Entrevistas
«La idea de la familia indestructible es un cliché en cualquier contexto»

Es el principal responsable de uno de los documentales españoles más premiados del curso. Adrián Silvestre (Valencia, 1981) presenta Sedimentos, su segundo largometraje, una historia en la que 6 mujeres trans comparten unos días de vacaciones en una zona rural de León. Un viaje que empezó hace años en Barcelona a partir del trabajo de una asociación (I-Vaginarium) que acompaña a las mujeres en cirugías de reasignación de sexo y que desembocó en esta película, una de las 15 películas preseleccionadas para la categoría de Mejor documental en los Goya 2022.
Ahora Adrían Silvestre estrena en salas comerciales este acercamiento inmersivo y diverso a la realidad trans en España. El director y productor habla en Cine con Ñ sobre cómo llegó hasta esa zona en León, las relaciones que se establecieron en el proceso y el estilo visual que quería tener en Sedimentos.
¿Por qué llevar a hacer ese viaje e ir ese pueblo a ese grupo de mujeres trans?
Lo único que tenía claro entonces era que quería hacer un retrato colectivo, en este caso de estas 6 mujeres, en una historia que, aunque fuera documental o ficción, tuviera una narrativa. Quería situarla en un contexo alejado de una gran ciudad como Barcelona. Por lo que las conocía y había vivido con ellos, pensaba que la experiencia iba a ser más intensa si nos aislabamos de todo, incluido y yo y el equipo técnico, y nos centrábamos en esas vivencias personales. Pensé que sería fantástico ir a un lugar en el que el viaje físico acompañara el viaje emocional.
Por otra parte, no quería llevarlas a un sitio random o turístico que no estuviera vinculada con ellas de alguna manera. Fue entonces cuando Magdalena (una de las protagonistas) pidió hablar conmigo, y me dijo que tenía una idea: invitar al grupo a su pueblo. Me comentó que era de León, que había crecido en este pueblo, Me habló de su familia, de su grupo de baile y sus experiencias allí. Me pareció muy buena esa idea de que ella, después de años viviendo en Barcelona, invitase al grupo a conocer sus raíces y sus orígenes, a conocer el pueblo al que, después de todo, ella ha vuelto.
Me pareció muy buena idea, fui allí con el equipo a conocer a la gente, a localizar paisajes, y me pareció perfecto. A partir de ahí, yo empecé a descubrir metáforas en ese lugar que no imaginaba y que estaban vinculadas al tema de la película. Me pareció la ocasión perfecta para retratarlo. Pero no conocía el sitio ni tenía ningún vínculo con León.
Es una de las primeras cosas que llaman la atención de la película: el entorno y el ambiente donde se desarrolla. El cine que toca temáticas LGTBI, se vincula normalmente al entorno urbano.
Sí, pero sobre todo tenía sentido para el proyecto. Yo me apoyo en la realidad de las personas con las que trabajo, y aquí tenía todo el sentido del mundo. Conocía a una persona trans muy ligada a sus raíces, a lo rural, y de repente fue una maravilla poder irnos con todas para allá.
Además, este viaje para León acaba siendo fundamental para que Lena decida abandonar la ciudad y volverse a vivir a su pueblo.
Sí, una decisión que en una ficción considerarías que es un poco forzada para que la historia cierre bien, pero que aquí fue así. Lena está viviendo allí sola en un pueblito, con su coche. Encantada de la vida.
Otra cosa que llama la atención en Sedimentos es la confianza e inmersión en lo que viven durante esos días estas mujeres. Algo que solo se pueda hacer con mucho tiempo, con mucha confianza con estas seis protagonistas. ¿Cómo ha sido llegar al equilibrio entre la parte personal y tus objetivos cinematográficos?
Efectivamente, se ha tratado de buscar un equilibrio. Se ha buscado de una manera muy intuitiva, no he podido apoyarme en referentes claros para establecer una metadología o una distancia, he tenido que involucarme mucho a nivel personal. Y luego ha sido entrar a editar, segmentar, decidir. A veces, los directores tenemos que entrar en un terreno y decir que no a muchas cosas y sí a unas pocas.
Ese equilibrio no se cómo lo he hecho, quizá dedicándole mucho trabajo previo a estar con ellas, a ver referentes que me interesaban, pero también a estar abierto a lo que fuera surgiendo en rodaje. Tenía una lista de temas que quería tocar, pero estuve dispuesto a que las cosas fluyeran y que ellas no se sintieran invadidas o presionadas por cumplir con un plan de rodaje o porque hubiera una expectativa a nivel narrativo. Y luego ha habido mucho trabajo posterior en montaje, que me ha llevado casi un año. Buscar un hilo conductor y una narrativa que no se caiga, un equilibrio entre todas las historias…ahí fue trabajo racional, mientras que lo previo fue emocional.
«Ha sido un trabajo muy bonito e intuitivo, pero también peligroso porque no sabes qué va a pasar»
En la presentación de la película en San Sebastián se habló de que la técnica en rodaje fue no apagar nunca la cámara. ¿Así funcionó la dinámica para sacar adelante los temas de la película?
Esa lista de cosas de las que queríamos hablar, tanto temáticas como espaciales, las teníamos solo el equipo de producción. Ellas no tenían esa carga o mochila, ellas estaban de vacaciones y yo iba jugando con ellas: «¿Te acuerdas de lo que hiciste antes? Vamos a repetirlo» o «Este tema que decías que querías hablar en cámara». Pero de repente surgían cosas que yo no había previsto, como los conflictos entre ellas, y esas tensiones las buscaba anticipar, porque ya las veía en la mirada o en la expresión corporal. Ha sido un trabajo muy bonito e intuitivo, pero también peligroso porque no sabes qué va a pasar. Yo no podría la mano en el fuego en que eso que ocurrió pasaría de nuevo.
Lo que emerge finalmente de la película es ese retrato colectivo tan diverso, con personalidades que se juntan y, en ocasiones, también se enfrentan.
Sí, cuando conocemos a alguien nos hacemos un esquema mental de cómo son las personas en base a estereotipos, incluso cuando lo hacemos con las mejores intenciones. Simplificamos y esterotipamos, también desde el buen rollo. Pero cada individuo es un mundo complejísimo, y las 6 no tienen nada que ver la una con la otra.
Algo que repetía mucho con ellas en los talleres eran estos debates, muy ricos, con sus piques, pero que finalmente se daban con mucho cariño y sin rencor. Al final es gente que está de vuelta de ciertos conflictos. Aunque tengan pensamientos diferentes, hay algo que está por encima de todo: el entendimiento y el cariño, y ahí las 6 han estado hasta el final. Por muchas discrepancias que hubiera.
¿Fue esas vivencias, de alguna manera compartidas, lo que unió y ofreció ese cariño entre ellas?
Nadie está tan unido, todos los seres humanos somos gregarios: podemos estar un tiempo miuy vinculados a ciertas personas y luego nos desvinculamos. Esa idea de la familia indestructible es un cliché en cualquier contexto. Aquí había algo que las unía, porque vivir una transición de género es algo muy fuerte, algo que hoy siginfica vivir a contracorriente en muchos sentidos. Y eso te une en algo muy especial.
Pero, salvando eso, en realidad cada una tiene su vida. Hay vínculos, pero no son un grupo de hermanas. Lo fueron durante esos días, pero luego todos tenemos otras sinergías y seguimos con nuestras vidas. Ni siquiera viven en la misma ciudad. Lo que les unió fue el compromiso con este proyecto. Y es algo que les agradeceré siempre, porque había algo más, esta película, que no sabemos cómo saldrá pero tenemos que hacerlo. Ninguna dijo que se había cansado de filmar o que no quería que la grabáramos o que alguna barrera no se traspasara. Fueron de una generosidad casi ciega. Fue maravilloso.
En cuanto al planteamiento estético y visual de la película, ¿cómo lo planteaste y cómo fue el trabajo con Laura Herrero Garvín -directora de fotografía-?
Desde mis trabajos anteriores, he definido mi estilo con una serie de normas o limitaciones muy estrictas, que tienen que ver con la contención plástica y estética. De definir cuadros fijos y planos secuencia largos donde tengo mucho control sobre lo que está ocurriendo: con pocos elementos artificiales, me centro mucho en lo que sucede delante de la cámara para tener una puesta en escena que me permita entrar en ese realismo y jugar entre el documental y la ficción. Es algo que me gusta como espectador y que me funciona para poner el foco en otros aspectos.
Laura (Herrero Garvín) fue una propuesta que me hizo la directora de producción. No conocía su trabajo, vi sus películas y me encantaron. Encontré una sintonía formal y humana, encontré muchos puntos en común. Quise conocerla inmediatamente, y la sintonía personal se cumplió del todo. Fue muy fácil trabajar con ella, marcamos el tipo de estilo que queríamos, lo tuvimos muy claro, y después establecimos un código de señas para ver qué situaciones queríamos seguir, de quién quería un plano, cómo teníamos que cambiar…
Se filmó todo con una cámara, era casi como fotoperiodismo, donde tienes que estar captando lo que ocurre o te lo pierdes. Pero no nos costó. La comunicación fue muy fluida con ella, y la forma que tiene de mirar y encuadrar me encanta. Es una persona muy rápida trabajando con fuentes de luz natural, no te va a detener una acción porque no tiene focos iluminando una escena, siempre va a estar a favor de la historia. No es casualidad que sea documentalista.
El estar ahí en el lugar adecuado y en el momento justo, en ese estilo casi fotoperiodístico, habrá sido de lo más complejo en el rodaje.
Sí, tanto Laura como yo entendemos que la imperfección forma parte del ser humano y del arte. Las cosas más puras y más bellas son imperfectas. Ninguno de los dos jamás pararíamos una situación para repasarla plásticamente. Si algo pasa, lo importante es tenerlo. Algunas veces con mejor resultado y otras no tanto, pero al final eso está por delante. Es una persona que entiende que la empatía es clave. Por eso el equipo, que eramos cuatro mujeres y yo, teníamos que compartir el viaje y la aventura. Abrirse, convivir con ellas y ser una más. No podíamos llegar con el rol de «soy una técnica que llego hasta aquí y no comparto». La convivencia la hicimos juntas, y Laura y las demás lo entendieron perfectamente.

Arturo Tena