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Urtzen: Cómo mirar el agua

Una de las muescas que nos dejó el confinamiento domiciliario de 2020, que adquirirá un valor documental mayor con el paso del tiempo

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«Urtzen» es un verbo en euskera que proviene de la palabra «ur» -traducida al castellano como «agua»- y que vendría a significar tanto «derretirse» como «sumergirse». También es el título del nuevo largometraje de cineasta vasco Telmo Esnal, quien, en pleno confinamiento por el coronavirus, se adentra en el cine experimental y autorreflexivo para hablar de nuestro mundo a través del medio acuoso. 

Esnal, que en el 2005 fue nominado al Goya a la Mejor Dirección Novel por Aupa Etxebeste! (2005), aprovecha el contexto de la cuarentena -el cual ya genera empatía al haber sido compartido por cualquier espectador que se acerque a ver su nueva obra- para filmarse a sí mismo y ponerse al día con sus tareas y pensamientos: hace acopio de libros y películas que tenía pendientes, a la vez que aprende esloveno.

Sin embargo, este planteamiento -también reconocible por cualquiera- sirve como punto de partida de un proyecto mucho mayor: a partir de un relato de Pablo Azkue, Ur, Esnal comienza un viaje de búsqueda y meditación del significado del agua en nuestra sociedad, nuestra relación con el mar y la composición acuosa de nuestros cuerpos

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Aunque nos encontramos ante un cine que escapa a las convenciones de la narrativa, es curioso comenzar el análisis de la estructura de la obra través de las mismas claves que la ficción tradicional: tenemos un personaje central (Esnal) con un objetivo que acaba siendo olvidado en favor del detonante que supone la obra de Azkue, la cual cristaliza en una tesis final que aboga por la vuelta a los sentimientos y a nuestro origen en vez de evolucionar hacia una sociedad controlada por el dinero en el que lo «racional nos separa», según el propio autor de Ur.

La metáfora del agua como elemento vertebrador de esta mirada hacia lo que somos -y en concreto dentro de la sociedad vasca, que parece encontrar su identidad en el medio marino, lo que se refleja en su propia lengua- hunde sus fundamentos en las diversas teorías y declaraciones recogidas por Esnal en este particular collage visual que termina siendo Urtzen, pero también nos hace recordar varias manifestaciones fílmicas y literarias recientes, como el libro de Julio Llamazares Distintas formas de mirar el agua (2015) o la oscarizada La forma del agua (2017), en la que Guillermo de Toro también empleaba el medio acuoso como manera de alcanzar su tesis particular sobre el amor. 

Lo cierto es que la metáfora no podría encajar mejor, ya que es el propio planeta (rebautizado como Madre Agua) el que parece avisarnos de las conclusiones de Esnal con un toque de atención tan trascendental como la pandemia en la que (sobre)vivimos, siendo justamente este virus el elemento catalizador de la investigación de nuestro particular director/protagonista. Llegados a este punto, es el realizador quien emplea herramientas de la ficción para ahondar todavía más en esta metáfora, mostrando el clima lluvioso o soleado de Zarautz según convenga para las conclusiones de la investigación. 

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La escena final -la cual, sin revelar su contenido, tiene puntos en común con uno de los momentos más impactantes de Els dies que vindran (2019)- cierra un recorrido científico y literario (la mitología sirve como nexo/mantra de todos los descubrimientos que va realizando Esnal sin moverse de su escritorio, con esa excelente narración que una voz femenina realiza de la prosa de Azkue) que alude a un sentimiento bastante generalizado en nuestra sociedad presente: El camino que estamos escogiendo no es el correcto.

Sin embargo, la aceptación de esta afirmación no tiene por qué validar las diferentes hipótesis que se presentan en Urtzen: desde el punto de vista del espectador medio, es interesante valorar los diferentes comentarios que Esnal pone sobre la mesa, pero sin olvidar un posicionamiento crítico frente a sus diferentes teorías. De todas formas, este debate aludiría más a la reflexión sobre el contenido que a los valores puramente fílmicos de este largometraje, los cuales se agotan rápidamente para caer en la literalidad de la “grabación de una investigación”. 

En definitiva, Urtzen acaba adquiriendo cierta trascendencia por lo necesario del mensaje, aunque no tanto por las inferencias que realiza para llegar al mismo. En cuanto al «cómo», el último largometraje de Telmo Esnal quedará como una de las muescas que nos dejó el confinamiento domiciliario de 2020, adquiriendo un valor documental mayor con el paso del tiempo. De todas formas espero que, más allá de sus valores objetivos, Urtzen nos sirva para abrir los ojos.

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