: millonarios, miserables y sin redención posible. Reparte justicia poética como el que reparte munición y con la misma generosidad. Sus chistes sobre situaciones racistas son tan malvados que se le perdonan los tópicos sobre gitanos y mexicanos que se le escapan en alguna escena. Porque para que las cosas tengan gracia también tienen que romper algún tabú. No todo tiene que ser limpio e higiénico, que nos aburrimos.
En resumen, que Sin huellas es algo que parece que las series «buenas» no pueden ser: muy divertida. Una historia de acción pasada de vueltas pero que mantiene a sus personajes en un realismo creíble dentro del género, no como máquinas de matar, y que deja su lectura política muy evidente sin necesidad de darse ínfulas. Ritmo de spaghetti western en Alicante y humillando a gente que cree que el golf es un deporte, ¿qué más le vas a pedir a la vida?

Jose A. Cano