Películas españolas
Lobo feroz: Cómo no hacer una película de venganza

Lobo feroz arranca con la historia de un policía (Javier Gutiérrez) que es retirado de una investigación por acosar y torturar a un hombre (Rubén Ochandiano), convencido que es un pederasta y asesino en serie de niñas. Por otro lado, una inestable mujer (Adriana Ugarte) descubre que su hija dada en adopción ha sido una de las últimas víctimas. Ambos acaban coincidiendo en la búsqueda y secuestro de ese principal sospechoso, convencidos ambos de que conseguirán, cueste lo que cueste, que confiese los crímenes. Mientras, otros dos policías (Juana Acosta y Manuel Vega) buscan evitar la barbarie.
Un thriller de venganza que reinterpreta, diez años después, la historia de la israelí Big Bad Wolves (Aharon Keshales y Navot Papushado, 2013), cruel y grotesca película que se hizo famoso por ser la película favorita de aquel año de un tal Quentin Tarantino. En España, además, tuvo el extra de dos premios en el Festival de Sitges. El remake español que dirige Gustavo Hernández repite el esquema principal de «acción» de la original, aunque introduce distintos cambios: en las tramas, personajes, pero también en la resolución y epílogo final.
Pero no hace falta haber visto la original para notar que Lobo feroz es una película sin muchas ideas y, desde luego, sin personalidad. Aunque no se dulcifican las partes más cruentas, el filme no encuentra el tono que le conviene a su trama en ningún momento, dando tumbos entre el juego de «la justicia por mi mano» con una oscuridad de policial prefabricada y con moraleja. Con violencia efectista, pero sin perturbar demasiado los conceptos clásicos del bien y el mal, que era lo que clavaba su fuente original con una base cómica.
Big Bad Wolves y el humor negro de la búsqueda de la justicia

El análisis comparado entre Lobo feroz y Big Bad Wolves, más que para decidir cuál es mejor o peor —un razonamiento injusto de partida para el remake y uno que no puede hacer quien no haya visto la original— sirve para darse cuenta de algún ligero acierto de la versión española pero, sobre todo, de lo que no funciona y por qué. Tener las bases del material original sirven para ver las decisiones de la película de forma cristalina. Para percibir cómo en Lobo feroz no se ha entendido cuál era el interés de la historia de partida y, sobre todo, la forma que tenía de interpretarla.
La gracia de Big Bad Wolves está en su cierta consciencia socarrona y desesperada de los mismos conceptos de venganza y justicia, que tienen una larga tradición cinematográfica detrás. En la original, todo está en dos personajes, el del policía y el secuestrador (aquí reformulados en los personajes de Gutiérrez y Ugarte), que están a punto de llevar su acto de «compensación» a través de desequilibrios diferentes, pero compartiendo un fondo patéticamente humano e incluso con enganches sociales (se introducía el racismo, por ejemplo).
Pese a lo cruento y violento de lo que pasa en el filme israelí, se percibe continuamente un espacio ridículo entre el deseo emocional de buscar justicia y las implicaciones éticas de hacerlo tú mismo. Ese acercamiento le daba al todo un sentido del humor muy negro que ayudaba al juego moral del culpable/no culpable con el espectador. Keshales y Navot Papushado acaban siendo cruelmente sarcásticos al respecto, un acercamiento que pudo ser fácilmente lo que conquistó a Tarantino, tan fan de explorar esos mismos temas (Kill Bill, Django desencadenado).
Las guías morales de Lobo Feroz

En Lobo feroz no está ese fondo simpático y ambiguo. Los destellos burlones y cómicos —sobre todo en los personajes de Fernando Tejero y Manuel Vega— no funcionan porque el tono general es serio, grave, noir, thrilleresco. Sus dos personajes principales no tienen un quiebro que les desnuda de pronto para acercarnos a su sinsentido desde la delgada línea del sentido del humor. De hecho, las psicologías de ambos son reducidas a traumas del pasado, digeribles y poco estimulantes. Todo es más fácil si tiene una explicación directa y dejamos claro que no hacer lo que dice la ley está mal, niños y niñas.
Eso hace el dilema y la «investigación» que se le plantea al espectador mucho más superficial. Más que tener que percibir lo retorcido del mecanismo de la venganza agonizándola y presentando actitudes que la banalizan hasta el absurdo, la retorcida toma de posición entre víctimas y verdugos, en el fondo intercambiables, ya no importa. ¿Por qué? Porque se introduce una investigación policial que es «el bien» que nos guía. Ya no hay que pensar ni estar incómodo: las fuerzas del orden son referencia moral.
A partir de cierto punto de Big Bad Wolves, estos anclajes en la policía desaparecen casi hasta el final. Ya no hay nadie que nos lleve de la mano porque estamos concentrados en una única y agónica localización donde vemos la escalada de la barbarie. En Lobo feroz, aunque metan escenas muy violentas, en el fondo todo esto está diluido y desconectado por completo en favor de una esquemática trama de investigación que aporta muy poco, pero que te hace recordar que hay una forma de pensar «buena» que te coloca fuera del dilema vengativo, de cómo puede tocar directamente tus propias contradicciones.
Más allá del mensaje del lobo y el cordero, simbologías facilonas incluidas—sí, aparece un lobo—, Lobo feroz sufre mucho también ese peaje clásico del cine español con vocación comercial: el de ser un producto que pueda agradar a públicos distintos, esencialmente con el reclamo de un reparto desubicado, elegido al peso y no porque sean realmente los más aptos para interpretar a sus personajes. Además de estar ante un Javier Gutiérrez que resuelve con oficio la nada y una Juana Acosta perdida, Adriana Ugarte lleva su interpretación a un límite tan extremo que está a punto de hacerse un Nicolas Cage mal. El mejor es el comedido Rubén Ochandiano.
Adocenada hasta en su epílogo, que en cambio Big Bad Wolves no negociaba en su crueldad, Lobo feroz es una película que sacrifica toda la tensión y el humor retorcido de la original para construir un thriller genérico con algo de gancho y giro final. Soportable por la dirección de Gustavo Hernández, que replica secuencias de la original y mantiene cierto ritmo, pero con un potencial totalmente desactivado por un simplón y maniqueo guion.
La puedes ver online en

Arturo Tena