Películas españolas
El vasco: Acertada comedia sobre tópicos

En El vasco acompañamos a Mikel, un joven de Bermeo que no es capaz de superar una ruptura reciente y decide mudarse a un pueblito cercano a Córdoba, Argentina, ante la oferta de trabajo de un familiar lejano. Su objetivo de olvidarse de Euskadi fracasará al llegar una comunidad de descendientes de vascos obsesionados con una cultura que nunca han conocido y que lo ve como una especie de ser mitológico. Aunque en un primer momento piensa en marcharse, el reencuentro con la hermana de su abuelo fallecido, ahora enferma de alzheimer y que cree que sigue en Bermeo, le da una razón para darle una segunda oportunidad a su nuevo hogar.
La película de Jabi Elortegi tiene cosas en común con un puñado de películas sobre soltar a baskos por el mundo o a personas no baskas en Euskadi y regodearse en la situación de forma cómica, pero la notable diferencia de que aquí ese contraste está hablando de algo más aparte de que en las Vascongadas no se practica el coito con la regularidad que los varones de la zona, presuntamente, desearían.
Es un canto al exilio y la memoria, pero también una invitación a vivir en el aquí y el ahora, no en pasados, idealizados o no, que no han de volver. Habla de la diáspora vasca en diferentes momentos de su historia, presente incluido, pero también de Argentina, sus crisis eterna y su carácter mixto que la hace parecida a todo el mundo y única al mismo tiempo.
El vasco y lo vasco

De esta manera, no podía haber un título mejor que El vasco para inaugurar la sección Zinemira del 70 Festival de San Sebastián. El público donostiarra celebraba encantado los chistes autorreferenciales, desde la mentada y manida leyenda de que los naturales ligan poco en Euskadi hasta los momentos a lo Good bye, Lenin! del final, en el que los vecinos replican una isla de Izaro para celebrar unas ficticias fiestas patronales de Bermeo para la abuela, en un guiño cinematográfico con doble tirabuzón.
Es curioso lo que dicen esta películas sobre la autoimagen de los países que las firman. Los argentinos siempre han sido maestros en hablar de sí mismos fingiendo que es autoironía, pero en el último par de décadas, con la escuela de Vaya semanita mediante, los vascos se han especializado en contar que son muy diferentes al resto de la Humanidad y al mismo tiempo idénticos a todos en sus movidas. De hecho, el subgénero casi siempre ha empezado a consistir en que un nativo de latitudes menos estiradas se esfuerza mucho en sacar al «andaluz/argentino/metrosexual» del interior de un recio/a vascuence en el fondo complaciente a sus deseos. Incluso ese desastre que fue La pequeña Suiza (2019) se revuelca en ello.
Pero, como decíamos, El vasco trasciende ese tipo de humor que se pretende inofensivo y apolítico —aunque no lo sea— para realizar un relato, bastante más descarnado de lo que parece a primera vista, del exilio euskera. En general, es una película mucho más madura, que no quiere idealizar ningún momento ni lugar pero sí resaltar porque son importantes como parte de quiénes somos. No deja de tener varias historias de amor, aunque solo una sea romántica y se esfuerce mucho en no hacerla previsible.
Todos los exilios, el exilio

Porque, como todas las películas sobre memoria y familia, El vasco es también una película sobre el perdón. El que se regala a los demás sin que lo pidan y el que, a veces, uno está obligado a darse a sí mismo. Los estereotipos argentinos aquí presentes, de hecho, están matizados por sus crisis de los últimos 20 años y la manera en que se establecen paralelismos con los aciagos años 40 españoles. No se regatea con la excentricidad de que sea el de Bermeo el que emigre ahora a Argentina, y no al revés, como suele ser habitual.
Elortegi entrega así una comedia muy tierna, que juega cortito y al pie, previsible en sus giros —incluso en el final, el más agridulce—, pero que es capaz de trascender ese envoltorio que suena a visto mil veces para integrarnos en un relato más ambicioso. Una historia sobre como los recuerdos nos construyen, hasta cuando han desaparecido, y como ser vasco, o argentino, es algo más que nacer y vivir en un lugar o hablar una lengua, son los lazos que se construyen a partir de todo ello. Tengas ocho apellidos o ninguno.
La puedes ver online en

Jose A. Cano