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Críticas

Viva: Una rompedora dramedia contra el cáncer

Aina Clotet estrena su ópera prima, una comedia tan valiente y arriesgada como sensible y tierna
Crítica de 'Viva', película de Aina Clotet

Viva no es una película autobiográfica: Aina Clotet no ha sufrido un cáncer de mama. Lo que se ve en la pantalla da escalofríos, pero es ficción. Pero, como todo el mundo, ha conocido casos, y la situación que ha atravesado Nora, el personaje que interpreta en su primera película como cineasta —después del corto Tiger y de dos episodios de la serie Això no es Suecia (Esto es no es Suecia) (cocreada junto a Daniel González y Valentina Viso)—, es un fantasma que aterroriza a todas las mujeres. Más ampliamente, todos estamos conectados con el miedo al cáncer, y si bien Viva, también coescrita junto a Viso, no puede desactivarlo, consigue al menos quitarle dramatismo y reírse de él, que no con él, algo bastante innovador.

La historia arranca cuando Nora ha vuelto a la ‘vida normal’, en su caso una casa —una cabaña ecológica que comparte con su guapo novio francés de origen magrebí interpretado por Naby Dakhli—, y a su trabajo en el área de investigación del hospital Can Ruti (Badalona) donde trata de desenvolverse a la sombra de su padre en busca de vías para prolongar la vida hasta los 120 años.

Emocionalmente inestable e insegura a raíz de la experiencia cancerígena y sus consecuencias, Nora no logra conectar con su pareja, y acaba viviendo una aventura con Max, un chaval que parece un adolescente (el bailarín Marc Soler) como si fuera un remake de El último verano (2023), de Catherine Breillat. Si su novio la deja fría, Max la pone a cien. No puede evitarlo.  

Lo peor que puede decirse de la película es que tiene un cierto aroma a TV3, acentuado por la presencia de la popular cómica Lloll Bertran, poco habitual en la gran pantalla, y que los personajes, con su ecologismo y sus trabajos inteligentes, pueden parecer una pesadilla de perfeccionismo woke para los que son especialmente alérgicos a ese perfil. Pero todo lo demás es bueno, incluso sobresaliente: Aina Clotet se entrega a fondo con una performance total, las escenas de sexo están rodadas con una sensibilidad y una franqueza muy particular, y el humor es tan genuino como bien dosificado a lo largo de unos 112 minutos que pasan volando. 

Aina Clotet, poseída por el espíritu de Woody Allen

<strong>Viva</strong>: Una rompedora dramedia contra el cáncer 1

Es lo primero que acude a la mente. Como si fuera la versión sexy de Joan Pera, Aina Clotet parece completamente poseída por el espíritu de Woody Allen. En su forma de caminar, de moverse, en la torpeza de su personaje, por otro lado tan inteligente, y por las situaciones en las que se mete, siempre muy físicas, con un punto slapstick (impagable la escena del ridículo accidente automovilístico), y a la vez neuróticamente locuaces. Y, claro, ver a Woody Allen reencarnado antes de tiempo en una mujer como Aina Clotet tiene su efecto. 

El humor, como decíamos, ha llegado para desactivar el drama, en clave de lo que también podríamos llamar Body Humor, una determinación que queda patente ya en la primera escena, cuando Nora, visiblemente incómoda, se somete al escaneado del pecho que le queda. Descubrimos que le falta uno al tiempo que vemos cómo el restante es comprimido por una máquina para arrojar unos resultados que podrían ser desalentadores, e indicar la temida recaída. La situación es totalmente dramática, pero Clotet, con su gestualidad, sus expresiones y su discurso entrecortado, todo ello muy woodyallenesco, consigue desactivarlo. 

Viva, un striptease integral, emocional, pero sobre todo físico

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Aina Clotet se desnuda de arriba a abajo con el propósito de mostrar el total desbarajuste hormonal de su personaje, recién salido de una tormenta y puede que a punto de meterse en otra: la vemos masturbarse frenéticamente en el baño del hospital donde trabaja —Can Ruti (Badalona)— para calmar su deseo, o entregarse al sexo en escenas que, si bien nada tienen de pornográficas, logran transmitir con total naturalidad cómo la energía sexual adolescente de Max se presenta como el único antídoto posible para las ansiedades de Nora, que además de haber perdido un pecho, con la consiguiente baja autoestima, se ve acechada por el miedo a recaer, acrecentado por las constantes llamadas de su doctora, a la que no hace caso en su huida hacia adelante.  

Además de mostrarlo sin tapujos, Clotet demuestra un total dominio de su cuerpo como medio de expresión interpretativa, una performance a la que, siendo su propia directora, deja un espacio pensado a medida, repleto de momentos de lucimiento, como el clímax, cuando después de una situación que no conviene desvelar (pero que también es un pequeño hito en el ámbito de la comedia sexual) acaba monologando a voz en grito por los pasillos de un hotel con solo una pequeña camiseta como atuendo. 

Su peinado a lo Jean Seberg, típico de las que han pasado por quimioterapia, es de los que apela al no menos clásico ‘qué bien te queda’, una frase hecha cargada de buenas intenciones que no suele sentar bien a las que han tenido que cortárselo después de ver cómo lo perdían a mechones en la ducha. Ese detalle, como otros muchos, está muy logrado en esta comedia que, si bien no cura el cáncer, al menos ayuda a combatirlo, porque ya se sabe que el buen humor siempre es un punto a favor. Viva es, en definitiva, una película tan valiente y arriesgada como sensible, tierna e incluso necesaria.

Philipp Engel

Philipp Engel

Formado con estudios literarios en Francia, trabajó durante 10 años en la industria discográfica, y luego se dedicó al periodismo cultural, especialmente centrado en literatura y cine. Ejerce como crítico en La Vanguardia y Cinemanía, y también colabora como periodista en otros medios (El Mundo, Sofilm, Sensacine, entre otros muchos). También es profesor e interprete de francés, programa el cine-club Histoire(s) du cinéma en el Instituto Francés de Barcelona, ha programado ciclos como Frío polar, sobre el cine negro francés en la Filmoteca Española, y ha comisariado la exposición Suburbia, la construcción del sueño americano en el CCCB y en el AzW de Viena. Sensacine, entre otros muchos). También es profesor e interprete de francés, programa el cine-club Histoire(s) du cinéma en el Instituto Francés de Barcelona, ha programado ciclos como Frío polar, sobre el cine negro francés en la Filmoteca Española, y ha comisariado la exposición Suburbia, la construcción del sueño americano en el CCCB y en el AzW de Viena.