Películas españolas
Viejos: Miedo al rellano del quinto

En Viejos el abuelo Manuel, tras suicidarse su esposa, va a vivir con su hijo, la nueva pareja de este y su nieta. En mitad de una de las peores olas de calor que se recuerda, el comportamiento del anciano empieza a preocupar a la familia, ya que no solo está huraño, sino que se convierte en una presencia casi amenazante dentro del hogar. No es el único, otros vecinos y conocidos de edad avanzada parecen estar cambiando, transformándose en algo cuyas consecuencias los jóvenes son incapaces de prever.
Fernando González Gómez y Raúl Cerezo dirigen su segundo filme tras La pasajera en un trabajo con continuidad en las pretensiones -respeto a los códigos del género con giro ibérico y alguna adición original a los mismos- pero cambio de registro: de perseguirse con un monstruo e ir contando víctimas en un terror más directo a una película que construye su tensión a base de enrarecer la cotidianidad y en la que lo sobrenatural o fantástico no se presenta de manera explícita hasta bien entrado el metraje y cuando el público ya anda convenientemente asustado por la propia atmósfera.
Viejos, jóvenes, todos quieren ser campeones

Viejos es una película que parte de lo justo para buscar el miedo: familia nuclear con los roles bien establecidos (pero casi todos con giro), bloque de vecinos más reconocible que el de Aquí no hay quien viva, culpabilidad generacional de ida y vuelta y juegos con los tópicos sobre la tercera edad (ola de calor, radio antigua, batallitas de la Guerra Civil…). A partir de ahí, el reto es intentar trasladarnos a una situación en la que nuestro abuelo o abuela nos dé miedo físico. Nos acojone. Que te creas que el viejo pueda agarrar el cuchillo jamonero de la cocina y se lía pardísima.
Los directores admiten como inspiración evidente ¿Quién puede matar a un niño?, aunque es eso, una inspiración. Las atmósferas son diferentes, y mientras aquí se juega con la oscuridad, en la obra maestra de Ibáñez Serrador el terror era bajo la luz veraniega del Mediterráneo. También el abuelo Manuel que encarna magistralmente Zorion Eguileor es una amenaza concreta, aunque ambigua, mientras que los niños de aquella eran una masa anónima e inabarcable.
Así, dos tercios del filme son cebar el suspense: poner la cámara en sitios que incomodan, miradas entre ellos de los intérpretes, la modulación de la voz de Eguileor o la banda sonora. «Pasar», no «pasa» casi nada, un abuelo al que quizás se le está yendo la cabeza tras quedarse viudo. Pero la película se las apaña muy bien, más allá del cartel, para avisarnos de que no, de que aquí hay algo raro y turbio, que no encaja. Acaban quedando más naturales las escenas de la nieta que las de los padres, un poco forzados en sus enemistades, pero en general todo funciona.
Dosificar para aterrorizar

Quizás Viejos caiga en el tercio final, cuando todo estalla y toca la escabechina. Para empezar porque, como les pasaba en La pasajera, hasta metiéndole un girito original a cada personaje, Cerezo y González Gómez respetan tanto el género que se ve venir quién sobrevive. También por la explicación sobrenatural, que no se desarrolla mucho para que no chirríe todavía más, pero que aún así podría haber sido cualquier cosa. Finalmente porque la conspiración silenciosa de jubilados, hartos de ser apartados de todo, se convierte en un aquelarre de «monstruos» desatados un poco genérico. No molesta, pero todo lo anterior había sido tan sutil y contenido que el despiporre un poco decepciona.
En resumen, Viejos es un ejercicio de terror logrado que posiblemente encante a los aficionados al género al ver cómo juega con sus límites sin dejar de respetarlos. Igualmente mantiene una lectura social evidente, a pesar de que sus directores no haya querido cebarse en ella. Además, es una buena noticia respecto a la película anterior de los directores, que resultaba un prometedor debut conjunto, porque significa que tienen una idea clara de por dónde quieren ir, pero sin miedo a cambiar dentro de ese mismo espacio ni necesidad de repetirse. Podría haber sido una bomba termonuclear de creatividad, pero, siendo lo que es, cumple con creces.

Jose A. Cano