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Críticas

Todo lo que nunca fuimos: El cuento de la damisela en apuros

Una historia de amor tantas veces vista que encalla en los convencionalismos del género, y si no naufraga es por la química entre sus protagonistas
Crítica de la película 'Todo lo que nunca fuimos'

Leah es una joven (énfasis en lo de joven) que ha perdido recientemente a sus padres en un accidente de coche. El dolor ha ocupado todas las partes de su vida para convertirla en una sombra de lo que era. Su hermano, Oliver, se ve obligado a emigrar por trabajo y la deja al cuidado de su mejor amigo Axel… del que Leah lleva años enamorada. Ya estamos todos. Bajo esta premisa, arranca la historia de Todo lo que nunca fuimos, con Leah atravesando su duelo y Axel cuidando de ella, mientras ambos intentan ignorar la atracción que sienten.

Todo lo que nunca fuimos es una adaptación de la novela romántica de Alice Kellen con el mismo nombre. La película la ha dirigido Jorge Alonso, que también ha escrito el guión junto a Sara Belloso. Con un debut en largo como Camino de la suerte (2023), historia de amor en la tercera edad, ahora extiende el romance en un proyecto mucho más mainstream, con la carga de saber que hay ya un gran fandom con muchas expectativas por esta adaptación cinematográfica.

El principal problema de Todo lo que nunca fuimos es que emplea todos los clichés habituales del género. Es de esperar por el tipo de película que es, pero no se les da ninguna vuelta. Como resultado, los personajes se quedan planos, entran en dinámicas manidas, frases de guión inverosímiles y romantizan comportamientos discutibles. Todo ello refleja de una cierta tendencia en el cine español: tratar el género de romance como de segunda y sin más aspiración que la comercial, sin buscar un mínimo de profundidad artística.

La infantilización de las protagonistas en el romance juvenil

<strong>Todo lo que nunca fuimos</strong>: El cuento de la damisela en apuros 1
Maxi Iglesias y Margarida Corceiro, protagonistas de ‘Todo lo que nunca fuímos’

Desde el principio ya sabes que Leah (Margarida Corceiro) y Axel (Maxi Iglesias) van a estar juntos en algún punto. No obstante, las circunstancias que envuelven este romance no dejan de resultar algo grimosas. Axel es el mejor amigo del hermano mayor de Leah, se conocieron en la universidad (de la que parece que salieron hace tiempo) y te lo presentan como un mujeriego. Mientras que Leah, sigue en el instituto (ha tenido que repetir el último curso). No se si veis por dónde voy. Primer jump scare de la película. A partir de este momento, la película cambia del género romántico al de misterio ya que el espectador no podrá ser testigo de las interacciones de la pareja, sin que le esté rondando todo el rato la pregunta de: ¿Cuántos años se sacan?

Rápidamente tratan de enmendar este error. La historia se cuenta a dos voces, —lo cual es algo redundante porque hace más evidente lo ya de por si obvio—y la voz en off de Axel en un flashback nos confirma que «hace tiempo que no ve a Leah como una niña». Parece que el tema ya está resuelto, si no fuera porque durante todo el resto de la película se sigue tratando a Leah como si fuera menor de edad. Axel siempre es el salvador, el que cuida de ella, etc. Hasta cierto punto se podría justificar, porque ella se supone que está pasando por un duelo, pero la actitud paternalista se impone.

Esto es un patrón que cada vez se repite más en el género de romance adolescente en España —desde los tiempos de Tres metros sobre el cielo (2009)— y que resulta agotador y arcaico. Se pueden hacer romances en los que no hay una dinámica de poder entre el chico y la chica, pero estos comportamientos se terminan de normalizar como parte del paradigma del género romántico juvenil. La relación entre Axel y Leah no es tóxica, pero está descompensada, creando una desigualdad de facto que se romantiza.

Es una pena porque verdaderamente hay mucha química entre Maxi Iglesias y Margarida Corceiro, uno de los ingredientes principales para el buen resultado de la película. Como espectador puedes apreciar esto, pero entra en conflicto con lo incómodo que te hace sentir el subtexto que han desarrollado en el guión.

Además, los personajes terminan siendo planos como una tabla de surf. Las conversaciones que mantienen tienen diálogos manidos y que resultan poco naturales, pero que como se asume que son convencionalismos del género se permiten. A veces la frases estaban tan trilladas que eran cómicas, aunque creo que esta no era la intención.

La minoría de edad del espectador

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Margarida Corceiro en ‘Todo lo que nunca fuímos’

Conforme comienza la película, el espectador es testigo del accidente de coche de los padres de Leah. Una secuencia breve que quiere hacernos conectar con la protagonista y su pérdida. Directamente después, hay un corte a Axel, que se despierta desnudo en su casa de la playa y va a desperezarse así al porche. Del accidente a un plano del culo de Maxi Iglesias: se sienta el tono de lo que va a ser el resto de la película.

Al final, el error en el que suelen caer estas películas es en tomarse muy en serio a sí mismas, pero muy poco en serio al espectador. Por una parte la trama es predecible, sabes cómo va a evolucionar y los tópicos que se utilizan se les podría haber dado una vuelta de tuerca. Además, los temas aledaños a la trama romántica principal (el surf, las amistades de Leah o incluso el duelo) acaban por no desarrollarse los suficiente como para hacer subtramas, haciendo que la relación de ellos cargue con todo el peso argumental.

Todo lo que nunca fuimos toma una decisión estilística que marcará toda la cinematografía del filme: el desenfoque, que se mantiene durante toda la película. Este recurso iría a representar el duelo de la protagonista pero acaba por resultar engorroso: hay escenas en las que prácticamente lo único que ves son las caras de los protagonistas; el cuerpo y el fondo están fuera de foco. Es una pérdida de información que desvía la atención hacia lo que no nos están dejando ver.

En la película vemos reflejado el principal problema del romance juvenil en España: se trata al espectador como si no pudiera pensar más allá. Se le dan las cosas masticadas o simplificadas porque se piensa que de otra forma no las puede entender. Que el público de estas películas tienda a ser joven, no justifica que el producto tenga que ser simplista o un refrito de otros refritos previos. Al final, Todo lo que nunca fuimos tiene lo que nos han hecho creer que debe tener un romance actualmente, y ahí justo está su fallo. Es necesario mirar más allá de la norma y redireccionar los estándares que marcamos para este tipo de cine.


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